sábado, 23 de julio de 2011

Laberinto


Te encuentras en un largo pasillo; a simple vista parece interminable. No recuerdas cómo has llegado hasta allí, a tus espaldas el corredor se extiende en sentido opuesto. Pero no puedes volver. Tus pies se encuentran aprisionados en frías botas metálicas que como ruedas de ferrocarril circulan sobre rieles magnéticos a velocidad constante en dirección y sentido específicos. En las paredes a los lados hay puertas, de diferentes colores la clasificación más básica, cada uno con un cuadro y una pequeña leyenda debajo a modo de anticipación a lo que se encuentra detrás.

Cuando abres una puerta, las vías se tuercen e ingresas a la habitación. O lo que creerías que es una habitación. Todas las puertas esconden otro pasillo adentro, interminable, aparentemente igual al anterior excepto por el color y el motivo de las paredes y el decorado. Y claro, también por la música, que parece venir de ningún lugar y de todos a la vez; un loop de una pista de larga duración. Un dato extraño es que, muchas veces, el ánimo de la ornamentación del pasillo no concuerda con el ambiente musical. Hay pasadizos de muros coloridos y alegres, y de imágenes como portales de felicidad, en donde sientes retumbar en tu cabeza una triste melodía enterrada en un ruido de distorsión, como un llanto quejumbroso ahogado en su propia miseria. Y no hay manera de hacer oídos sordos. Los sonidos vibran dentro de ti sin importar cuanto estrujes tus orejas contra el cráneo.

Hay otros que son túneles negros y oscuros, iluminados por un fulgor fantasmal de indefinida procedencia, con fotos sin colores, escenas mórbidas en las paredes, que se sienten como agujas en los ojos, acompañados por una alegre e inspiradora música, transporte a un mejor espacio y tiempo. Estos son (o, al menos, pueden parecerlo) más soportables ya que puedes evitar el sufrimiento con cerrar los párpados. Pero eso último los trasforma en callejones sin salida. Enceguecido a voluntad propia no puedes ver las puertas a los lados. Y si no las ves, desaparecen.

Porque si bien cada pasillo es diferente a todos los demás, la forma en que lo observas y lo sientes depende de la percepción. Para un observador de carácter inmutable, para una cámara de video, el escenario es siempre el mismo: los corredores no cambian. Pero para ti, dentro del circuito, todo fluctúa. La visión distorsiona, la percepción regula. Puertas aparecen y desaparecen, las melodías cambian leve pero ostensiblemente, las imágenes del decorado se aclaran y se oscurecen, los motivos de la pared parecen moverse. Pero en lo físico, el laberinto es invariable.

Tú abres puertas —algunas que cuestan más que otras—, pruebas diferentes pasajes, te arrepientes de alguna decisión, llegas a descifrar la clasificación de colores; en fin, aprendes, comprendes y eliges. Pero no es tan sencillo. A lo largo de cada pasillo se encuentran unos reducidos puestos, o más bien, estanterías,  de fichas y cartas. Las primeras todas iguales: redondas, planas, doradas, sintéticas y frágiles. Las segundas variadas, no existen dos iguales. En el frente aparece la silueta de un personaje y, al dorso, un dibujo, original y único para cada carta. Los hay de diversa complejidad, desde un simple cuadrado hasta un elaborado entramado de líneas y figuras.

Abrir una puerta tiene un costo, tanto en fichas como en cartas. La bifurcación es invisible a tus ojos si no cuentas con los recursos necesarios. Pero en caso de tenerlos, es tu decisión utilizarlos, en la mayoría de los casos; ciertas entradas se abren automáticamente, como presionadas por el instinto.

Tú buscas el mejor camino, tomas las mejores decisiones. Avanzas inconciente —aunque conciente en el fondo— de que, sin importar el recorrido, terminarás siempre en el mismo lugar.

Y así, de a poco o quizás muy de repente, ves que ese pasillo infinito tiene un final. Una puerta solitaria que te espera, no a un costado, sino de frente. A los lados ya no hay salidas, se oscurece lentamente el entorno, casi imperceptiblemente podría decirse. Entonces, cuando te encuentras a unos pocos metros, la puerta se abre, y como un agujero negro absorbe la luz a tu alrededor al tiempo que te zambulles irremediablemente en la negrura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario