miércoles, 13 de marzo de 2013

El otro día saqué a pasear a mi perro


No soy una persona activa. Para nada. Mi idea de diversión para los días libres suele ser pasar el tiempo sentado frente a la computadora, tocando la guitarra despatarrado en el sillón, quizás escuchando música o leyendo algo tirado en la cama.
Pero, a la vez, sé que estar ocioso todo el día no me trae ningún bien y acrecienta mis constantes dolores cervicales. Y en verano se hace peor. Por esta razón es que el otro día decidí sacar a pasear a mi perro (sí, ese que tiré a través de la puerta, ¿se acuerdan?).
De cuando en cuando lo llevo, tan escasamente que cada ocasión es una fiesta. Él nota mi actitud y se prepara; en el momento en que ve que traigo puestas mis zapatillas “de paseo” (porque tengo unas particulares que siempre uso para estas situaciones), empieza la fiesta. Salta de aquí para allá, gruñe, llora, se tira al piso. En fin, se desespera a tal punto que tengo que sostenerlo para sujetarle la correa.
Como iba diciendo, el otro día, después del susodicho episodio, salimos. Esperé a que orinara en el árbol que se encuentra en la puerta de mi casa, caminé dos pasos hacia la derecha… y me di cuenta que estaba lloviznando.
Pensé en volver a entrar; quizás debería haberlo hecho. Pero no. Salir de mi casa es embarcarme en una odisea y los preparativos son igualmente proporcionales. Más aún, me gusta la lluvia; es refrescante. Mientras no se convierta en tormenta, claro. Sé que una cosa muy probablemente lleve a la otra; que no es raro unas pequeñas gotas se transformen, en un lapso de pocos minutos, en chaparrón. Medité, consideré, razoné dicha posibilidad, pero terminé desechándola. No deseaba volver, ya estaba afuera, en la aventura. Ahora que lo pienso, creo que lo estaba buscando, concientemente quería que pasara. Claramente, subestimé el poder de la naturaleza.
Caminamos, alejándonos de la casa, cinco, seis, siete cuadras, con la intensidad de la precipitación invariable. Finalmente, ya movido por la casi segura inminencia de tormenta, decidí emprender la vuelta. Apenas habíamos dado dos pasos en dirección al hogar cuando una potente ráfaga de viento nos alcanzó. Mi perro voló un metro por encima del suelo antes de volver a caer; tuve que sostenerlo con fuerza de la correa para que la ventisca no lo llevara consigo. En ese mismo momento, como una cañería que se destapara súbitamente, la lluvia se abatió violentamente sobre nosotros.
Avanzamos lo más rápido que pudimos cortando a fuerza de voluntad las terribles embestidas de aire y agua. Eventualmente llegaríamos, o al menos eso pensaba (me estaba moviendo por intuición ya que la tormenta no me permitía ver más de medio metro hacia delante). Tan concentrado me encontraba en mi lucha con el aguacero que no me percaté de que estábamos cruzando la calle. Un resplandor súbito a mi derecha me hizo voltear y noté dos focos que no podían ser otra cosa más que los faros de un vehículo. Estaba muy cerca, y venía muy rápido. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y mis músculos se tensaron. Por suerte, la adrenalina actúo al instante y mi ser se centró en un solo pensamiento: “¡Correte de ahí! ¡Salta!”. Movido por una renovada energía me lancé hacia avante, contra el torrente de agua, tirando fuerte de la correa.
Vi a mi perro pasar por encima de mi cabeza mientras caía al suelo. El impacto fue peor de lo que esperaba y me hizo soltar el lazo con que llevaba atado al animal. Con la cola entre las patas, sin saber qué hacer, corrió hacia delante, en el sentido en que yo suponía que estaba casa. Desesperado y a pesar del dolor del golpe, me levanté con presteza y lo seguí a paso frenético, ignorando la lluvia. Ni siquiera se me pasó por mi mente que, debido a mi reducido campo visual, podía chocarme con cualquier cosa que estuviera en mi camino. De hecho,  tropecé con lo que creo que era un escalón, casi perdiendo el equilibrio, pero eso no me impidió seguir ni cambió en forma alguna mi avance. Tenía que alcanzarlo.
Repentinamente, el vendaval se hizo más intenso, y me obligó a desacelerar. Un objeto grande y cilíndrico pasó girando a milímetros de mi cabeza. Casi al instante, otro más pequeño, pero algo más lejos. Sentí entonces como si un látigo me golpeara en el hombro. Estaba frotando la zona magullada… cuando me percaté de qué era lo que acababa de pegarme.
Di media vuelta y corrí, empujado por el viento, a una velocidad inimaginable. Al rato, lo alcancé. Mi perro estaba volando varios metros por sobre el nivel del suelo. Demasiado alto. Entonces, una luz cegadora relampagueó a mi costado, seguida por sonido estremecedor del trueno. Y luego, algo más: un ruido de madera quebrándose.
En ese momento, el aguacero dejó de caer sobre mí, pero aún se abatía a mi alrededor. La confusión fue instantáneamente seguida por la reflexión. Comprendí que llovía al frente, a la derecha y a la izquierda, pero no atrás. Al voltearme observé, con terror, que un gigantesco tronco, negro por la falta de luz y luego blanco con la caída de un relámpago, se precipitaba sobre mí. Asustado pero aún rápido, salté hacia atrás. Aquella mole de madera casi me rozó la nariz antes de aterrizar con un estruendo.
Por alguna razón (quizás fuera la adrenalina), mi cuerpo estaba trabajando al máximo. Era ágil, más ágil que nunca, tanto en movimiento como pensamiento. Raudo como una gacela, subí al tronco y corrí todo a lo largo. Una pequeña e improvisada rampa compuesta por una rama gruesa se había formado en el extremo. Desde allí salté.
Con el viento en mi espalda, embolsando mi empapada remera, casi podía volar. Parecía que nunca fuera a caer. La figura escuálida de mi perro se fue haciendo cada vez más nítida. Ya estaba fácilmente a mi alcance, algo a la izquierda. Estiré el brazo y lo atraje hacia mí, estrechándolo contra mi pecho. Estaba temblando frenéticamente. Aterrizamos casi elegantemente, dadas las circunstancias. A pesar de ello, debido a la gran velocidad a la que íbamos, me resultó difícil frenar. Tuve que seguir corriendo por dos o tres cuadras hasta que logré juntar suficiente fuerza para resistir el empuje del vendaval.
En ese momento, me sentí cansado. Muy cansado. No tenía la energía para moverme, sólo un mínimo resto para defenderme contra la tormenta. Con el can aún agarrado fuertemente, casi aplastado contra mi torso, me tiré al suelo. En posición fetal, con los ojos cerrados, temblando casi tanto como el animal, me dispuse a esperar. Esperar a que todo terminara.

