jueves, 24 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El empresario

20:30 a 20:55 hs.

Encendió la luz del departamento y se dispuso a sentarse frente a su escritorio a investigarla en la computadora.

La había conocido ese mismo día, hacía tan sólo tres horas. Nada más al verla, había estado casi seguro de que era la indicada. Se había presentado y al cabo de media hora, había comprendido con certeza que era perfecta. Recordó su rubia cabellera, su (quizás demasiada) delgada figura, sus melancólicos ojos color miel.
Él tenía un encanto natural con las mujeres y ella no había sido la excepción. Al poco tiempo había logrado que la chica estableciera un lazo de confianza con él. Le contó sobre su vida. Una historia dramática y solitaria. La joven, con veintitrés años, había llegado desde Chubut, luego de la muerte de sus padres, dejando sus estudios y avocándose a la búsqueda de un trabajo. La totalidad de sus familiares vivía en el extranjero y no estaba en contacto con ellos. Así que, desde la pérdida de sus progenitores no contaba con nadie. Le costaba relacionarse con la gente. No tenía amigos, y había dejado a la mayor parte de sus conocidos en Chubut, perdiendo contacto con ellos al poco tiempo. Tampoco tenía trabajo fijo, sino que estaba en constante búsqueda de una fuente de dinero para subsistir.

La chica le había expresado que nunca había hablado tanto con alguien, con tanta confianza. Él sabía que tenía la cualidad de hacer que las personas se abrieran con él. Era algo que en cada ocasión lo asombraba y lo hacía sentir orgulloso de sí mismo.

Se sentó en su escritorio y encendió el ordenador. Escribió su nombre en el buscador: Lucía Neberas. Apareció su página de Facebook; él ingresó. Observó el perfil. Cinco amigos. Encontró un enlace hacia un blog que ella escribía. Llevaba una especie de diario. Sus sentimientos eran muy oscuros. Parecía casi obvio que estaba sola. El contador de visitas mostraba un triste diez.

Entonces se decidió. Ella era perfecta.

Se levantó y se paró frente al espejo. Se quitó su traje negro, que usaba sólo para reuniones importantes de la compañía, y se miró su cuerpo lleno de marcas. Escrutó su piel en busca de un espacio virgen. Encontró el apropiado en la parte baja de su espalda, hacia la derecha. Reservó ese lugar para ella. Su próxima víctima.

Todo esto había comenzado hacía 14 años, por accidente. Era un adolescente, maltratado por algunos de sus compañeros. Lo burlaban, y golpeaban todo el tiempo. Hasta que explotó; se cansó. Un día llevó un cuchillo y los encaró a la salida. Persiguió al “líder” hasta un callejón donde mediante un corte lo inmovilizó. En ese momento sintió una nueva sangre que corría por sus venas. Saboreó el miedo de aquel chico. Lo tenía bajo su control. Lo veía suplicar, esperando que sus balbuceos suavizaran la ira de su atacante. En ese instante, Sebastián Lebón se sintió vivo. Más vivo que nunca. Su sed de sangre lo llevó a terminar el trabajo, y el chico pereció en ese callejón oscuro. Con el mismo cuchillo con que había llevado a cabo el acto, Sebastián se hizo un corte en el pecho, como recuerdo de aquel día.

Nunca lo habían inculpado por el crimen. Tenía la típica cara de chico bueno. Era rubio, de ojos celestes, con gafas, buen estudiante. Nadie sospechó de él. Era el pobre chico solitario del curso. Además, no le había contado a ninguno de quienes lo conocían sobre los abusos del muerto.

Y nunca se sintió mal por lo que había hecho. Es más, al poco tiempo, necesito matar de nuevo. Le otorgaba un placer orgásmico, y una adrenalina que necesitaba de cuando en cuando. Continuó haciéndolo durante lo que siguió de su vida. Se convirtió en un hábito, en un hobby. Aunque no era tan sencillo como parecía. Necesitaba escoger con cuidado a sus víctimas. Personas que nadie fuera a extrañar. Gente sola en el mundo.

Había estudiado psicología con el fin de poder reconocer y manipular a las potenciales víctimas. Tenía todo un método. Primero, se ganaba su confianza. Segundo, hablaba con él o ella con el propósito de conocer sobre su vida. Y tercero, hacía una pequeña investigación sobre el sujeto, para comprobar sus hipótesis iniciales. Finalmente esto desembocaba en invitar a la víctima a su departamento (que había comprado especialmente para ese fin, donde se encontraba en el momento), donde practicaba rituales sádicos con ella. Intentaba prolongar al máximo este prólogo al asesinato, lo que le daba aún más placer. Una vez concretado el ritual, cremaba el cadáver en una funeraria de su propiedad, y juntaba las cenizas con las de las víctimas anteriores en un frasco grande, como souvenir.


Por otra parte, gracias a sus estudios en psicología había podido proyectar su carrera laboral y convertirse en el reconocido empresario que era hoy en día. Contaba con su pequeña fortuna, lo que le había permitido adquirir equipo necesario para mantener sus actividades en secreto. Un ejemplo perfecto era la funeraria. Antes de comprarla, él debía viajar hasta las afueras de la ciudad a enterrar el cuerpo, pero esa propiedad lo había hecho todo más limpio y rápido.

Ahora se encontraba pre-saboreando a su próximo sujeto. Lucía Neberas. Desnudo, se tocó su cuerpo marcado, rememorando cada corte. Tenía cicatrices desde los hombros hasta los codos y las rodillas. Palpó ese espacio de piel virgen reservado para la chica con una expresión lasciva.

Caminó hasta su habitación y levantó el teléfono. Concertaría una cita con ella para la fecha más cercana posible. Su última “compañera” no lo había dejado del todo satisfecho hacía un mes.
Estaba empezando a marcar cuando de pronto las luces se apagaron y Sebastián quedó en completa oscuridad.

4 comentarios:

  1. ES MUY TENEBROSO ESTE RELATO

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  2. Me CAGAN los relatos sin final :B. Aunque éste me gustó e_e.

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  3. una mierda, macabro al pedo.

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  4. muy bueno... ya quiero saber quien era el hombre que mencionas en el primer relato...

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