miércoles, 30 de marzo de 2011

El resultado de la misión


Misión fallida

Yo sé que había prometido publicar el resultado de la misión el mismo sábado en que terminaba su plazo de vigencia, pero simplemente no pude.

El pasado viernes esperé hasta las 23:59 para ingresar a la página de estadísticas. El destino quiso que tardara justamente un minuto en entrar. Y allí vi el fatídico número: 280. Doscientos ochenta. Faltaban justamente veinte. Me quedé mirando la pantalla estupefacto.

Entré en primera instancia en un estado de negación: “No puede ser. No puede ser. Tiene que haber algún error. Este programa pedorro debe estar andando mal”, pensaba desesperado. Pero este principio fue rápidamente sucedido por la ira. Me enojé con todo. La gente, que no había hecho el suficiente esfuerzo, conmigo mismo, con el blog, con mi perro, con la página de estadísticas, la computadora. Agarré el monitor y lo lancé por la ventana, destrozando la casa de enfrente, que se encontraba en reconstrucción. Al instante me enojé porque la PC ya no tenía pantalla.

Y entonces, pasado el furor del momento, entré en un estado de profunda depresión. Fui empujado a un pozo sin fondo. No pude volver a escribir, o siquiera entrar al blog, hasta hoy. Era como volver al terreno donde había perdido; al lugar donde había sido traicionado, donde había sido abandonado sólo con este niño. Perdido en un desolado desierto.

Sé que había dicho que iba a redactar una carta de suicidio, en el caso de que la misión no fuera exitosa. Pero simplemente no estoy de humor. Y creo que tampoco se lo merecen. Porque no hicieron bien el trabajo.
Posiblemente escriba algo pronto, o nunca. Cuando quiera. Así es como son las cosas.

Los odio a todos. (Por favor no dejen de entrar a mi blog)

jueves, 24 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El empresario

20:30 a 20:55 hs.

Encendió la luz del departamento y se dispuso a sentarse frente a su escritorio a investigarla en la computadora.

La había conocido ese mismo día, hacía tan sólo tres horas. Nada más al verla, había estado casi seguro de que era la indicada. Se había presentado y al cabo de media hora, había comprendido con certeza que era perfecta. Recordó su rubia cabellera, su (quizás demasiada) delgada figura, sus melancólicos ojos color miel.
Él tenía un encanto natural con las mujeres y ella no había sido la excepción. Al poco tiempo había logrado que la chica estableciera un lazo de confianza con él. Le contó sobre su vida. Una historia dramática y solitaria. La joven, con veintitrés años, había llegado desde Chubut, luego de la muerte de sus padres, dejando sus estudios y avocándose a la búsqueda de un trabajo. La totalidad de sus familiares vivía en el extranjero y no estaba en contacto con ellos. Así que, desde la pérdida de sus progenitores no contaba con nadie. Le costaba relacionarse con la gente. No tenía amigos, y había dejado a la mayor parte de sus conocidos en Chubut, perdiendo contacto con ellos al poco tiempo. Tampoco tenía trabajo fijo, sino que estaba en constante búsqueda de una fuente de dinero para subsistir.

La chica le había expresado que nunca había hablado tanto con alguien, con tanta confianza. Él sabía que tenía la cualidad de hacer que las personas se abrieran con él. Era algo que en cada ocasión lo asombraba y lo hacía sentir orgulloso de sí mismo.

Se sentó en su escritorio y encendió el ordenador. Escribió su nombre en el buscador: Lucía Neberas. Apareció su página de Facebook; él ingresó. Observó el perfil. Cinco amigos. Encontró un enlace hacia un blog que ella escribía. Llevaba una especie de diario. Sus sentimientos eran muy oscuros. Parecía casi obvio que estaba sola. El contador de visitas mostraba un triste diez.

Entonces se decidió. Ella era perfecta.

Se levantó y se paró frente al espejo. Se quitó su traje negro, que usaba sólo para reuniones importantes de la compañía, y se miró su cuerpo lleno de marcas. Escrutó su piel en busca de un espacio virgen. Encontró el apropiado en la parte baja de su espalda, hacia la derecha. Reservó ese lugar para ella. Su próxima víctima.

