lunes, 31 de enero de 2011

Las oportunidades

Hay momentos que se presentan sólo una vez en la vida. Ciertas ocasiones que parecen perfectas. Quizás puedan repetirse, pero las chances son mínimas. Estos pueden ser hechos que se producen espontáneamente, o situaciones que uno tiene la posibilidad de fructificar. Las últimas son las importantes, son las que dependen de nosotros. Oportunidades para aprovechar… o desaprovechar.

Siendo como soy —una persona tímida y, por naturaleza, indecisa—, he dejado pasar a lo largo de mi vida (y podría decir que especialmente en los últimos años) una gran cantidad de oportunidades. Y esto no se limita a momentos particulares o especiales (por decirlo de alguna manera, las ocasiones importantes), sino hasta situaciones de quizás menor importancia que ocurren en el día a día. Hay un instante en que debo tomar la decisión que definirá el transcurso de la escena. Ese momento fatídico que por un estúpido miedo… sí, un miedo a lo que pueda pasar, al cambio, tomo la salida rápida. Escapar. Huir de la situación, tomar la decisión más conservadora.
Y no pasan cinco minutos hasta que me digo: “La cagaste.” (seguido, por supuesto, de una serie de puteadas dirigidas a mí mismo que no voy a citar acá). A continuación, involuntariamente, comienza especie de tortura que toma la forma de la pregunta: “¿Qué hubiera pasado si yo…?”. Creo que esa es la peor parte: el no saber. El sentir que algo bueno podría haber pasado pero desaproveché la oportunidad.

Alguna vez alguien dijo: “Para ganar hay que tomar riesgos”. Nada más cierto. Si bien es verdad que siempre se puede perder, la posibilidad de ganar es más grande que siendo conservador y quedándose siempre en el terreno seguro. Y en cuanto a las oportunidades, proporciona lo que es en mi opinión lo más importante: saber. No más “¿Qué hubiera pasado si…?”, no más darle vueltas sin remedio al asunto. Podés arrepentirte, pero no habrá especulaciones sobre lo que pudo haber pasado. En cualquier caso, aprovechaste la oportunidad: si las cosas salieron a tu favor, bien; si no, podés estar seguro de que no fue tu culpa. A veces se gana y a veces se pierde, pero sabé que, al optar por esa decisión arriesgada, hiciste lo correcto.

De todas formas, vamos a hacer ciertas aclaraciones. Cuando uno debe tomar una decisión importante (de hecho, esto es aplicable para cualquier decisión), se debe sopesar primero las posibilidades: si uno tiene mucho que perder y poco que ganar, no es conveniente tomar una decisión radical. En cambio si lo que se puede ganar es igual o mayor a lo que se puede perder, siempre (o casi siempre) es conveniente arriesgarse. Claro que hay ciertas excepciones, como por ejemplo, si se va a un casino a apostar, no es conveniente poner en juego una gran cantidad de dinero (a veces ni siquiera una pequeña), ya que hay mucho que perder y las posibilidades de ganar son muy bajas. Por lo tanto, es importante considerar también la probabilidad de éxito que uno tiene. De todas formas, este texto está más referido a situaciones personales, no tanto a económicas.

Cualquier persona al leer esto puede decir: — “Claro, es muy fácil decir todo esto, dar todos estos consejos. No es así de sencillo en la práctica”—. Sinceramente, tienen toda la razón. Todo esto es teórico. Yo mismo escribo este artículo cuando muchas veces no puedo lograrlo. Esto puede parecer hasta tonto, pero es así. Creo que todo, hasta cosas como esta que planteo aquí conllevan algo de práctica. Es cuestión de tener confianza en uno mismo.

O al menos es lo que yo creo.

