I.
Reposé en lecho de agujas
varias veces sin sangrar;
Sofocado en piel de acero,
soñé poros, soñé sal;
me arranqué el pellejo a trozos,
desperté creyendo amar,
trepané este cuerpo yerto:
nada había, nada hay.
II.
Sorprendíame una mañana,
naufragando mi colchón;
en lo vasto del océano,
no había nadie más que yo;
sordociego y sordomudo,
fantaseé oler la voz
que llamaba nombres todos,
de ¡auxilio, por favor!
III.
En la brisa llegan clavos,
que vehemente requerí,
en las palmas de mis manos,
en el cuerpo los sufrí;
un dolor tal vez lejano,
que al momento comprendí
un tanto decepcionado:
ese no era para mí.
IV.
Uno a uno por la noche,
dedos de uñas despojé;
precisión de cirujano,
ni una sola vez clamé
por la pérdida tan tibia,
que en ensueños proyecté
de agonías fervorosas,
de salvaje tentempié.
V.
De onírica procedencia,
imperioso el mío dios;
suyo el placer que quiero,
catártico su dolor;
suyo ese querer que quiero,
suyo ese latente amor,
mía la tan sólo vida,
mía la triste canción.
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