martes, 22 de febrero de 2011

Déjenme solo


Si sos algo como yo (y me atrevería a decir también que como una gran cantidad de gente), sabes que es menester disponer de un momento de soledad de vez en cuando. Es una necesidad que se manifiesta de forma periódica.

Es sano estar al menos dos horas del día solo. Sin sentir la presencia, el parloteo de algún acompañante. Hay cierta paz en la atmósfera, se logra una especie de conexión con uno mismo y, de alguna manera, una completa libertad.

Me molesta encontrarme en medio de una multitud, tener que empujar a la gente para caminar. Me molesta tener a alguien al lado que esta haciendo ruido todo el tiempo cuando quiero estar tranquilo. Pero claro, todo depende, en cierto modo, del momento y de cómo encare la situación. Si sé que tengo que ir a un lugar lleno de gente y ruidoso (si es no puedo evitarlo), intento mentalizarme para la ocasión. Necesito prepararme psicológicamente.

Al escribir eso último se me pasó por la cabeza una pregunta, que tardé una fracción de segundo en responder. ¿Qué ocurriría si a alguien se le ocurre hacerme una fiesta sorpresa? La verdad, me molestaría mucho, considerando como una “fiesta” una reunión de más de una docena de personas. Y aunque seguramente la gente que ya me conoce lo sabe, voy a decirles algo. Nunca, NUNCA me hagan una fiesta sorpresa. Sepan que si lo hacen, posiblemente me caguen el cumpleaños. Están advertidos.

He expresado ya ciertas cosas que me molestan y por las cuales me gusta estar solo. Creo que con esto tiene que ver el hecho de que me guste la noche. La solemnidad, la tranquilidad, el silencio de la oscuridad. El momento en que todos duermen. Es cuando encuentro ese tiempo para estar en contacto conmigo mismo.

Por supuesto no estoy hablando de salir a caminar solo por al calle en el medio de la noche, ya que en la actualidad corrés el riesgo de quedar desnudo antes de llegar a mitad de cuadra. Pero me refiero a que al anochecer hay una cierta disminución en la actividad de la sociedad en general. En la calle así como en mi casa. Y aclaro, digo cierta porque no es completa.

Son pocas las veces en que puedo estar en completa soledad. Además, en la mayoría de las ocasiones esto no es completamente cierto. Estoy con mi perro (del cual les conté hace algunos días). Esos son los momentos en que comprendo el verdadero significado de la frase: “El perro es el mejor amigo del hombre”. Te acompaña en silencio (salvo cuando se pone a ladrar). Pero no es ese silencio incómodo que se produce cuando estás con otra/s persona/s. Es una especie de acuerdo implícito. Bueno, sumado al hecho de que el perro no puede hablar, por supuesto.

¿Se imaginan lo que sería si los perros hablaran? Perderían completamente su gracia. Algo así como los bebés. Son lindos hasta que empiezan a gritar (y ni hablar cuando aprenden a articular palabras). Imaginate (en caso de que tengas perro), que viene tu can y te dice: "Che, boludo/a, ¿me sacás al patio (o en su defecto a la calle)? Me estoy cagando". Claro que este sería el caso de un macho. Supongo que las hembras serían más refinadas.


Volviendo al tema central del texto, alguien (no recuerdo quién) me dijo alguna vez: “Mejor estar al pedo acompañado que solo”.  Estoy completamente en desacuerdo. “Estar al pedo” solo es mucho más satisfactorio, y hasta más productivo. Te permite muchas veces pensar y reflexionar sobre ciertas cosas. Además, estar con otra persona sin hacer nada genera una situación algo incómoda. Porque es parte de la naturaleza humana sentir reticencia a encontrarse en una habitación con alguien más sin iniciar una conversación (aunque no quiera) u ocuparse con alguna actividad.

Es importante aclarar que no escribo este artículo como un antisocial, sino como una persona que disfruta pasando cierto tiempo a solas. Por supuesto, es bueno salir, organizar reuniones con amigos, etc.
Pero insisto en que también es sano pasar cierto tiempo en soledad, ya que tu vida, más allá de toda la ayuda que puedas tener (de familia, amigos, etc.), depende únicamente de vos. Empezando por aprender a entretenerte, divertirte por vos mismo. Aprender a escucharte y a no depender de otras personas para llenar tu tiempo.

Sinceramente creo que si en todo momento necesitás a otras personas cerca para no aburrirte es porque tenés una imaginación muy pobre y una personalidad frágil. La felicidad es algo que se debe intentar alcanzar (nunca podrá llegar pero lo importante es acercarse lo más posible) por uno mismo, no esperar a que otros te la proporcionen. Porque nadie va estar con vos todo el tiempo, y nadie te conoce más que vos mismo.

Si bien esto se sale un poco del tema, voy a darle un consejo a aquella gente que se sienta identificada con lo expresado en este artículo. Son libres de hacer o de no hacer. Si los invitan a alguna reunión o fiesta y ustedes no tienen ganas de ir, simplemente no vayan. No importa lo que digan los demás. Si saben que la van a pasar mal, ¿para qué asistir? ¿Para no quedarse afuera del grupo? Me cago en el grupo. Si no los aceptan como son, simplemente mándenlos a la mierda. Siempre se van a encontrar con personas con quienes realmente tengan cosas en común y así formaran su propio grupo con gente a la que podrán llamar amigos.


