lunes, 12 de agosto de 2013

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      ¿Qué hacés?
    Escribo.
      ¿Qué?
      Una cosa.
      ¿Qué cosa?
      Maravillosa.
      Pelotudo.
      Tranquilo, pibe.
      ¿Desde cuando decís “pibe” vos?
      Desde ahora.
      Te estás ablandando.
      Se me pegó nada más. No jodás.
      Sabés que me necesitás. No me voy a ir, no te preocupés.
      No me preocupo. Y no sé si realmente te necesito.
      ¿Decís que ahora vas a salir a caminar por ahí a buscar un reemplazo?
      Puede ser.
      Seamos realistas, che.
      Está bien, no creo que lo haga. Y aunque lo hiciera, no te vas a ir.
      No, claro que no. Pero vas a tener una razón para ignorarme.
      Ya tengo varias razones.
      Siento que nos perdimos un poco, ¿no?
      Un poco, sí. Pero es bueno, es bueno. Creo.
      Creo.
      Hablamos más que antes, igual. Estamos bien.
      Bien.
      Pero claro, antes no necesitábamos hablar. Antes las cosas realmente fluían.
      Las razones son poderosas. Y son buenas. No las abandones.
      No, no las voy a abandonar. Tranquilo.
      Estoy tranquilo.
      Ja. Sonás igual que.
      ¿Igual que qué?
      Igual que. Punto.
      ¿Aparte?
      No. Seguido, seguido. Y hasta quizás que es una coma. O puntos suspensivos.
      Dale, boludo, ya es la tercera vez que pasa en la semana.
      Pará que voy a buscar algo para secar.
      Pero trae un trapo, no un papel. No secás un carajo, así.
      Más o menos está.
      Vas a dejar todo el escritorio pegoteado.
      ¿Pegajoso no querrás decir?
      ¿No es lo mismo?
      Creo que pegajoso queda mejor.
      Ya fue. Tachalo.
      Listo.
      Bien. ¿En que estábamos?
      En que se volcó el jugo.
      En que volcaste el jugo.
      Inintencionalmente.
      Como sea, está hecho. “La cagaste”, como hubieras dicho en otros tiempos.
      Recuerdos, recuerdos.
      Visiones de tiempos pasados. O sólo visiones, si querés.
      Visiones suena a loco. Todavía no estoy alucinando. Digamos “recuerdos” mejor, o “memorias” si querés.
      Es que esa es justamente la cuestión: ¿qué son esos a los que llamamos recuerdos?
      Imágenes. Pueden ser congeladas (.JPEG) o en movimiento (.GIF), pero creo que son principalmente imágenes.
      ¿Y de dónde vienen esas imágenes?
      De antes.
      ¿Qué es antes?
      Aquello que precede al ahora.
      ¿Pero qué pasa entonces si el ahora se mueve? Porque, de hecho, se mueve. El ahora es como una minúscula franja entre el antes y el después; un medidor de que avanzando en una línea infinita. Viene como una enzima que cataliza el catabolismo del futuro en el pasado. (Obviamente, una vez que algo pasó se vuelve más simple, más manejable).
      ¿Realmente creés que se vuelve más simple? Claro, casi siempre coincidimos en el beneficio del saber. El pasado es algo sabido, es decir, está en nosotros en forma de recuerdos de cualquier tipo (más o menos recientes); en cambio, el futuro es incierto, tan sólo producto de especulaciones cuyos fundamentos están en el antes y no tienen más valor argumental que el estadístico (“si esto ya fue así muchas veces, no tiene por que ser diferente ahora”). Pero, a la vez, como se dice, “la ignorancia es una bendición”; en ese sentido, los sucesos por venir son potenciales problemas con los que va a haber que lidiar en un rato. En un rato pero no ahora: esa es la cuestión.
      Depende de la persona. Está el que se hace la cabeza por estos “problemas potenciales” y una vez llegado el momento se da cuenta de que no era tan malo; entonces el después se simplifica en el antes. También está aquel al que podemos llamar despistado o “cabeza fresca” (no tengo la menor idea de donde viene esta calificación), quién, despreocupado, no llega a comprender la magnitud de los conflictos que se le vienen encima hasta que ya está aplastado.
      Lo ideal sería estar en el medio. El centro.
      ¿Por qué no en todas partes? Un individuo es muchas personas a lo largo de su vida.
      Muchas pero no todas. Salvo que extendamos la vida al infinito quizás. De todas maneras, no llegaría a alcanzar la verdadera ubicuidad. Es decir, está en una parte pero no en otra (en todas las otras) en un momento determinado y de allí se va moviendo. Podríamos decir que estuvo pero no que está en todas partes.
      Promediando, podríamos concluir que para llegar al centro deberá pasar por todas las partes.
      Llegando a ser todas las personas quizá alcanzaría un centro objetivo, que no es realmente suyo; es decir, lo que se busca es el centro subjetivo, el lugar donde uno está cómodo.
      Ponete un poco de música.
      ¿Qué clase de música?
       No sé... Alguna cosa.
      ¿Qué cosa?
      Maravillosa.
      Pelotudo.
      Deja vù.