Todo esto había comenzado hacía 14 años, por accidente. Era un adolescente, maltratado por algunos de sus compañeros. Lo burlaban, y golpeaban todo el tiempo. Hasta que explotó; se cansó. Un día llevó un cuchillo y los encaró a la salida. Persiguió al “líder” hasta un callejón donde mediante un corte lo inmovilizó. En ese momento sintió una nueva sangre que corría por sus venas. Saboreó el miedo de aquel chico. Lo tenía bajo su control. Lo veía suplicar, esperando que sus balbuceos suavizaran la ira de su atacante. En ese instante, Sebastián Lebón se sintió vivo. Más vivo que nunca. Su sed de sangre lo llevó a terminar el trabajo, y el chico pereció en ese callejón oscuro. Con el mismo cuchillo con que había llevado a cabo el acto, Sebastián se hizo un corte en el pecho, como recuerdo de aquel día.

Nunca lo habían inculpado por el crimen. Tenía la típica cara de chico bueno. Era rubio, de ojos celestes, con gafas, buen estudiante. Nadie sospechó de él. Era el pobre chico solitario del curso. Además, no le había contado a ninguno de quienes lo conocían sobre los abusos del muerto.

Y nunca se sintió mal por lo que había hecho. Es más, al poco tiempo, necesito matar de nuevo. Le otorgaba un placer orgásmico, y una adrenalina que necesitaba de cuando en cuando. Continuó haciéndolo durante lo que siguió de su vida. Se convirtió en un hábito, en un hobby. Aunque no era tan sencillo como parecía. Necesitaba escoger con cuidado a sus víctimas. Personas que nadie fuera a extrañar. Gente sola en el mundo.

Había estudiado psicología con el fin de poder reconocer y manipular a las potenciales víctimas. Tenía todo un método. Primero, se ganaba su confianza. Segundo, hablaba con él o ella con el propósito de conocer sobre su vida. Y tercero, hacía una pequeña investigación sobre el sujeto, para comprobar sus hipótesis iniciales. Finalmente esto desembocaba en invitar a la víctima a su departamento (que había comprado especialmente para ese fin, donde se encontraba en el momento), donde practicaba rituales sádicos con ella. Intentaba prolongar al máximo este prólogo al asesinato, lo que le daba aún más placer. Una vez concretado el ritual, cremaba el cadáver en una funeraria de su propiedad, y juntaba las cenizas con las de las víctimas anteriores en un frasco grande, como souvenir.


Por otra parte, gracias a sus estudios en psicología había podido proyectar su carrera laboral y convertirse en el reconocido empresario que era hoy en día. Contaba con su pequeña fortuna, lo que le había permitido adquirir equipo necesario para mantener sus actividades en secreto. Un ejemplo perfecto era la funeraria. Antes de comprarla, él debía viajar hasta las afueras de la ciudad a enterrar el cuerpo, pero esa propiedad lo había hecho todo más limpio y rápido.

Ahora se encontraba pre-saboreando a su próximo sujeto. Lucía Neberas. Desnudo, se tocó su cuerpo marcado, rememorando cada corte. Tenía cicatrices desde los hombros hasta los codos y las rodillas. Palpó ese espacio de piel virgen reservado para la chica con una expresión lasciva.

Caminó hasta su habitación y levantó el teléfono. Concertaría una cita con ella para la fecha más cercana posible. Su última “compañera” no lo había dejado del todo satisfecho hacía un mes.
Estaba empezando a marcar cuando de pronto las luces se apagaron y Sebastián quedó en completa oscuridad.

sábado, 19 de marzo de 2011

Llamado del deber

¿Estás aburrido y no tenés nada bueno que hacer? ¿Pensás que tu vida carece de objetivo? Promocioná mi blog. ¿Tenés una pila de trabajo que completar? ¿Estás abrumado por responsabilidades y preocupaciones? Olvidate de todo eso. Tan solo promocioná mi blog. Aunque tu vida se vaya por el inodoro, te puedo asegurar que va a valer la pena. Vas a ver cómo esta página crece con el tiempo gracias a vos. Te vas a sentir como un padre/madre acompañando a su hijo. Como uno que agrega hormonas de crecimiento en su bebida.

