20:35 a 20:55 hs.
Cada vez que tenía tiempo lo revisaba. Ese caso lo había marcado de por vida. Oscar Morell se sentó en su escritorio y se puso a revisar el informe y la evidencia por enésima vez.
Su obsesión le había costado su trabajo en la policía. Aquella pobre chica había sido asesinada. Estaba seguro de ello. La investigación realizada había sido muy pobre, y las tres semanas el caso se había cerrado. Él se había quejado de este cierre apresurado, que dejaba demasiados cabos sueltos. Le habían dicho que tenían asuntos más importantes, que la muchacha no era de interés. El berrinche que Morell había armado por eso no tenía precedentes. A los gritos, había proferido insultos a quienes habían estado involucrados en el caso, cuestionando su ética, su hombría, dedicación. Tanto había sido así que lo habían despedido.
Pero, lejos de deprimirse, el ex-policía se había robado toda la información referente al caso. Y, obstinado en resolver el crimen, se había comprado el departamento que se encontraba justo encima de aquel en que se había producido la tragedia, el cual, desafortunadamente para él, había sido adquirido por otra persona un día antes.
Al poco tiempo, empezó a tener problemas económicos, por lo que tuvo que vender su antigua casa y mudarse al departamento, arrastrando a su esposa con él.
La mujer había sido diagnosticada con cáncer de hígado hacía dos meses, y ya se encontraba en una etapa bastante avanzada. Suponían que la causa de su enfermedad había sido el exceso de alcohol. Morell sabía que era su culpa. Intentaba negarlo, pero en el fondo lo sabía. Desde su ida de la policía, se había obsesionado con el caso a tal punto que ya nada le interesaba. Estaba ausente todo el tiempo, no hablaba con nadie. Llegaba al extremo de irritarse con la presencia de otros, y su esposa, que siempre estaba allí, lo había sufrido.
Ella había tenido que buscar un trabajo, ocuparse de la casa, de la comida, de las compras, como si viviera sola, mientras Oscar estaba en su escritorio repasando las evidencias, investigando en Internet o en la calle recopilando nuevos datos sobre el supuesto crimen. Todo esto la había llevado a ahogar sus penas en la bebida, lo que había favorecido, sin lugar a dudas, su cáncer.
A pesar de la enfermedad de su mujer, Morell seguía ausente. Si bien de vez en cuando se fijaba cómo estaba, o le preparaba algo de comer, él estaba siempre sumido en su investigación. Necesitaba una resolución. Pero por más que intentaba avanzar con el caso, la realidad era que no había hecho ningún progreso. No tenía nada nuevo. Quizás el crimen fuera una forma de escapar de su realidad actual que lo agobiaba. Quizás fuera el deseo de terminar con aquello que había mandado su vida por el inodoro. O quizás era sólo una absurda e inexplicable obsesión. Pero, sin dudas, lo estaba consumiendo.
Ese día había sido como cualquier otro. Se había levantado a las diez, había revisado la habitación contigua para chequear a su mujer, había tomado una rebanada de pan de la cocina y se había sentado en el escritorio hasta aproximadamente las tres de la tarde, cuando había almorzado unos sándwiches improvisados con lo que tenía en la heladera. Le había llevado algunos a su esposa. No habían cruzado ni una sola palabra. Oscar había retornado a su escritorio. Y allí seguía luego de cinco horas, cuando, por alguna casualidad o quizás una jugarreta del destino, el hombre levantó la vista hacia aquel solitario estante de la gris habitación. Entre papeles y notas se encontraba una foto enmarcada. Una ventana al pasado.
Observó a aquella feliz pareja. Miró a ese hombre que sonreía a la cámara. Algunas canas resaltaban en su cabello negro. Cargaba una mochila; un termo sobresalía del bolsillo. Llevaba una remera blanca algo sudada, y unas bermudas caqui holgadas. Inconcientemente examinó su reflejo en el monitor apagado. Estaba bastante enflaquecido y su pelo era totalmente gris. “Ha pasado tanto tiempo”, pensó.
Miró a esa mujer de la fotografía. El viento levantaba su castaño cabello distraídamente. Y este resplandecía, resaltando su rostro bronceado por el sol. Oscar se descubrió hipnotizado por aquellos ojos azules.
No tenía una memoria clara de cuándo ni de dónde había sido tomada la foto, pero lo trasportó a mejores tiempos. A aquel verde prado salpicado por algunos árboles y arbustos.
Se levantó y se dirigió a ver a su esposa. Ella, como él, había perdido su brillo. Pero entonces él la vio como aquel momento que parecía tan lejano. La habitación pareció resplandecer a sus ojos.
— Te quiero— le dijo Oscar.
La mujer lo miró con incredulidad, pero finalmente le dedicó una sincera sonrisa. Hacía mucho que no sonreía. Parecía un momento mágico.
Pero, de repente, como un recordatorio de la realidad en que vivían, las luces se apagaron y todo quedó completamente a oscuras.
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