20:30 a 20:55 hs.
Mientras caminaba apesadumbrado hacia su departamento, Ricardo no podía dejar de pensar en lo sucedido aquel fatídico día. La culpa lo atormentaba, y él sabía que sería para siempre.
Al mediodía, él, con su familia, había ido al cumpleaños de su suegro. Al llegar, lo había saludado y felicitado cordialmente. Pero la realidad era que se llevaban muy mal. Siendo dos individuos de personalidad fuerte, había entrado varias veces en discusiones que iban subiendo de tono hasta que llegaban a insultarse a los gritos. “Qué viejo irritante. Creo que en algún sentido, él tiene la culpa de todo.”, pensó. Pero en el fondo él sabía que no era cierto. Debía asumir su propia culpa; toda la culpa.
No se habían visto con el anciano en un año. Desde su cumpleaños número sesenta y siete. Ricardo había insistido en que no quería ir al sesenta y ocho. Sabía que siempre que se veían se generaba un motivo de discusión. Quizás pensaba que no era lo suficientemente bueno para su hija, quizás lo estaba probando. O cabía también la posibilidad de que simplemente lo odiara.
En los cinco años que había estado casado con Mariana, el viejo no había hecho más que criticarlo y reprocharle a su hija por haber contraído matrimonio con él. Aprovechaba cada oportunidad para expresarlo. Y todo había empeorado cuando ella había dado a luz a Facundo. Las recriminaciones hacia la mujer se había multiplicado: “¿Qué le viste a este hombre que te llevó hasta el punto de tener un hijo con él?”, o “Esperemos que los genes del padre no hayan arruinado al niño”, y otras frases por el estilo.
Siempre que debía encontrarse con su suegro, Ricardo estaba nervioso. Aún más en esta ocasión, ya que no se habían visto en un plazo de doce meses exactos.
Su error fue haber descargado su stress en la bebida. Recapitulando, no podía recordar un momento en que no hubiera estado con una copa de vino en la mano. No era alcohólico, es más, casi nunca tomaba, pero esa tarde había consumido cerca de tres botellas de vino (de litro y medio).
“¿Por qué tuve que ponerme al volante?”. A la hora de irse, Ricardo había salido disparado a buscar el auto. Quería abandonar ese lugar lo antes posible. Así que acercó el vehículo hasta la puerta de la casa del anciano y su esposa e hijo se subieron rápidamente. Se encontraban lejos de la ciudad, así que el hombre aceleró. Sólo quería llegar a su hogar. Estaba irritado, y le dolía la cabeza. Mariana, viéndolo, y sabiendo que había bebido de más, se ofreció a conducir, pero el hombre, violentamente, se negó, argumentando que a la velocidad que ella manejaba, llegarían en un mes. Entonces ella, indignada y algo asustada por la respuesta de su marido, se quedó callada mirando por la ventanilla.
“¿Por qué?”. No podía entender como había sido tan desconsiderado. Se había empezado a sentir mareado mientras conducía. Le había empezado a costar trabajo concentrarse, y hasta mantener los ojos abiertos. En ese punto no recordaba nada más. Creía haberse desmayado.
Cuando despertó, vio su auto volcado al costado de la carretera. Todavía estaba mareado. Alguien lo estaba arrastrando lejos del lugar del accidente. Entones, su vehículo voló en pedazos. En ese instante, lo azotó una preocupación y un terror repentino. Le preguntó a quien lo arrastraba por su familia, pero perdió el conocimiento antes de recibir respuesta.
“¿Por qué?”. La pregunta lo atormentaba.
Luego del accidente, había despertado en lo que parecía una habitación de hospital. Al lado de la cama estaba una enfermera. Él, desesperado, le había preguntado por su familia. Pero la mujer, extrañamente, no le había respondido, aunque Ricardo había podido notar una expresión de lástima en su rostro cuando lo había mirado. No había tenido más remedio que asumir lo peor. Asustado, le había gritado para que le respondiera, lanzando insultos hacia ella y el hospital. Finalmente, la enfermera, luego de haberlo consultado con el médico que lo estaba tratando, se lo había dicho.
“¿Por qué fui tan estúpido?”. Todo por su culpa. Sus manos estaban manchadas con su sangre. Su esposa… su hijo… y él había salido con sólo algunas heridas no muy serias.
Había escapado del hospital. No merecía ser atendido. “¿Por qué no morí yo? ¿Por qué ellos?”. No merecía vivir. No quería vivir. No después de lo que había hecho.
Ahora caminaba hacia su departamento en lo suburbios. Tenía una idea clara en su mente. Suicidio. La única salida a su tormento. Su vida había terminado ese día, con el accidente. Todo lo demás era un preludio para su muerte. Como un espíritu que vagaba por la Tierra en busca de redención. Redención que encontraría cuando pusiera punto final a su desgraciada existencia.
Se dirigía lentamente hacia su hogar. Hogar… de muerte y tormento. Todo debía terminar allí. Se encontraba ocupado meditando la forma más propicia de morir. No tenía arma, no tenía ningún veneno (ni tampoco sabía prepararlo). Concluyó en que lo más sencillo sería saltar del edificio. Vivía en el noveno piso (el penúltimo), así que la caída seguramente lo mataría.
Cuando llegó a la puerta del edificio, miró instintivamente su reloj de pulsera. 20:46. Pero el tiempo ya no le importaba. Se terminaría para él.
Ingresó al edificio, y subió por el ascensor hasta el noveno piso. Abrió lenta y pesadamente la puerta del departamento. Todo estaba como lo habían dejado. Como si nada hubiera pasado. Como si la vida no pudiera destruirse en unas horas.
Se quedó mirando las fotos en las repisas, recordando una vida pasada, una felicidad desvanecida. El instinto lo llevó a mirar nuevamente su reloj. Eran las 20:50.
Salió al balcón. Sintió una leve brisa en la cara. Pero no una brisa refrescante, sino un aire caliente que lo golpeó en la frente. Miró hacia afuera. Estaba oscuro. Las luces de la calle penosamente lograban combatir con la negrura de la noche. Mejor. Nadie notaría su desdichado cuerpo hasta el amanecer.
Otra vez desvió su vista hacia su reloj. Las 20:55. Empezó a tomar coraje para saltar.
Pero, en ese instante, se escuchó un gran estruendo en la calle, como un choque. Sintió una pequeña vibración en el suelo. Y de repente las luces se desvanecieron. Se cernió sobre él una completa oscuridad.
Sublime. Necesita una continuación.
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