Porque este blog es como un niño, un bebé que tiene mucho camino que recorrer. Porque todavía está en la ladera de la montaña. Y porque no puede hacerlo sólo. Necesita de su apoyo. Necesita de ustedes para subir.

¿Vas a dejarlo morir? ¿Vas a dejar que se desangre mientras le das la espalda a su figura agonizante? Debería darte vergüenza. Sos peor que esos tipos que te llaman a cualquier hora para hacerte una encuesta sobre boludeces varias.

No querés ser esas personas, ¿no? Entonces la decisión es simple. Dejá todo lo que estás haciendo; nada es más importante que lo que yo te estoy pidiendo. Publicitá mi blog. Es tu deber como lector. Es tu deber como persona. Es tu forma de pagarme por los maravillosos artículos que he escrito.

Contale a todos tus conocidos sobre esta página. Se acabaron los silencios incómodos. Si no tenés nada de que hablar con quien sea que te encuentres, comentale sobre este mundo de Fantasía y Realidad. Convencelo de que entre, de que lea (yo sé que alguna gente ve la longitud de los artículos y desiste), de que se haga seguidor y, a su vez, corra la voz. Si sos una persona de pocas palabras, puedo hacertelo aún más sencillo. Imprime una tarjeta de presentación del blog. Podés utilizar la que agrego aquí como ejemplo.



Esta es la misión que les encomiendo. Quiero que transmitan mi llamado a todos sus amigos y familiares. Hagan conocer http://algafayre.blogspot.com/.

Estableceré un objetivo: llegar a las 300 visitas antes del sábado 26 a medianoche. Es decir, les doy un plazo de exactamente una semana desde la publicación de este artículo para que mi blog pase de las 210 a las tres centenas de visitas. No es fácil, y requiere de su esfuerzo. Pero es posible.

En caso de que se cumpla el objetivo, publicaré una entrada con el título “Misión cumplida”. Y, como la verdad no se me ocurre ahora mismo ninguna recompensa, dejaré que ustedes la elijan (siempre y cuando no propongan boludeces, las cuales ignoraré). Tengan en cuenta que las visitas se cuentan por cada persona en forma diaria, así que no intenten entrar a mi blog 127893461284761298 veces en un día porque, de ser así, lo voy a saber. Y no influirá para la finalización del la misión.

En caso de que no se cumpla el objetivo, voy a escribir un artículo titulado “Misión fallida”, donde expresaré la angustia y el enojo del fracaso. De ocurrir esto me sentiré realmente decepcionado y entraré en un período de depresión masiva. La idea del suicidio podrá pasarse por mi mente y, siendo así, podrá llevarme a escribir una carta donde denunciaré el papel que ustedes jugarán en mi muerte, y quizás una reflexión sobre mi vida y la del blog. Debo decir que ahora que lo pienso, siento que será un artículo interesante.

En conclusión, confío (quiero confiar) en ustedes. Sé (quiero creer) que tienen lo que se necesita para hacer el trabajo. El deber los llama. No lo dejen plantado.

viernes, 11 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El desconocido

Para esta parte del relato voy a hacer una introducción, un prólogo. Esta sección de la historia presenta a un personaje peculiar, el cual está basado en una persona real que yo he conocido el pasado año 2010. Posiblemente algunos de los lectores de mi blog actualmente sepan de quién estoy hablando (esto es para quienes me conocen). 
Debo aclarar que el personaje al que serán introducidos está tan solo inspirado en este individuo, ya que sinceramente lo único que pude realmente saber de él fue lo que mostraban sus gestos y actitudes. Es esa clase de persona que uno nunca va a poder conocer  realmente y por lo tanto, todo tipo de detalles sobre su vida y sus pensamientos son completamente de mi invención.
Me resulta raro ahora que me pongo a recordar, como, a pesar de haber sido compañeros un año entero, ni yo ni nadie más sabe absolutamente nada de él, más allá de lo que se ve a simple vista.
En cualquier caso, creo que tengo que agradecerle. Con su pensamiento no convencional y algo extremista, y todos sus problemas, fue una de esas peculiaridades que uno, en cierta forma, busca en la vida.


