miércoles, 5 de diciembre de 2012

Llantos de Lucía


                                 [Cries of Lucia]    <--- Esto es un enlace, clickéenlo



Lucía despierta. Está en ningún lugar; el Vacío quizá. Gruñidos, susurros, voces. El aire es canto, es sonido, es música.
Ella está acurrucada en el rincón de esa nada. ¿Es un llamado? ¿Un aullido? Parece. Se siente cobijada, segura, a la vez aterrada. Quiere escapar pero no ve donde. Su sentido de existencia parece distorsionado. Es un ser etéreo en un espacio de sonido.
Basta, basta, basta. Ese es su pensamiento todo, es ella misma. Las voces finalmente se calman. ¿Ha logrado callarlas o tan sólo ha perdido el oído? Desaparecen de a poco, dejan de sentirse.
Lucía sonríe, su rostro cubierto de lágrimas. El canto ha cesado definitivamente. O, por lo menos, ya no lo oye. Es posible (muy posible, como ella bien sabe) que no sea más que una ilusión. Aquel perverso himno nunca dejará de sonar; más bien, se ha fundido en el “ruido de fondo” que ya forma parte de ella: lo escucha, pero no lo registra.

lunes, 5 de noviembre de 2012

La isla


Estábamos volando. O quizás, estaba volando sería una mejor forma de decirlo. Sólo yo, no el otro.

Desde arriba, muy arriba, llegaba ya a ver la isla, esperándome. Una vez más me sentía cautivado por su resplandor verdoso, finamente contorneado por el intenso amarillo de la costa; un lucero, mi refugio, en aquel mar negro.
Las aguas contaminadas intentaban tomar la orilla en altas y potentes olas, amenazando con tragarse ese solitario pedazo de tierra. Pero siempre, con invisible forcejeo, lograba ella quitarse de encima sus oscuros dientes.
Iniciaba yo entonces el descenso, lento y gradual, casi vertical. Poco a poco, su luz y su música me invadían. Podía escuchar la vida, la naturaleza, un canto no de pájaros sino de todos los seres al unísono, en registros que nunca podría asociar a nada que alguna vez hubiera oído. Su colorido fulgor era cada vez más vivo, a tal punto que no podía distinguir forma alguna, sólo fosforescencias de distintas tonalidad, como una pintura abstracta. Ya no era simplemente verde y amarillo, era multicolor, eran todos los colores a la vez. No lograba ver efectivamente qué había allí, pero sabía que era hermoso, lo más bello que pudiera concebir.
Utopía.

Pero entonces, cuando mis ojos recién comenzaban a acostumbrarse a la claridad, veía a mi izquierda una gigantesca pared negra, acercándose a gran velocidad. De un momento a otro, el canto se convertía en un chillido nostálgico que parecía una súplica, un grito de ayuda. Unos segundos después, la enorme ola se cernía sobre mí, y todo se volvía negro. El mar nos engullía de una vez y para siempre.
Me hallaba entonces perdido, abría los ojos pero no había más que tinieblas. No sentía nada, me dejaba llevar. En algún momento, algo me agarraba y me tiraba hacia arriba. Me veía a mí mismo saliendo del agua y hacía fuerza para levantar ese cuerpo que tenía mi cara. Lograba con mucho esfuerzo subirlo al precario bote sin remos ni vela.

Todo volvía a la normalidad. Yo era el otro y el otro era yo, hasta el momento en que, una vez más, intentara llegar a al isla.

martes, 7 de agosto de 2012

Una profunda reflexión sobre la existencia


¿?

¿bua?
bua bua
aklfajs

bla bla
bla blablablabla
bla bla
blab
borp

¡accm!
¡cohg!

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa


¿?

martes, 24 de julio de 2012

Algo


Hay algo, que quizás podríamos denominar extraño, que me sucede en las vacaciones. Bueno, en realidad no sé si es raro: supongo que le pasa a muchos.
En reglas generales, la situación es que no hago nada productivo. Tengo todas estas expectativas, metas que me pongo antes de empezar que al final no cumplo. Digo, por ejemplo: “Bueno, ahora tengo dos semanas libres. Voy a poder escribir, componer, investigar sobre las carreras universitarias que podría seguir el año que viene, sacar a pasear a mi perro, andar en bicicleta, etc.” y, cuando llega el momento, no siento ganas de hacer nada. No me siento con la energía para emprender ningún proyecto. Me convenzo que este es un tiempo que tengo para descansar y hacer lo que quiero, y que no me tengo que poner obligaciones porque estas ya van a venir. Creo que es justamente eso último el problema.
La vida es como una gran obligación. Hay un camino que tenés que seguir, lugares a donde tenés que llegar, cosas que tenés que hacer. No digo que no puedas hacerlas, pero es lo que hay que hacer para una vida relativamente cómoda. Si la existencia, tuviera un lema, este sería: Nacer, Estudiar, Trabajar, Morir”. Porque eso es lo que se espera de una persona. Primero, que vaya al colegio, donde le van a enseñar conocimientos básicos. Luego, que vaya a la universidad, donde va a aprender sobre materias más específicas, que les sirvan particularmente para ingresar en un determinado mercado laboral. Y aquí viene la parte complicada: las responsabilidades (que es el nombre elegante que se le da a las obligaciones), y trabajar, trabajar, trabajar, para tener una vida “digna”. Tan sólo cuando ya seas viejo, suponiendo que haz hecho bien tu labor o haz tenido suerte, tendrás tiempo libre para ocuparte en lo que desees. Pero el problema es que ya será algo tarde y tus energías se estarán agotando.
Lo que trato de decir es que la libertad no existe, al menos en su totalidad. Claro, cada uno tiene la posibilidad de elegir la carrera que desee (excepto quizás en casos de pobreza extrema o situaciones que no permitan a una persona disponer de su educación: ellos están aún más condicionados), pero eso no es libertad: es más un multiple-choice donde el sistema nos da las opciones. Podés no elegir lo que proponen e inventar tu opción, pero vas a estar desaprobado.
El hombre debe ser libre, sin obligaciones ni ataduras de ningún tipo. Pero el mayor problema es que nunca nos enseñan. Todo lo que el hombre hace lo hace porque se lo dicen, porque hay algo que lo está forzando, y en el momento en que se ve emancipado de aquello, no sabe qué hacer.