...

lunes, 27 de mayo de 2013

La tormenta


Otea el horizonte. Praderas y colinas, montañas y valles, bañados por la gentil luz del sol. Observa ese mar verde con los ojos llorosos. Por alguna razón, las lágrimas no nublan su vista; por el contrario, la mejoran. Puede ver con total nitidez los colores, las texturas, aquel paraíso a sus pies. Los ríos fluyen por los valles para terminar en magnificas cascadas de un azul zafiro que arroja destellos de luminosidad. Por encima de las nubes están los picos nevados de la cordillera, que parecen sollozar también, debido al fuerte calor. Es hermoso, pero a la vez inquietante. Inmaculado, el terreno que tiene frente a él está desierto. De cuando en cuando, cree ver sombras que caminan por allí, aunque quizás sea sólo su imaginación. Durante la mayor parte del tiempo, el único movimiento que llega a vislumbrar es el leve bamboleo de los árboles con el viento.

Y más allá, la tormenta. Un pequeño punto en la lejanía, casi invisible. Pero él puede ver. Puede ver la tempestad que se desata allí. Más aún, nota que se acerca. Poco a poco, imperceptible al ojo pasajero. Avanza, lento, muy lento, corroyendo la tierra, deshaciéndola. Así, va dejando al descubierto aquello que estuviera una vez oculto.

El hombre pasa mucho tiempo mirando, con ojos atentos, aquella escena. Centímetro a centímetro, la lluvia se avecina, revelando el terreno a su paso. El paisaje cambia abruptamente allí donde el agua ha limpiado la belleza. Porque debajo de la tierra hay una superficie negra, donde la luz no es más que penumbra. Allí vuelve a ver las sombras. Pero esta vez no desparecen, sólo caminan de aquí para allá, como ocupados en alguna tarea indescifrable. Las hay de distintos tipos o, más bien, de distintas tonalidades. Algunas son gris claro, generalmente de pequeño tamaño. El contraste con el suelo es notable y son, por ello, las que más fácilmente puede distinguir. A partir de estas, las hay más y más oscuras. El hombre infiere, para sí mismo, que debe haber ciertas sombras tan opacas como el mismo suelo, invisibles aún para él.

Más y más tiempo pasa, más y más avanza la tormenta. Hasta que un día, el hombre cae en la cuenta de que está peligrosamente cerca. Comienza a pensar qué debe hacer, lo que lo lleva a la preguntarse qué quiere hacer. ¿Quiere arriesgarse a enfrentar la lluvia, o escapar? Repara en que, a pesar de todo lo que ha observado, no sabe con seguridad si el fenómeno es dañino para él. Considerando que ha logrado prácticamente desintegrar la tierra, se ve inclinado a pensar que, de hecho, lo es. Aún así, decide seguir mirando, en espera de algún descubrimiento revelador que ayude en su decisión.
Pero no encuentra nada útil. La única novedad resulta en su descubrimiento de que, en general, las sombras se van apagando con el tiempo. Nota que, varias veces, luego de seguir a uno de aquellos seres (ha decidido llamarlos “seres” por el hecho de que parecen tener algún tipo de conciencia que determina sus acciones) por un determinado período de tiempo, se le va haciendo progresivamente más difícil distinguirlo, hasta que ya no está allí. Es decir, llega un punto en que se oscurecen tanto que se vuelven negras.