Bueno, suficiente introducción. Disfruten de esta quinta parte de las "Historias de una noche oscura". Dejen sus comentarios sobre la misma y sobre la "saga" en general.


El desconocido


20:45 a 20:55 hs.

Tomás salió a comprar cigarrillos. El vicio lo había atrapado apenas una semana después de su decimoctavo cumpleaños, por aquellos días en que se formó en su mente la idea de separarse de su madre e irse a vivir sólo. En un breve período de tiempo, había cortado lazos con ella y su nueva familia, habiéndose establecido en un departamento en las afueras de la ciudad.

A continuación, había dejado el colegio. Sencillamente porque no le interesaba. Además, parecía guardar un inexplicable rencor hacia todos sus compañeros, y, cuando en ciertas ocasiones querían acercársele amistosamente, él los rechazaba de forma sistemática. Al más mínimo contacto, se cerraba como una ostra. De todas maneras, no se mantenía en el mismo curso dos años seguidos. Se había cambiado de colegio varias veces y había repetido de grado un par.

Esta aparente dificultad para progresar en la escuela no se debía su falta de inteligencia, sino a su vagancia y falta de interés. Podría decirse que era un chico bastante culto. Era bueno en aquellas materias que le gustaban, pero, en cambio, en aquellas que no lo atraían, simplemente no trabajaba, y hasta se dormía sobre el pupitre.

Su actitud hacia los estudios podría describirse como peculiar, y en cierta forma admirable. Tenía una retorcida e inexplicable convicción de que hacía lo correcto, sin importarle las consecuencias. Llegaba al punto de justificar el no haber hecho su tarea con los argumentos: “No me parece importante”, o “No me interesa” (esta última su frase característica).  

En cuanto a su relación con las personas, era excesivamente introvertido. No hablaba con nadie a menos que fuera estrictamente necesario. Mostraba una clara tendencia antisocial. Sentía que eran todos inferiores. Él no se preocupaba por las banalidades de la chusma. Tampoco le importaban sus burlas, sus reproches, sus críticas, su insultante actitud condescendiente. Todo se desvanecía en su coraza, de inmaculada superficie pero resquebrajada por dentro. Porque la realidad era que, en el fondo, se odiaba a sí mismo. Detestaba su personalidad, cómo era. Pero por sobre todas las cosas, aborrecía aquella vanidosa arrogancia que le imposibilitaba cambiar. Su conciencia mentirosa que lo forzaba a creer que estaba haciendo lo correcto; que él estaba bien, que todos los demás estaban mal.

Ahora que vivía solo, su vida social era prácticamente inexistente. Únicamente salía por razones de fuerza mayor. Es decir, comida o cigarrillos, exceptuando ocasiones especiales, como aquella vez que se le había roto la computadora. Esta era de alguna manera su escape de la realidad. Los videojuegos eran su principal entretenimiento. Ser alguien más, viviendo aventuras increíbles y saliendo siempre bien parado. Era una de las poquísimas cosas que podía decir que lo apasionaban. Por otra parte, guardaba en su disco duro una especie de diario personal, que consistía en archivos diarios escritos en el bloc de notas. Expresaba allí todo aquello que nadie conocía. Se mostraba a sí mismo en esas anotaciones. Cuando redactaba sus pensamientos, sus vivencias, sus fantasías, sus sueños, él se quitaba su armadura*. La computadora era la única que realmente sabía quién era. Ni siquiera su madre lo había llegado a conocer completamente. Aún cuando ella era a la única persona a quién él quería, un sentimiento recíproco entre ambos. Sin embargo, extrañamente, esto lo molestaba. Lo veía como una especie de debilidad. Aunque, la realidad era que, en el fondo, no se creía digno de su querer.

