Escuchaba. Voces alegres,
risas, alguien que cantaba a lo lejos, pasos alrededor.
Por momentos gentil y por momentos firme, sentía el roce de personas,
entidades, que zumbaban en torno a él.
El olor era penetrante pero indistinguible.
Vibraciones. Era ruido y era
música, para aquel que supiera oírla.
“¿Y por qué? ¿Cuál es el punto?”, se preguntaba. Pero tenía que estar
allí, quería estar allí, quería comprender.
Repentinamente, una melodía, una voz suave que susurraba al oído. Un dulce
aroma y una confusa caricia.
Fugaz incertidumbre.
Estiró el brazo para tocarla, su piel como la seda.
Con una sonrisa soñadora, abrió los ojos. No vio más que el silencio.
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