Ya no hay tiempo. El hombre mira con desesperación. Quizás, si observa un poco más, quizás hay algo que pasó por alto. Quiere creerlo, que aún puede mirar. Pero no, ya no. Por primera vez, voltea la vista. Para su sorpresa y terror, la tormenta está por todas partes. Está completamente rodeado por el aguacero. No tiene adonde ir… más que hacia abajo. Abajo, a la “ciudad de las sombras”, como él mismo ha llegado a denominar el lugar. ¿Qué otra opción tiene? La lluvia va a matarlo. Aunque podría decir lo mismo de la “ciudad de las sombras”.
Empieza a cavar. Lo hace sorprendentemente rápido; aunque, a decir verdad, el piso es mucho menos profundo de lo que él había anticipado. Además, termina de forma abrupta, y en el vacío. El suelo llega como una sorpresa, tan negro como el hoyo en que estaba metido. En la penumbra, su visión está muy limitada. Levanta el brazo frente a su cara, pero no puede verlo, es tan sólo una sombra en aquella negrura.
Finalmente, sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Nuevamente, se mira las manos. Esta vez, puede distinguirlas con relativa claridad. A su alrededor, los edificios. Oye los murmullos de la gente al pasar, los autos y sus bocinas. Huele el humo en el aire, lo que le provoca un ataque de tos. Entonces, suena la alarma de su reloj. Va a llegar tarde. Insulta para sus adentros y apura el paso.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El otro día saqué a pasear a mi perro