De todas maneras, su relación se había deteriorado cuando ella se había vuelto a casar, cayéndole del cielo a Tomás una nueva casa, un padre y dos hermanos. Un paquete que dio forma a la idea de dejar ese lugar en cuanto pudiera.

Y así era que se encontraba, un año después, frente al kiosco de la esquina de su departamento, tomando los cigarrillos del mostrador y alcanzándoselos a la vendedora sin decir una palabra, con su clásica expresión de “mantener distancia”; sus labios juntos y levantados, y sus ojos entrecerrados, con las cejas formando una “V”. Pagó y esperó su vuelto con los brazos cruzados, moviéndose inquieto.

Retornó al edificio con la vista en el suelo y casi chocó con una mujer que entraba delante de él. Ingresaron juntos al ascensor en silencio. Ninguno de sus vecinos le hablaba. Ya se había ganado la fama de raro.

Incapaz de esperar, encendió el cigarrillo, observando la cara de malestar y reproche de su acompañante. Miraba impaciente la pantalla digital que mostraba el número de piso. Tres, cuatro, cinco. Tan sólo dos más. Pero mientras esperaba que aquel cinco se transformara en un seis, tanto la pantalla como las luces del ascensor se apagaron y este frenó bruscamente. Tomás perdió el equilibrio, golpeándose contra la pared, al tiempo que la mujer se precipitaba hacia él.


*No, no podía evitar hacer una referencia al Caballero de la Armadura Oxidada

domingo, 6 de marzo de 2011

Vamos de compras

¿Sos una de esas personas que se pueden pasar horas paseando y mirando vidrieras? ¿Disfrutás entrando a negocios y probándote ropa?

Si sos mujer y contestaste sí, debo decirte que no le veo la gracia para nada. Nunca cuentes conmigo para acompañarte a zambullirte en las arenas del consumismo. Pero puedo entender que este comportamiento es propio de la naturaleza femenina.

 Si sos hombre y respondiste afirmativamente, entonces posiblemente quieras volver a chequear si realmente hay algo en tus pantalones, o si lo médico que asistió el parto de tu madre vio fue el cordón umbilical. Sos una desgracia y una vergüenza para todos. ¿Nunca te has fijado en la cara de tus padres cuando les decís que querés comprar (o ver) ropa? Posiblemente tu madre te mire entre extrañada y divertida en ese momento. Puedo asegurarte que cuando se reúne con sus amigas se ríen de vos. ¿Y jamás notaste las inexplicables heridas de tu padre? ¿O cómo cada vez que sugieres ir de compras va al baño? Él se golpea la cabeza repetidamente con las paredes. No sólo es por vos, sino por él mismo, ya que los (léase las) tiene que acompañar.

Un verdadero macho no solo no cuenta con más de tres remeras (de manga corta) o musculosas (nada de camisas, sacos, y ese tipo de cosas), sino que todas ellas están embadurnadas de sudor, sangre y vísceras, como muestra de su hombría. Siempre lleva pantalones largos, de hilo o jeans, y zapatillas de montaña o zapatos (o en su defecto, va descalzo).

En caso de que, por razones de fuerza mayor, necesite ropa nueva, este hombre procederá a entrar en un negocio de indumentaria. Será entonces acosado por un vendedor que le ofrecerá todo tipo de mierda, argumentando que es fascinante y que realmente le iría muy bien. El hombre lo ignorará, hasta que le haya ofrecido al menos cinco artículos diferentes. Entonces el comprador elegirá aquel que más le apetezca, lo estirará sobre una mesa y estrellará la cabeza del vendedor contra ella, mientras una empleada lo observa aterrorizada, desde atrás de la registradora. Tranquilamente, el macho tomará la prenda mejorada, la doblará y, a continuación, se la alcanzará a la chica de la caja para pagarla. La joven lo mirará fijamente; en sus ojos se reflejará el miedo al tiempo que el hombre le alcanza un billete de cien. Una vez recibido su vuelto, él se retirará, no sin antes darle las gracias.