sábado, 29 de enero de 2011

El otro día me atacó una cucaracha

Hay una serie de cosas que no me gustan del verano. Definitivamente, si tengo que elegir, prefiero el invierno. Paso a explicar mis razones:
  1. En el verano, en la actualidad, el calor es insoportable llegando al punto en que a veces cuesta respirar y el sol te quema la cabeza tanto que se siente que esta va a explotar como la de un zombie cuando recibe un headshot (aunque a veces no pasa de un simple dolor o malestar). Al salir a la calle uno no puede luchar contra el calor, mientras que el frío siempre se puede combatir abrigándose más.
  2. La frecuencia con la que ocurren cortes de luz aumenta considerablemente. Este hecho se puede atribuir a que mucha gente, para no cagarse de calor, enciende un aire acondicionado o un ventilador (o quizás ambos y más de uno). De esta forma es mucho más posible saturar el circuito. En invierno, por otra parte, los cortes son casi nulos, ya que, en general, la gente usa estufas, que funcionan comúnmente con gas natural.
  3. Por último, esta la razón que me lleva a redactar este artículo: los insectos. Es un hecho que en verano la casa se llena de bichos. Pueden ser chicos, que no molestan demasiado (excepto los mosquitos, que, si aparecen, joden terriblemente), o relativamente grandes como son las cucarachas, ciertas arañas, y algunos otros bichos voladores.
Soy un ave nocturna, y en las primeras horas de la madrugada, los insectos parecen experimentar su apogeo. Me los imagino saliendo de sus agujeros y detectando al intruso (yo), que ocupa su espacio. Me observan mientras estoy sentado en la computadora, me vigilan. No exagero si digo que es arriesgado andar desarmado. Si sienten que poseo un arma no se atreverán a atacarme (o al menos eso creía hasta ahora). La mía consiste por lo general en alguna zapatilla que no me moleste demasiado ensuciar con sangre y vísceras de un insecto. Y a veces algún veneno.
De vez en cuando veo que alguno me está observando. Parece intentar provocarme por un momento, pero luego escapa. Las cucarachas son particularmente duras, y muy difíciles de matar, por su resistencia y rapidez. Constituyen una infantería de primera línea. Son las únicas capaces de dar batalla hasta el final, incluso después de que parecen haber muerto.
De cualquier forma, los bichos observan pero no atacan… por lo menos hasta hace unos días.

Todo empieza en el momento en que decido irme a dormir, como muchos otros días, exageradamente tarde. Apago la computadora y me dirijo rápidamente a la cocina a buscar algo de beber. Miro a través de la ventana. Afuera todo sigue oscuro. “Ya en un rato va a empezar a salir el sol”, pienso.
En eso estoy, tomando tranquilamente mi bebida, cuando la veo. Es negra y grande, casi del tamaño de mi pulgar; sus antenas se mueven escaneando el terreno. Está ahí parada, como intentando bloquearme la única salida de la habitación. Me mira fijamente, le devuelvo la mirada. Velozmente agarro el veneno para cucarachas, el cual casualmente tenía a mano, y me acerco con decisión. La tengo en la mira. Me aproximo hasta una distancia conveniente y disparo. Pero la maldita se mueve. En ese mismo momento intento darle con la zapatilla, pero logra escapar, refugiándose detrás de un mueble. Creo que le hice algo de daño en una pata.
Luego de esperar pacientemente unos minutos, por si al bicho se le ocurría salir, me dispongo a seguir con mis asuntos. Voy hasta el baño, y después a la cama. Habrían transcurrido aproximadamente 15 minutos desde que la cucaracha había escapado de mi vista.
Enciendo el aire acondicionado, me meto en la cama y apago la luz. Error.

Antes de seguir con el relato, debo hacer una aclaración. En la habitación, mi cama está ubicada contra la pared de forma perpendicular. Lo que podríamos llamar la “cabecera”  de mi cama (ya que realmente no tiene cabecera) es lo que se encuentra contra el muro. De esta manera, una vez acostado, este queda como “arriba” de mi cabeza.

Entonces, mientras estoy tirado sobre el colchón en la oscuridad, siento un ruido mínimo, casi imperceptible, pero a la vez perturbante. Parece como una especie de cascarón que choca contra algo sólido. Enciendo la luz y, sin levantarme, muevo el cuello para observar la pared. ¡Ahí está la maldita de nuevo, arrastrando una pata!
Sorprendentemente esta salta, al parecer, para caer en mi cara. “¡Puta madre!”, me digo al tiempo que giro ágilmente a la derecha, cayendo de la cama.
Recién en ese momento caigo en la cuenta de un detalle, la cucaracha vuela. Trotando salgo del cuarto al tiempo que me armo con una zapatilla. El insecto viene detrás de mí. Trato de prender otra luz, ya que la de mi cuarto no iluminaba demasiado el lugar donde me encontraba. Pero en lugar de eso tropiezo con una mesita y pierdo el equilibrio. En ese instante de confusión veo a la cuca que se me acerca, y con una agilidad casi irreconocible en mí, salto golpeando a la maldita en el aire. Una pirueta propia de un Ninja.
Caigo al suelo pero me levanto rápidamente, y veo a la cucaracha tirada a unos pasos. Con un impulso casi animal, asesto a la moribunda el golpe final. Se escucha un crujido y su sangre salpica hacia los costados. Sin siquiera molestarme en limpiar y levantar su cadáver inmundo, me voy a dormir.

Gané esta batalla… pero la guerra no ha terminado aún.