No soy una persona activa. Para nada. Mi idea de diversión para los días libres suele ser pasar el tiempo sentado frente a la computadora, tocando la guitarra despatarrado en el sillón, quizás escuchando música o leyendo algo tirado en la cama.
Pero, a la vez, sé que estar ocioso todo el día no me trae ningún bien y acrecienta mis constantes dolores cervicales. Y en verano se hace peor. Por esta razón es que el otro día decidí sacar a pasear a mi perro (sí, ese que tiré a través de la puerta, ¿se acuerdan?).
De cuando en cuando lo llevo, tan escasamente que cada ocasión es una fiesta. Él nota mi actitud y se prepara; en el momento en que ve que traigo puestas mis zapatillas “de paseo” (porque tengo unas particulares que siempre uso para estas situaciones), empieza la fiesta. Salta de aquí para allá, gruñe, llora, se tira al piso. En fin, se desespera a tal punto que tengo que sostenerlo para sujetarle la correa.
Como iba diciendo, el otro día, después del susodicho episodio, salimos. Esperé a que orinara en el árbol que se encuentra en la puerta de mi casa, caminé dos pasos hacia la derecha… y me di cuenta que estaba lloviznando.
Pensé en volver a entrar; quizás debería haberlo hecho. Pero no. Salir de mi casa es embarcarme en una odisea y los preparativos son igualmente proporcionales. Más aún, me gusta la lluvia; es refrescante. Mientras no se convierta en tormenta, claro. Sé que una cosa muy probablemente lleve a la otra; que no es raro unas pequeñas gotas se transformen, en un lapso de pocos minutos, en chaparrón. Medité, consideré, razoné dicha posibilidad, pero terminé desechándola. No deseaba volver, ya estaba afuera, en la aventura. Ahora que lo pienso, creo que lo estaba buscando, concientemente quería que pasara. Claramente, subestimé el poder de la naturaleza.
Caminamos, alejándonos de la casa, cinco, seis, siete cuadras, con la intensidad de la precipitación invariable. Finalmente, ya movido por la casi segura inminencia de tormenta, decidí emprender la vuelta. Apenas habíamos dado dos pasos en dirección al hogar cuando una potente ráfaga de viento nos alcanzó. Mi perro voló un metro por encima del suelo antes de volver a caer; tuve que sostenerlo con fuerza de la correa para que la ventisca no lo llevara consigo. En ese mismo momento, como una cañería que se destapara súbitamente, la lluvia se abatió violentamente sobre nosotros.
Avanzamos lo más rápido que pudimos cortando a fuerza de voluntad las terribles embestidas de aire y agua. Eventualmente llegaríamos, o al menos eso pensaba (me estaba moviendo por intuición ya que la tormenta no me permitía ver más de medio metro hacia delante). Tan concentrado me encontraba en mi lucha con el aguacero que no me percaté de que estábamos cruzando la calle. Un resplandor súbito a mi derecha me hizo voltear y noté dos focos que no podían ser otra cosa más que los faros de un vehículo. Estaba muy cerca, y venía muy rápido. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y mis músculos se tensaron. Por suerte, la adrenalina actúo al instante y mi ser se centró en un solo pensamiento: “¡Correte de ahí! ¡Salta!”. Movido por una renovada energía me lancé hacia avante, contra el torrente de agua, tirando fuerte de la correa.
Vi a mi perro pasar por encima de mi cabeza mientras caía al suelo. El impacto fue peor de lo que esperaba y me hizo soltar el lazo con que llevaba atado al animal. Con la cola entre las patas, sin saber qué hacer, corrió hacia delante, en el sentido en que yo suponía que estaba casa. Desesperado y a pesar del dolor del golpe, me levanté con presteza y lo seguí a paso frenético, ignorando la lluvia. Ni siquiera se me pasó por mi mente que, debido a mi reducido campo visual, podía chocarme con cualquier cosa que estuviera en mi camino. De hecho,  tropecé con lo que creo que era un escalón, casi perdiendo el equilibrio, pero eso no me impidió seguir ni cambió en forma alguna mi avance. Tenía que alcanzarlo.
Repentinamente, el vendaval se hizo más intenso, y me obligó a desacelerar. Un objeto grande y cilíndrico pasó girando a milímetros de mi cabeza. Casi al instante, otro más pequeño, pero algo más lejos. Sentí entonces como si un látigo me golpeara en el hombro. Estaba frotando la zona magullada… cuando me percaté de qué era lo que acababa de pegarme.
Di media vuelta y corrí, empujado por el viento, a una velocidad inimaginable. Al rato, lo alcancé. Mi perro estaba volando varios metros por sobre el nivel del suelo. Demasiado alto. Entonces, una luz cegadora relampagueó a mi costado, seguida por sonido estremecedor del trueno. Y luego, algo más: un ruido de madera quebrándose.
En ese momento, el aguacero dejó de caer sobre mí, pero aún se abatía a mi alrededor. La confusión fue instantáneamente seguida por la reflexión. Comprendí que llovía al frente, a la derecha y a la izquierda, pero no atrás. Al voltearme observé, con terror, que un gigantesco tronco, negro por la falta de luz y luego blanco con la caída de un relámpago, se precipitaba sobre mí. Asustado pero aún rápido, salté hacia atrás. Aquella mole de madera casi me rozó la nariz antes de aterrizar con un estruendo.
Por alguna razón (quizás fuera la adrenalina), mi cuerpo estaba trabajando al máximo. Era ágil, más ágil que nunca, tanto en movimiento como pensamiento. Raudo como una gacela, subí al tronco y corrí todo a lo largo. Una pequeña e improvisada rampa compuesta por una rama gruesa se había formado en el extremo. Desde allí salté.
Con el viento en mi espalda, embolsando mi empapada remera, casi podía volar. Parecía que nunca fuera a caer. La figura escuálida de mi perro se fue haciendo cada vez más nítida. Ya estaba fácilmente a mi alcance, algo a la izquierda. Estiré el brazo y lo atraje hacia mí, estrechándolo contra mi pecho. Estaba temblando frenéticamente. Aterrizamos casi elegantemente, dadas las circunstancias. A pesar de ello, debido a la gran velocidad a la que íbamos, me resultó difícil frenar. Tuve que seguir corriendo por dos o tres cuadras hasta que logré juntar suficiente fuerza para resistir el empuje del vendaval.
En ese momento, me sentí cansado. Muy cansado. No tenía la energía para moverme, sólo un mínimo resto para defenderme contra la tormenta. Con el can aún agarrado fuertemente, casi aplastado contra mi torso, me tiré al suelo. En posición fetal, con los ojos cerrados, temblando casi tanto como el animal, me dispuse a esperar. Esperar a que todo terminara.