Hablando en serio ahora, hay pocas cosas que realmente puedo decir que odio, e ir a comprar ropa es una de ellas. Entrar al negocio, tener que elegir y probar diferentes prendas. Cada vez que me arrastran a hacerlo, sufro un bloqueo mental. Simplemente no me siento a la altura de la situación. No tengo ganas. No me urge. Me conformo con tener dos (o tres) remeras “buenas” para salir, un pantalón de jean (o como mucho dos), y dos pares de zapatillas.

Como ya he dicho en otro artículo, soy una persona indecisa, por lo que elegir siempre me resulta difícil. A decir verdad me siento algo presionado. Esto ocurre siempre que me llevan a una casa de indumentaria. Y, por si fuera poco, los vendedores (en general) te quieren vender cualquier cosa como sea. Todo es hermoso, todo es canchero, todo es “lo que se usa ahora” (como si eso me importara). Es como si alguien te estuviera tratando de abrir la boca para darte de comer cualquier cosa que encuentra tirada en el piso, convenciéndote de que es lo más rico que probaste jamás.
En este tipo de situaciones, no funciono bajo presión. Si me empujas, voy a terminar mandando todo a la mierda y no eligiendo nada. Es decir, en este caso, que no te voy a comprar nada.

Ya para ir terminando el artículo, debo decir que no comprendo por qué la gente ya adulta, a lo largo de su vida, se sigue comprando ropa de forma periódica (digamos, por lo menos una vez al año), siendo que, exceptuando que engorden o adelgacen,  su talle sigue siendo el mismo siempre. ¿Para qué gastar dinero en algo tan superfluo?

Supongo que son tradiciones consumistas imperecederas. Así como los regalos de cumpleaños, Navidad, y cualquier otra festividad por el estilo. Son todos inventos comerciales. No hay razón alguna para que una persona se sienta obligada a llevarle una presente a otra para su cumpleaños, por decir un ejemplo. Me ha sucedido más de una vez que me han hechos ciertos regalos (que, sinceramente, no quería) para determinadas ocasiones festivas cuando yo había dicho específicamente que no me dieran obsequio alguno. Pero bueno, realmente, es problema de ellos si quieren gastar plata. Lo peor es que a veces se han enojado conmigo porque no me gustaba lo que me habían traído. Yo les recuerdo: “Dije que no me regalaran nada”. Pero la gente no parece entender. Ya que esta costumbre está metida en sus mentes. Tienen que entender que no es necesario hacer algo de determinada manera porque alguien dijo alguna vez que era así, y a partir de entonces se convirtió en un hábito global.

Quizás es que la gente siempre necesita tener algo nuevo. El inconformismo es parte de la naturaleza humana. Por más que te encante lo tenés, en algún momento te vas a aburrir de ello y vas a querer otra cosa. Este sentimiento es la base del consumismo, más allá de toda invención comercial. Mi recomendación para todos es que no se dejen llevar por este, que lo enfrenten. Se pueden permitir seguirlo de vez en cuando pero no debe controlarlos nunca.

Y, ahora, ustedes, miren dentro de su corazón y díganme: ¿Son o no son unas zorras consumistas?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El policía

20:35 a 20:55 hs.

Cada vez que tenía tiempo lo revisaba. Ese caso lo había marcado de por vida. Oscar Morell se sentó en su escritorio y se puso a revisar el informe y la evidencia por enésima vez.


Su obsesión le había costado su trabajo en la policía. Aquella pobre chica había sido asesinada. Estaba seguro de ello. La investigación realizada había sido muy pobre, y las tres semanas el caso se había cerrado. Él se había quejado de este cierre apresurado, que dejaba demasiados cabos sueltos. Le habían dicho que tenían asuntos más importantes, que la muchacha no era de interés. El berrinche que Morell había armado por eso no tenía precedentes. A los gritos, había proferido insultos a quienes habían estado involucrados en el caso, cuestionando su ética, su hombría, dedicación. Tanto había sido así que lo habían despedido.