Bueno, me puse un poco filosófico. Aunque la mía es una filosofía que no parece servir para nada, porque ni yo me la creo. Digo, sé que mi crítica es válida, pero no tengo solución alguna y la conclusión resulta una utopía, es decir, resulta irrealizable. Soy un idealista que no cree en ideales, y a la vez un pesimista que llora por ellos. Un boludo que quiere cosas imposibles cuando sabe bien que son imposibles.
Lo irónico es que critico el sistema, cuando es justamente él quien me inspira en la mayor parte de las cosas que escribo. En las vacaciones no estoy tan inmerso en este, de forma que no sé que escribir, se me va la creatividad. Pero el problema mayor es que cuando no estoy de asueto, muchas veces no tengo tiempo para plasmar la idea que puede surgir en mi mente.


Me doy cuenta de que este artículo no tiene ni pies ni cabeza. La verdad es que sólo quería decir que no tenía ganas de escribir y de allí fueron surgiendo distintas ideas que terminaron en este texto incoherente. No creo que haya quedado tan mal a pesar de que siento que estoy escribiendo cualquier mierda que me viene a la cabeza.

Como sea, gracias por leer mi mierda.
Chau.

martes, 17 de julio de 2012

Marcha ciega


Cuando el mundo se deshace
Y la ilusión se desvanece
La llanura se hace montaña
Y la vana esperanza desaparece

El camino invisible
La visión mermada
Decepción en cada esquina
Ni un atisbo del Sol en su cara

Y el despertador suena
Pero la mañana no llega
En dos vidas paralelas,
Sumida el alma a la espera

Y con cada paso, cada rayo de sol
La oscuridad es más profunda
La montaña más alta
La lluvia más fuerte

Bloqueo mental y sueño eterno
Dulce irrealidad, realidad mi infierno
La mente se desvanece, el cuerpo se carcome
Donde quiera que mire, veo en gritos su nombre

Frío y pálido el soñador refugiado
Tiempo que se marchita, amanecer que no llega
Sueño eterno, despertar eterno
Y el reloj sigue andando

sábado, 30 de junio de 2012

En el bosque


Estás corriendo por el bosque. Te persigue. Desnudo y con frío vagas sin rumbo por la oscuridad. A cada momento te parece que estás a salvo. Pero, en cada ocasión, de los rincones se asoman esos ojos. Rojos, brillantes… locos. Sabes que nunca lo has visto realmente. Sabes (¿o te convences a ti mismo?) que no quieres verlo. No puedes verlo. No debes verlo.
Rápido, más rápido. Escapa.
Finalmente, llegas a un claro. Lo has perdido, o al menos así lo crees. La suave luz de la luna llena ilumina el lugar. Te enceguece después de tanta negrura. De a poco, vas acostumbrándote y estás en condiciones de examinar tus alrededores. El claro no es más que un pequeño círculo de hierba muerta, de no más de cinco metros de diámetro, rodeado por la arboleda. Un leve destello de una roca en las lindes del calvero te llama la atención. No es más que una ordinaria roca gris, pero de repente te invade una súbita tristeza. Te arrodillas frente a ella y desplomas tu cuerpo encima. Y lloras. Lloras mientras los fantasmas aparecen de entre los árboles. Lloras cubriéndote la cara.
A lo lejos se escucha una guitarra, traída en por el melancólico viento. Sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad? Los fantasmas empiezan a cantar, cada vez más cerca. Y sigues llorando contra la piedra, incapaz de levantar la cabeza. ¿Qué es lo que tienes que hacer? Ellos no se van a ir.
Parecen pasar años, décadas. Y los espíritus nunca te alcanzan, aunque tampoco se van. Aún sientes su presencia. Sabes lo que debes hacer. Al menos crees saberlo. Pero no puedes. Gimes y plañes con el rostro escondido entre las palmas de tus manos.
El tiempo sigue pasando. Te duelen los ojos de tanto llorar y el cuerpo de tanto estar tumbado sobre aquella piedra. No del todo convencido, levantas la cabeza.
Para tu sorpresa, no ves a los fantasmas. En frente tuyo hay un espejo, pero te cuesta trabajo reconocerte. Tu rostro está lleno de arrugas y tu cabello ha perdido su color. Este último, ahora gris, está extremadamente largo (llega hasta tus pies), al igual que la barba. Realmente han pasado años.
De repente te sientes débil, y esa debilidad te da fuerzas. Te das vuelta, dispuesto a enfrentar a los espectros. Y allí están. Más que fantasmas son ojos; están llenos de ojos. Rojos, brillantes, locos.
No puedes soportarlo y cierras rápidamente los párpados. No quieres abrirlos, no quieres verlos, pero sabes que tienes que hacerlo. Gritas. Gritas con odio, con furia. Gritas con tristeza, con angustia. Gritas hasta que toda emoción desaparece.
Entonces, tan sólo entonces, juntando todo el coraje que crees posible, te atreves a mirar.
Y ya no están.

