19:00 a 20:55 hs.
El vuelo había trascurrido sin mayores imprevistos. Más allá de las cinco largas horas de retraso que el avión había tenido, el viaje había sido tranquilo.
Mientras había estado esperando en el aeropuerto, Ana María se había sentido ansiosa, aunque, por otra parte, no quería que el aeroplano llegara. Siempre le había tenido miedo a volar, pero nunca había podido encontrar la razón. Posiblemente fuera algún hecho significativo de su infancia que la había marcado. Aunque no recordaba nada en particular.
De todas formas, ella misma había decidido mudarse. A pesar de su mayoría de edad, y de haber comenzado a cursar el profesorado de Historia en su país, había tomado la decisión de seguir a su familia, trasladándose con ellos a Buenos Aires. Aunque no viviría con ellos. Como la casa que habían conseguido era muy pequeña para los cuatro, sus padres se quedarían allí junto con su hermano menor, mientras que ella se establecería en un departamento en los suburbios, propiedad de un amigo de la familia.
Acaban de aterrizar en Ezeiza. Ana sentía que comenzaba una nueva etapa de su vida. Había estado inquieta en el avión, preguntándose cómo se adaptaría al nuevo entorno, si extrañaría su viejo hogar, si podría graduarse y conseguir un empleo. No podía dejar de especular mientras escudriñaba esta tierra desconocida.
Bajaron de la aeronave e hicieron todos los trámites necesarios para ingresar al Estado. La joven se sentía agotada. Se había levantado en Venezuela hacía más de trece horas; había esperado más de cinco a que llegara el avión, y había estado despierta durante el vuelo de siete. No estaba de humor para nada más y sólo quería arribar a su nueva vivienda lo antes posible.
Ángel, el dueño del departamento que Ana desde ese momento pasaría a llamar hogar, los esperaba en la entrada del aeropuerto. Se subieron a su 4x4 y emprendieron camino.
Cuando llegaron a la casa de sus padres, la joven dormitaba en el asiento trasero. Se obligó a espabilarse para despedirlos. No se sentía en condiciones de pararse aún, así que los saludó desde el auto. Ya podría visitarlos y conocer la casa en otro momento.
Prosiguieron camino, ahora hacia departamento. Entonces Ana se dio cuenta de que en algún punto tendría que levantarse y llevar su equipaje hasta su nueva morada. Así que para mantenerse despierta, decidió entablar conversación con Ángel.
Si bien él había sido el mejor amigo de su padre desde que se había conocido, la verdad era que realmente no sabía mucho de él. Rara vez los había visitado cuando vivían en Venezuela, y no lo habían vuelto a ver desde hacía unos diez meses, cuando se había mudado a Argentina, pero sabía que su padre se mantenía en contacto con él.
Según le habían contado, se habían conocido en la universidad. Ambos cursaban la carrera de medicina. Casualmente, les había tocado trabajar en grupo para varias tareas. Fue así como se dieron cuenta de lo mucho que tenía en común, y de lo bien que se complementaban. Ángel era una mente brillante, mientras que el padre de Ana era un hombre emprendedor. El primero tenía la idea y el segundo se ocupaba de hacerla realidad.
No era ninguna sorpresa que Ángel hubiera logrado establecerse tan rápido. Gracias a su respetable currículum y a su gran inteligencia, había logrado conseguir un trabajo como jefe de oncología en un importante hospital de la zona.
— ¿Crees que pueda establecerme bien el país? —le preguntó Ana.
— Por supuesto que sí —replicó el hombre—. Tu padre me ha contado que eres una chica inteligente y muy capaz. Estoy seguro podrás terminar tus estudios más que bien y conseguirás un empleo rápidamente.
— Me haces sentir mejor. Sinceramente, estoy algo nerviosa por todo este cambio.
— Cualquiera se siente asustado por el cambio. Estarás bien.
— Eso espero. —dijo la joven, e inquirió: — ¿Cómo es el departamento?