Pero, lejos de deprimirse, el ex-policía se había robado toda la información referente al caso. Y, obstinado en resolver el crimen, se había comprado el departamento que se encontraba justo encima de aquel en que se había producido la tragedia, el cual, desafortunadamente para él, había sido adquirido por otra persona un día antes.

Al poco tiempo, empezó a tener problemas económicos, por lo que tuvo que vender su antigua casa y mudarse al departamento, arrastrando a su esposa con él.

La mujer había sido diagnosticada con cáncer de hígado hacía dos meses, y ya se encontraba en una etapa bastante avanzada. Suponían que la causa de su enfermedad había sido el exceso de alcohol. Morell sabía que era su culpa. Intentaba negarlo, pero en el fondo lo sabía. Desde su ida de la policía, se había obsesionado con el caso a tal punto que ya nada le interesaba. Estaba ausente todo el tiempo, no hablaba con nadie. Llegaba al extremo de irritarse con la presencia de otros, y su esposa, que siempre estaba allí, lo había sufrido.

Ella había tenido que buscar un trabajo, ocuparse de la casa, de la comida, de las compras, como si viviera sola, mientras Oscar estaba en su escritorio repasando las evidencias, investigando en Internet o en la calle recopilando nuevos datos sobre el supuesto crimen. Todo esto la había llevado a ahogar sus penas en la bebida, lo que había favorecido, sin lugar a dudas, su cáncer.

A pesar de la enfermedad de su mujer, Morell seguía ausente. Si bien de vez en cuando se fijaba cómo estaba, o le preparaba algo de comer, él estaba siempre sumido en su investigación. Necesitaba una resolución. Pero por más que intentaba avanzar con el caso, la realidad era que no había hecho ningún progreso. No tenía nada nuevo. Quizás el crimen fuera una forma de escapar de su realidad actual que lo agobiaba. Quizás fuera el deseo de terminar con aquello que había mandado su vida por el inodoro. O quizás era sólo una absurda e inexplicable obsesión. Pero, sin dudas, lo estaba consumiendo.

Ese día había sido como cualquier otro. Se había levantado a las diez, había revisado la habitación contigua para chequear a su mujer, había tomado una rebanada de pan de la cocina y se había sentado en el escritorio hasta aproximadamente las tres de la tarde, cuando había almorzado unos sándwiches improvisados con lo que tenía en la heladera. Le había llevado algunos a su esposa. No habían cruzado ni una sola palabra. Oscar había retornado a su escritorio. Y allí seguía luego de cinco horas, cuando, por alguna casualidad o quizás una jugarreta del destino, el hombre levantó la vista hacia aquel solitario estante de la gris habitación. Entre papeles y notas se encontraba una foto enmarcada. Una ventana al pasado.

Observó a aquella feliz pareja. Miró a ese hombre que sonreía a la cámara. Algunas canas resaltaban en su cabello negro. Cargaba una mochila; un termo sobresalía del bolsillo. Llevaba una remera blanca algo sudada, y unas bermudas caqui holgadas. Inconcientemente examinó su reflejo en el monitor apagado. Estaba bastante enflaquecido y su pelo era totalmente gris. “Ha pasado tanto tiempo”, pensó.

Miró a esa mujer de la fotografía. El viento levantaba su castaño cabello distraídamente. Y este resplandecía, resaltando su rostro bronceado por el sol. Oscar se descubrió hipnotizado por aquellos ojos azules.

No tenía una memoria clara de cuándo ni de dónde había sido tomada la foto, pero lo trasportó a mejores tiempos. A aquel verde prado salpicado por algunos árboles y arbustos.

Se levantó y se dirigió a ver a su esposa. Ella, como él, había perdido su brillo. Pero entonces él la vio como aquel momento que parecía tan lejano. La habitación pareció resplandecer a sus ojos.

    Te quiero— le dijo Oscar.

La mujer lo miró con incredulidad, pero finalmente le dedicó una sincera sonrisa. Hacía mucho que no sonreía. Parecía un momento mágico.

Pero, de repente, como un recordatorio de la realidad en que vivían, las luces se apagaron y todo quedó completamente a oscuras.