lunes, 27 de mayo de 2013

La tormenta


Otea el horizonte. Praderas y colinas, montañas y valles, bañados por la gentil luz del sol. Observa ese mar verde con los ojos llorosos. Por alguna razón, las lágrimas no nublan su vista; por el contrario, la mejoran. Puede ver con total nitidez los colores, las texturas, aquel paraíso a sus pies. Los ríos fluyen por los valles para terminar en magnificas cascadas de un azul zafiro que arroja destellos de luminosidad. Por encima de las nubes están los picos nevados de la cordillera, que parecen sollozar también, debido al fuerte calor. Es hermoso, pero a la vez inquietante. Inmaculado, el terreno que tiene frente a él está desierto. De cuando en cuando, cree ver sombras que caminan por allí, aunque quizás sea sólo su imaginación. Durante la mayor parte del tiempo, el único movimiento que llega a vislumbrar es el leve bamboleo de los árboles con el viento.

Y más allá, la tormenta. Un pequeño punto en la lejanía, casi invisible. Pero él puede ver. Puede ver la tempestad que se desata allí. Más aún, nota que se acerca. Poco a poco, imperceptible al ojo pasajero. Avanza, lento, muy lento, corroyendo la tierra, deshaciéndola. Así, va dejando al descubierto aquello que estuviera una vez oculto.

El hombre pasa mucho tiempo mirando, con ojos atentos, aquella escena. Centímetro a centímetro, la lluvia se avecina, revelando el terreno a su paso. El paisaje cambia abruptamente allí donde el agua ha limpiado la belleza. Porque debajo de la tierra hay una superficie negra, donde la luz no es más que penumbra. Allí vuelve a ver las sombras. Pero esta vez no desparecen, sólo caminan de aquí para allá, como ocupados en alguna tarea indescifrable. Las hay de distintos tipos o, más bien, de distintas tonalidades. Algunas son gris claro, generalmente de pequeño tamaño. El contraste con el suelo es notable y son, por ello, las que más fácilmente puede distinguir. A partir de estas, las hay más y más oscuras. El hombre infiere, para sí mismo, que debe haber ciertas sombras tan opacas como el mismo suelo, invisibles aún para él.

Más y más tiempo pasa, más y más avanza la tormenta. Hasta que un día, el hombre cae en la cuenta de que está peligrosamente cerca. Comienza a pensar qué debe hacer, lo que lo lleva a la preguntarse qué quiere hacer. ¿Quiere arriesgarse a enfrentar la lluvia, o escapar? Repara en que, a pesar de todo lo que ha observado, no sabe con seguridad si el fenómeno es dañino para él. Considerando que ha logrado prácticamente desintegrar la tierra, se ve inclinado a pensar que, de hecho, lo es. Aún así, decide seguir mirando, en espera de algún descubrimiento revelador que ayude en su decisión.
Pero no encuentra nada útil. La única novedad resulta en su descubrimiento de que, en general, las sombras se van apagando con el tiempo. Nota que, varias veces, luego de seguir a uno de aquellos seres (ha decidido llamarlos “seres” por el hecho de que parecen tener algún tipo de conciencia que determina sus acciones) por un determinado período de tiempo, se le va haciendo progresivamente más difícil distinguirlo, hasta que ya no está allí. Es decir, llega un punto en que se oscurecen tanto que se vuelven negras.

Ya no hay tiempo. El hombre mira con desesperación. Quizás, si observa un poco más, quizás hay algo que pasó por alto. Quiere creerlo, que aún puede mirar. Pero no, ya no. Por primera vez, voltea la vista. Para su sorpresa y terror, la tormenta está por todas partes. Está completamente rodeado por el aguacero. No tiene adonde ir… más que hacia abajo. Abajo, a la “ciudad de las sombras”, como él mismo ha llegado a denominar el lugar. ¿Qué otra opción tiene? La lluvia va a matarlo. Aunque podría decir lo mismo de la “ciudad de las sombras”.
Empieza a cavar. Lo hace sorprendentemente rápido; aunque, a decir verdad, el piso es mucho menos profundo de lo que él había anticipado. Además, termina de forma abrupta, y en el vacío. El suelo llega como una sorpresa, tan negro como el hoyo en que estaba metido. En la penumbra, su visión está muy limitada. Levanta el brazo frente a su cara, pero no puede verlo, es tan sólo una sombra en aquella negrura.
Finalmente, sus ojos se acostumbran a la oscuridad. Nuevamente, se mira las manos. Esta vez, puede distinguirlas con relativa claridad. A su alrededor, los edificios. Oye los murmullos de la gente al pasar, los autos y sus bocinas. Huele el humo en el aire, lo que le provoca un ataque de tos. Entonces, suena la alarma de su reloj. Va a llegar tarde. Insulta para sus adentros y apura el paso.

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