viernes, 22 de febrero de 2013

El gigante


Gigante, el gigante,
arrastra la soga, la soga
que sostiene tu cabeza, nuestras cabezas.

Chico, el chico,
todavía no le queda la correa;
lo llevamos de la mano.

Juntos, todos juntos,
caminamos, caminamos, caminamos
arrastrados de la luz al oscuro.

Estamos, pero no estamos allí,
donde la verdad es verdadera
donde el sinsentido tiene sentido.

Volar, queremos volar,
pero nos cortaron las alas
y taparon el cielo con su propia imagen.

Acostumbrados, ya desgraciadamente acostumbrados,
a la soga que no es soga sino cadena,
a la prisión invisible que es el mundo.

Guíanos, acarréanos,
en la ascensión de la montaña verde,
haznos desear la cima, pelear por ella.

Gigante, oh majestuoso ser,
sigue, sigue, no frenes ahora,
ignora a aquellos que quedan en el camino.

Llévanos, llévanos,
somos simples sirvientes, mascotas
no opondremos resistencia alguna.

Porque ya lo has logrado,
ya nos has convertido
en nuestro propio enemigo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Recurrencia


Camino por una habitación gigantesca. Un espacio gris, artificial, infinito. Mis pisadas producen un sonido metálico en aquel suelo plateado, fulgurante a la luz etérea que invade el lugar. Lejos, a los lados, alcanzo a ver las paredes infestadas de cables y aparatos electrónicos. Al norte y al sur, en cambio, la sala parece prolongarse indefinidamente. El techo resulta igualmente inasequible para mis ojos, llegándome sólo una fosforescencia blanquecina y antinatural.
Camino a través de la monotonía de aquel interminable pasillo por un tiempo. Minutos, horas, días, no lo sé. No tengo forma de saberlo.
Aparece ante mí un enorme agujero, un abismo sin fondo que ocupa todo el ancho de la habitación. Es un corte brusco y repentino en el camino; demasiado largo para intentar saltarlo e imposible de rodear. Inquieto y confundido deambulo de una pared a la otra, vuelvo sobre mis pasos por el pasillo y me arrepiento inmediatamente, regresando con zancadas nerviosas al borde del precipicio.
Finalmente, en un impulso súbito, abro los brazos y me lanzo.
Siento el aire otrora inmóvil golpeando, fuerte pero gentil, mi rostro y arremolinando mi cabello. Nuevamente, hacia los lados puedo ver las paredes metálicas plagadas de circuitos. El pozo parece ser un pasillo tal como el anterior, solo que en lugar de prolongarse hacia delante, lo hace hacia abajo.

Caigo, caigo, caigo. El fin nunca llega; no hay fondo alguno. No quiero estrellarme contra el suelo, pero a la vez espero que esté ahí. Tiene que estar.

Caigo, y caigo, y caigo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Juguete

Déjame jugar con él, sólo una vez más.
Lo necesito.
No va a pasar nada malo.
Lo necesito.
No encuentro otra solución.
Lo necesito.
El daño colateral es irremediable.
Es mío, me pertenece.
Sólo quiero divertirme, déjame jugar.
Todos los días, siempre.
No creo que se rompa; como sea, no puedo evitarlo.
Lo necesito, siempre.
Tranquilo, lo voy a tratar con cuidado.
O no.
Quizás, mientras no interrumpa la diversión.
Déjame, una, y otra, y otra y otra y otra vez.

Vamos, sigamos jugando… hasta que se rompa.