31 de diciembre.
Entre las acaloradas discusiones de familiares, amigos, conocidos y no tan conocidos, las explosiones de fuegos artificiales anticipados, los disparos de ametralladora de aquel héroe virtual comandado por el joven solitario adicto a los videojuegos, los chillidos infernales de los niños, y la música que contribuye al bullicio general a pedido de un tía exaltada, transcurre la última noche del año. La gente se reúne a celebrar que ha sobrevivido a otra travesía de la Tierra alrededor del Sol.
22:00hs. Todos se sientan a la mesa para cenar. El joven solitario pausa de mala gana su juego, sumiso ya a la tradición social, y se adentra en el alboroto. Algo perturbado, se acomoda tímidamente en un lugar libre. La multitud parece abalanzarse sobre la comida, y elogios vuelan por aquí y por allá. “¡La ensalada esta muy rica!”, “¡El vitel toné te quedó espectacular!”; hipocresía en su estado más puro.
El joven, por su parte, examina la mesa, la comida. La mayor parte de los platos no le gustan. Parece algo ido, está callado y pensativo. “¿Querés torta de panqueques?”, le preguntan. Él mueve la cabeza, dubitativo, pero finalmente acepta. Es prácticamente lo único que le apetece. Los más positivos podrían decir que tiene un paladar exquisito, mas la realidad es que sencilla y llanamente no le gusta nada.
22.45hs. Unos pocos siguen comiendo todavía; todos se han volcado en la charla trivial o en discusiones sobre temas diversos. El joven se queda un tiempo en la mesa, escuchando. No le interesa involucrarse, sólo presta atención y razona. No le gusta opinar, menos si no tiene una juicio formado.
Surgen peleas entre quien quiere subir el volumen de la música y quien quiere bajarlo. Las melodías se distorsionan entre la charla y los gritos.
Los niños se revolucionan con el paso de los minutos y sus aullidos se van perfeccionando e incrementando su intensidad.
El joven intenta escapar y se encierra en su habitación y en su mundo de fantasía. Pero no está a salvo. Se escuchan pasos y ruidos que se acercan por el pasillo. Los infantes están llegando. Con un grito estruendoso (“¡FUS RO DAH!”), el mayor de ellos destroza las bisagras de la puerta, que vuela por los aires atravesando todo el dormitorio.
El joven, a pesar de su malestar e incomodidad, no ha perdido de vista su juego. Entre risas, los niños se acomodan a su alrededor para mirar el televisor, cual espectadores de un profesional.
23.58hs. El nuevo año esta por llegar. Todos se levantan de sus asientos, miran ansiosos la hora. El joven apaga de mala gana la consola y se suma a la multitud. Los niños corren por los pasillos.
00.00hs. Ha llegado el año nuevo. Brindis general mientras todos se abrazan y besan, se felicitan. Son personas nuevas. Todo ha cambiado en los últimos segundos; nuevo comienzo, nuevas oportunidades, cambios. Afuera se escucha un concierto de explosiones y luces en el cielo. Los impulsos piromaniacos se inyectan en los individuos. Bengalas, estrellitas, fósforos, no importa los que sea, necesito fuego.
02.00hs. La gente empieza a retirarse. La casa parece gigante sin la multitud. Está tranquila, en silencio. Paz, al fin.
2 de enero
De vuelta a la rutina. Las metas y promesas de cambio comienzan a desvanecerse. Todo sigue igual. Todos siguen igual.2 de enero
Un relato maravilloso de una reunión de fin de año!!! Seguís escribiendo fantásticamente y reflejando con precisión, ironía y sarcasmo la realidad. Sos un excelente escritor!!
ResponderEliminar