jueves, 14 de febrero de 2013

Recurrencia


Camino por una habitación gigantesca. Un espacio gris, artificial, infinito. Mis pisadas producen un sonido metálico en aquel suelo plateado, fulgurante a la luz etérea que invade el lugar. Lejos, a los lados, alcanzo a ver las paredes infestadas de cables y aparatos electrónicos. Al norte y al sur, en cambio, la sala parece prolongarse indefinidamente. El techo resulta igualmente inasequible para mis ojos, llegándome sólo una fosforescencia blanquecina y antinatural.
Camino a través de la monotonía de aquel interminable pasillo por un tiempo. Minutos, horas, días, no lo sé. No tengo forma de saberlo.
Aparece ante mí un enorme agujero, un abismo sin fondo que ocupa todo el ancho de la habitación. Es un corte brusco y repentino en el camino; demasiado largo para intentar saltarlo e imposible de rodear. Inquieto y confundido deambulo de una pared a la otra, vuelvo sobre mis pasos por el pasillo y me arrepiento inmediatamente, regresando con zancadas nerviosas al borde del precipicio.
Finalmente, en un impulso súbito, abro los brazos y me lanzo.
Siento el aire otrora inmóvil golpeando, fuerte pero gentil, mi rostro y arremolinando mi cabello. Nuevamente, hacia los lados puedo ver las paredes metálicas plagadas de circuitos. El pozo parece ser un pasillo tal como el anterior, solo que en lugar de prolongarse hacia delante, lo hace hacia abajo.

Caigo, caigo, caigo. El fin nunca llega; no hay fondo alguno. No quiero estrellarme contra el suelo, pero a la vez espero que esté ahí. Tiene que estar.

Caigo, y caigo, y caigo.

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