— Es espacioso, pero creo que vas a tener que hacer algo de limpieza y arreglos, ya que el mantenimiento del edificio no es bueno y yo no voy allí hace más de un mes.
— ¿Pero por qué compraste esa vivienda? — quiso saber Ana— ¿No viviste siempre en esa casa que tienes en el centro?
— Sí, desde que llegué al país vivo en esa casa. — explicó Ángel—. El departamento fue una especie de inversión. Lo adquirí hace cuatro meses, pero hasta ahora no ha traído ninguna ganancia. Nadie quiere alquilarlo. Mucha gente hoy día le tiene miedo.
— Me estás asustando a mí. ¿Qué es lo que tiene de malo?
— No te preocupes, no es nada. Hay gente que cree que la residencia está embrujada.
— ¿Por qué?
— Hace aproximadamente cinco meses, ocurrió en el lugar una tragedia. Al parecer una joven murió de forma misteriosa. Según los periódicos, la chica fue encontrada sin vida en el sofá, frente al televisor encendido. Se dictaminó que la causa de fallecimiento fue una sobredosis de fármacos, particularmente unas pastillas alucinógenas iguales a las que se encontraron en la mesita ubicada frente a ella. Pero lo que generó dudas fue, por un lado, el historial de la chica: cursaba una carrera de algo relacionado a la computación, era la mejor de su clase, y no había consumido nunca ningún tipo de drogas según testimonios de familiares y amigos. Y, por el otro, el curioso hecho de que la chica estaba cocinando la cena en ese momento. Estos dos datos cuestionaban la teoría de un suicidio, aunque la policía, luego de una investigación infructuosa, determinó que la chica debía ser secretamente adicta a los narcóticos y que ese día no había podido controlarse, lo que la había llevado a la muerte.
— ¡Eso es terrible!
— Claro que lo es, pero no hay razones lógicas para creer que algo así pueda sucederle a cualquiera que viva allí.
— Me has asustado de verdad. No sé si quiero quedarme en ese lugar.
— Vamos, no te pasará nada. Créeme. —la calmó el médico— Puedo quedarme por esta noche contigo si quieres. Dormiré en el sofá.
— Eso me haría sentir más tranquila. Te lo agradecería mucho.
— Siendo tu padre mi mejor amigo, creo que es lo menos que puedo hacer— le dijo sonriendo—. Pero ya verás que son puras supersticiones.
Para cuando llegaron al edificio, ya había anochecido, y estaba lloviendo. Estacionaron en una esquina en la vereda de enfrente de lugar. Entre los dos bajaron más de la mitad del equipaje y subieron. Por más que habían intentado, llevar todo el equipaje en una sola subida hubiera sido demasiada carga. Subieron por el ascensor hasta el noveno piso mientras Ángel le contaba sobre la particularidad del edificio (la falta de escaleras). Eso preocupó un poco a Ana, pero ella no hizo ningún comentario al respecto. Estaba demasiado ensimismada pensando en aquella joven que había muerto en el apartamento en que ahora iba a vivir.
La vivienda era como le habían dicho: espaciosa (con cocina, baño, habitación y un living-comedor), pero falta de mantenimiento e higiene. La joven se convenció de que con algo de limpieza el lugar sería acogedor.
Ángel le dijo que inspeccionara la residencia mientras él se ocupaba de las maletas que había quedado en la camioneta. Dejó el departamento antes de que ella pudiera responder. A decir verdad, la joven se sentía asustada por lo que le había contado. Temía que hubiera algún asesino en la habitación, o que algún demonio se escondiera en alguna parte. Nunca se había dado cuenta de que era tan supersticiosa. Tenía miedo. Se tomaba su tiempo para abrir cada puerta, casi esperando que algo saliera de adentro.
En eso estaba cuando, de repente, las luces se desvanecieron. El lugar quedó completamente a oscuras. Presa de un inexplicable terror, Ana gritó.
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