Te encuentras solo, en aquel claro ahora iluminado por los cálidos rayos del sol. Esbozas una sonrisa tímida, como si apenas recordaras lo que es la alegría, y alzas tu vista al cielo.
Hasta parece que no supieras, aunque yo creo que en el fondo no tienes ninguna duda, que aquellos ojos siguen mirando. Ahora, en todo momento.

Siempre estarán dentro de ti.

miércoles, 4 de enero de 2012

Año nuevo


31 de diciembre.
Entre las acaloradas discusiones de familiares, amigos, conocidos y no tan conocidos, las explosiones de fuegos artificiales anticipados, los disparos de ametralladora de aquel héroe virtual comandado por el joven solitario adicto a los videojuegos, los chillidos infernales de los niños, y la música que contribuye al bullicio general a pedido de un tía exaltada, transcurre la última noche del año. La gente se reúne a celebrar que ha sobrevivido a otra travesía de la Tierra alrededor del Sol.

22:00hs. Todos se sientan a la mesa para cenar. El joven solitario pausa de mala gana su juego, sumiso ya a la tradición social, y se adentra en el alboroto. Algo perturbado, se acomoda tímidamente en un lugar libre. La multitud parece abalanzarse sobre la comida, y elogios vuelan por aquí y por allá. “¡La ensalada esta muy rica!”, “¡El vitel toné te quedó espectacular!”; hipocresía en su estado más puro.
El joven, por su parte, examina la mesa, la comida. La mayor parte de los platos no le gustan. Parece algo ido, está callado y pensativo. “¿Querés torta de panqueques?”, le preguntan. Él mueve la cabeza, dubitativo, pero finalmente acepta. Es prácticamente lo único que le apetece. Los más positivos podrían decir que tiene un paladar exquisito, mas la realidad es que sencilla y llanamente no le gusta nada.

22.45hs. Unos pocos siguen comiendo todavía; todos se han volcado en la charla trivial o en discusiones sobre temas diversos. El joven se queda un tiempo en la mesa, escuchando. No le interesa involucrarse, sólo presta atención y razona. No le gusta opinar, menos si no tiene una juicio formado.
Surgen peleas entre quien quiere subir el volumen de la música y quien quiere bajarlo. Las melodías se distorsionan entre la charla y los gritos.
Los niños se revolucionan con el paso de los minutos y sus aullidos se van perfeccionando e incrementando su intensidad.
El joven intenta escapar y se encierra en su habitación y en su mundo de fantasía. Pero no está a salvo. Se escuchan pasos y ruidos que se acercan por el pasillo. Los infantes están llegando. Con un grito estruendoso (“¡FUS RO DAH!”), el mayor de ellos destroza las bisagras de la puerta, que vuela por los aires atravesando todo el dormitorio.
El joven, a pesar de su malestar e incomodidad, no ha perdido de vista su juego. Entre risas, los niños se acomodan a su alrededor para mirar el televisor, cual espectadores de un profesional.

23.58hs. El nuevo año esta por llegar. Todos se levantan de sus asientos, miran ansiosos la hora. El joven apaga de mala gana la consola y se suma a la multitud. Los niños corren por los pasillos.

00.00hs. Ha llegado el año nuevo. Brindis general mientras todos se abrazan y besan, se felicitan. Son personas nuevas. Todo ha cambiado en los últimos segundos; nuevo comienzo, nuevas oportunidades, cambios. Afuera se escucha un concierto de explosiones y luces en el cielo. Los impulsos piromaniacos se inyectan en los individuos. Bengalas, estrellitas, fósforos, no importa los que sea, necesito fuego.

02.00hs. La gente empieza a retirarse. La casa parece gigante sin la multitud. Está tranquila, en silencio. Paz, al fin.

2 de enero
  De vuelta a la rutina. Las metas y promesas de cambio comienzan a desvanecerse. Todo sigue igual. Todos siguen igual.