Y entonces terminó. Súbitamente, el agua dejó de caer, la ventisca amainó hasta convertirse en una leve brisa. Me atreví entonces a levantar la cabeza y mirar. La potente luz del sol me hizo desviar la vista. Finalmente, mis ojos ya acostumbrados, miré a mi alrededor. Para mi sorpresa, estaba cerca de casa. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Miré a mi perro. Se notaba que estaba alterado, aún temblando, y tan mojado que parecía sólo piel y hueso. Lo que había cambiado era su cola: ya no la tenía entre las piernas sino un poco levantada. Sentado en la vereda, con los pies metidos en la pileta en que se había convertido la calle, lo acaricié en la cabeza para calmarlo.
Esperé unos minutos antes de levantarme, mientras disfrutaba del calor del sol y recuperaba fuerzas. Tomé la correa y volvimos a casa a paso ligero. Para cuando llegamos, unas pequeñas gotas de sudor aparecían mi frente, y mi ropa no estaba ya mojada sino húmeda.
Abrí la puerta y entré.
  —      ¿Cómo fue el paseo? — me preguntaron mientras desataba la correa.
  —      Bien, bien — respondí —. Bastante ejercicio por hoy —agregué mientras me sentaba frente a la computadora.

Ejecuté el emulador de PlayStation 2 e inicié el juego. Kingdom Hearts. Parece que es un clásico y yo nunca lo había jugado.

viernes, 22 de febrero de 2013

El gigante


Gigante, el gigante,
arrastra la soga, la soga
que sostiene tu cabeza, nuestras cabezas.

Chico, el chico,
todavía no le queda la correa;
lo llevamos de la mano.

Juntos, todos juntos,
caminamos, caminamos, caminamos
arrastrados de la luz al oscuro.

Estamos, pero no estamos allí,
donde la verdad es verdadera
donde el sinsentido tiene sentido.

Volar, queremos volar,
pero nos cortaron las alas
y taparon el cielo con su propia imagen.

Acostumbrados, ya desgraciadamente acostumbrados,
a la soga que no es soga sino cadena,
a la prisión invisible que es el mundo.

Guíanos, acarréanos,
en la ascensión de la montaña verde,
haznos desear la cima, pelear por ella.

Gigante, oh majestuoso ser,
sigue, sigue, no frenes ahora,
ignora a aquellos que quedan en el camino.

Llévanos, llévanos,
somos simples sirvientes, mascotas
no opondremos resistencia alguna.

Porque ya lo has logrado,
ya nos has convertido
en nuestro propio enemigo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Recurrencia


Camino por una habitación gigantesca. Un espacio gris, artificial, infinito. Mis pisadas producen un sonido metálico en aquel suelo plateado, fulgurante a la luz etérea que invade el lugar. Lejos, a los lados, alcanzo a ver las paredes infestadas de cables y aparatos electrónicos. Al norte y al sur, en cambio, la sala parece prolongarse indefinidamente. El techo resulta igualmente inasequible para mis ojos, llegándome sólo una fosforescencia blanquecina y antinatural.
Camino a través de la monotonía de aquel interminable pasillo por un tiempo. Minutos, horas, días, no lo sé. No tengo forma de saberlo.
Aparece ante mí un enorme agujero, un abismo sin fondo que ocupa todo el ancho de la habitación. Es un corte brusco y repentino en el camino; demasiado largo para intentar saltarlo e imposible de rodear. Inquieto y confundido deambulo de una pared a la otra, vuelvo sobre mis pasos por el pasillo y me arrepiento inmediatamente, regresando con zancadas nerviosas al borde del precipicio.
Finalmente, en un impulso súbito, abro los brazos y me lanzo.
Siento el aire otrora inmóvil golpeando, fuerte pero gentil, mi rostro y arremolinando mi cabello. Nuevamente, hacia los lados puedo ver las paredes metálicas plagadas de circuitos. El pozo parece ser un pasillo tal como el anterior, solo que en lugar de prolongarse hacia delante, lo hace hacia abajo.

Caigo, caigo, caigo. El fin nunca llega; no hay fondo alguno. No quiero estrellarme contra el suelo, pero a la vez espero que esté ahí. Tiene que estar.

Caigo, y caigo, y caigo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Juguete

Déjame jugar con él, sólo una vez más.
Lo necesito.
No va a pasar nada malo.
Lo necesito.
No encuentro otra solución.
Lo necesito.
El daño colateral es irremediable.
Es mío, me pertenece.
Sólo quiero divertirme, déjame jugar.
Todos los días, siempre.
No creo que se rompa; como sea, no puedo evitarlo.
Lo necesito, siempre.
Tranquilo, lo voy a tratar con cuidado.
O no.
Quizás, mientras no interrumpa la diversión.
Déjame, una, y otra, y otra y otra y otra vez.

Vamos, sigamos jugando… hasta que se rompa.