Y entonces terminó. Súbitamente, el agua dejó de caer, la ventisca amainó hasta convertirse en una leve brisa. Me atreví entonces a levantar la cabeza y mirar. La potente luz del sol me hizo desviar la vista. Finalmente, mis ojos ya acostumbrados, miré a mi alrededor. Para mi sorpresa, estaba cerca de casa. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Miré a mi perro. Se notaba que estaba alterado, aún temblando, y tan mojado que parecía sólo piel y hueso. Lo que había cambiado era su cola: ya no la tenía entre las piernas sino un poco levantada. Sentado en la vereda, con los pies metidos en la pileta en que se había convertido la calle, lo acaricié en la cabeza para calmarlo.
Esperé unos minutos antes de levantarme, mientras disfrutaba del calor del sol y recuperaba fuerzas. Tomé la correa y volvimos a casa a paso ligero. Para cuando llegamos, unas pequeñas gotas de sudor aparecían mi frente, y mi ropa no estaba ya mojada sino húmeda.
Abrí la puerta y entré.
  —      ¿Cómo fue el paseo? — me preguntaron mientras desataba la correa.
  —      Bien, bien — respondí —. Bastante ejercicio por hoy —agregué mientras me sentaba frente a la computadora.

Ejecuté el emulador de PlayStation 2 e inicié el juego. Kingdom Hearts. Parece que es un clásico y yo nunca lo había jugado.