Otea
el horizonte. Praderas y colinas, montañas y valles, bañados por la
gentil luz del sol. Observa ese mar verde con los ojos llorosos. Por
alguna razón, las lágrimas no nublan su vista; por el contrario, la
mejoran. Puede ver con total nitidez los colores, las texturas, aquel
paraíso a sus pies. Los ríos fluyen por los valles para terminar en
magnificas cascadas de un azul zafiro que arroja destellos de
luminosidad. Por encima de las nubes están los picos nevados de la
cordillera, que parecen sollozar también, debido al fuerte calor. Es
hermoso, pero a la vez inquietante. Inmaculado, el terreno que tiene
frente a él está desierto. De cuando en cuando, cree ver sombras
que caminan por allí, aunque quizás sea sólo su imaginación.
Durante la mayor parte del tiempo, el único movimiento que llega a
vislumbrar es el leve bamboleo de los árboles con el viento.
Y
más allá, la tormenta. Un pequeño punto en la lejanía, casi
invisible. Pero él puede ver. Puede ver la tempestad que se desata
allí. Más aún, nota que se acerca. Poco a poco, imperceptible al
ojo pasajero. Avanza, lento, muy lento, corroyendo la tierra,
deshaciéndola. Así, va dejando al descubierto aquello que estuviera
una vez oculto.
El
hombre pasa mucho tiempo mirando, con ojos atentos, aquella escena.
Centímetro a centímetro, la lluvia se avecina, revelando el terreno
a su paso. El paisaje cambia abruptamente allí donde el agua ha
limpiado la belleza. Porque debajo de la tierra hay una superficie
negra, donde la luz no es más que penumbra. Allí vuelve a ver las
sombras. Pero esta vez no desparecen, sólo caminan de aquí para
allá, como ocupados en alguna tarea indescifrable. Las hay de
distintos tipos o, más bien, de distintas tonalidades. Algunas son
gris claro, generalmente de pequeño tamaño. El contraste con el
suelo es notable y son, por ello, las que más fácilmente puede
distinguir. A partir de estas, las hay más y más oscuras. El hombre
infiere, para sí mismo, que debe haber ciertas sombras tan opacas
como el mismo suelo, invisibles aún para él.
Más
y más tiempo pasa, más y más avanza la tormenta. Hasta que un día,
el hombre cae en la cuenta de que está peligrosamente cerca.
Comienza a pensar qué debe hacer, lo que lo lleva a la preguntarse
qué quiere hacer. ¿Quiere arriesgarse a enfrentar la lluvia, o
escapar? Repara en que, a pesar de todo lo que ha observado, no sabe
con seguridad si el fenómeno es dañino para él. Considerando que
ha logrado prácticamente desintegrar la tierra, se ve inclinado a
pensar que, de hecho, lo es. Aún así, decide seguir mirando, en
espera de algún descubrimiento revelador que ayude en su decisión.
Pero
no encuentra nada útil. La única novedad resulta en su
descubrimiento de que, en general, las sombras se van apagando con el
tiempo. Nota que, varias veces, luego de seguir a uno de aquellos
seres (ha decidido llamarlos “seres” por el hecho de que parecen
tener algún tipo de conciencia que determina sus acciones) por un
determinado período de tiempo, se le va haciendo progresivamente más
difícil distinguirlo, hasta que ya no está allí. Es decir, llega
un punto en que se oscurecen tanto que se vuelven negras.
Ya
no hay tiempo. El hombre mira con desesperación. Quizás, si observa
un poco más, quizás hay algo que pasó por alto. Quiere creerlo,
que aún puede mirar. Pero no, ya no. Por primera vez, voltea la
vista. Para su sorpresa y terror, la tormenta está por todas partes.
Está completamente rodeado por el aguacero. No tiene adonde ir…
más que hacia abajo. Abajo, a la “ciudad de las sombras”, como
él mismo ha llegado a denominar el lugar. ¿Qué otra opción tiene?
La lluvia va a matarlo. Aunque podría decir lo mismo de la “ciudad
de las sombras”.
Empieza
a cavar. Lo hace sorprendentemente rápido; aunque, a decir verdad,
el piso es mucho menos profundo de lo que él había anticipado.
Además, termina de forma abrupta, y en el vacío. El suelo llega
como una sorpresa, tan negro como el hoyo en que estaba metido. En la
penumbra, su visión está muy limitada. Levanta el brazo frente a su
cara, pero no puede verlo, es tan sólo una sombra en aquella
negrura.
Finalmente,
sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Nuevamente, se mira las
manos. Esta vez, puede distinguirlas con relativa claridad. A su
alrededor, los edificios. Oye los murmullos de la gente al pasar, los
autos y sus bocinas. Huele el humo en el aire, lo que le provoca un
ataque de tos. Entonces, suena la alarma de su reloj. Va a llegar
tarde. Insulta para sus adentros y apura el paso.
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