En conclusión, yo, como toda persona, tengo mis momentos. Algunas veces quiero estar solo, otras no me viene mal la compañía. Ciertamente me divierto en esas reuniones en que me junto con amigos a viciar*. La forma de expresar lo que quiero decir sería: Si estuviera todo el tiempo solo no sería bueno y hasta me terminaría sintiendo mal, al igual que si estuviera todo el tiempo acompañado (creo que si tuviera un hermano siamés me suicidaría). Necesito tener la dosis justa de cada uno para mantener la cordura.

Así que ahora, por favor, déjenme solo.

*viciar: utilizar ciertos aparatos eléctricos como consolas de videojuegos o computadoras, con una conducta que raya la adicción, para actividades de entretenimiento





[Favor de insertar sus opiniones, objeciones e insultos en la caja de comentarios]

sábado, 19 de febrero de 2011

Historias de una noche oscura: El departamento maldito

19:00 a 20:55 hs.

El vuelo había trascurrido sin mayores imprevistos. Más allá de las cinco largas horas de retraso que el avión había tenido, el viaje había sido tranquilo. 

Mientras había estado esperando en el aeropuerto, Ana María se había sentido ansiosa, aunque, por otra parte, no quería que el aeroplano llegara. Siempre le había tenido miedo a volar, pero nunca había podido encontrar la razón. Posiblemente fuera algún hecho significativo de su infancia que la había marcado. Aunque no recordaba nada en particular.

De todas formas, ella misma había decidido mudarse. A pesar de su mayoría de edad, y de haber comenzado a cursar el profesorado de Historia en su país, había tomado la decisión de seguir a su familia, trasladándose con ellos a Buenos Aires. Aunque no viviría con ellos. Como la casa que habían conseguido era muy pequeña para los cuatro, sus padres se quedarían allí junto con su hermano menor, mientras que ella se establecería en un departamento en los suburbios, propiedad de un amigo de la familia.

Acaban de aterrizar en Ezeiza. Ana sentía que comenzaba una nueva etapa de su vida. Había estado inquieta en el avión, preguntándose cómo se adaptaría al nuevo entorno, si extrañaría su viejo hogar, si podría graduarse y conseguir un empleo. No podía dejar de especular mientras escudriñaba esta tierra desconocida.

Bajaron de la aeronave e hicieron todos los trámites necesarios para ingresar al Estado. La joven se sentía agotada. Se había levantado en Venezuela hacía más de trece horas; había esperado más de cinco a que llegara el avión, y había estado despierta durante el vuelo de siete. No estaba de humor para nada más y sólo quería arribar a su nueva vivienda lo antes posible.

Ángel, el dueño del departamento que Ana desde ese momento pasaría a llamar hogar, los esperaba en la entrada del aeropuerto. Se subieron a su 4x4 y emprendieron camino.

Cuando llegaron a la casa de sus padres, la joven dormitaba en el asiento trasero. Se obligó a espabilarse para despedirlos. No se sentía en condiciones de pararse aún, así que los saludó desde el auto. Ya podría visitarlos y conocer la casa en otro momento.

Prosiguieron camino, ahora hacia departamento. Entonces Ana se dio cuenta de que en algún punto tendría que levantarse y llevar su equipaje hasta su nueva morada. Así que para mantenerse despierta, decidió entablar conversación con Ángel.

Si bien él había sido el mejor amigo de su padre desde que se había conocido, la verdad era que realmente no sabía mucho de él. Rara vez los había visitado cuando vivían en Venezuela, y no lo habían vuelto a ver desde hacía unos diez meses, cuando se había mudado a Argentina, pero sabía que su padre se mantenía en contacto con él.

Según le habían contado, se habían conocido en la universidad. Ambos cursaban la carrera de medicina. Casualmente, les había tocado trabajar en grupo para varias tareas. Fue así como se dieron cuenta de lo mucho que tenía en común, y de lo bien que se complementaban. Ángel era una mente brillante, mientras que el padre de Ana era un hombre emprendedor. El primero tenía la idea y el segundo se ocupaba de hacerla realidad.

No era ninguna sorpresa que Ángel hubiera logrado establecerse tan rápido. Gracias a su respetable currículum y a su gran inteligencia, había logrado conseguir un trabajo como jefe de oncología en un importante hospital de la zona.

—    ¿Crees que pueda establecerme bien el país? —le preguntó Ana.
—    Por supuesto que sí —replicó el hombre—. Tu padre me ha contado que eres una chica inteligente y muy capaz. Estoy seguro podrás terminar tus estudios más que bien y conseguirás un empleo rápidamente.
—    Me haces sentir mejor. Sinceramente, estoy algo nerviosa por todo este cambio.
—    Cualquiera se siente asustado por el cambio. Estarás bien.
—    Eso espero. —dijo la joven, e inquirió: — ¿Cómo es el departamento?
—    Es espacioso, pero creo que vas a tener que hacer algo de limpieza y arreglos, ya que el mantenimiento del edificio no es bueno y yo no voy allí hace más de un mes.
—    ¿Pero por qué compraste esa vivienda? — quiso saber Ana— ¿No viviste siempre en esa casa que tienes en el centro?
—    Sí, desde que llegué al país vivo en esa casa. — explicó Ángel—. El departamento fue una especie de inversión. Lo adquirí hace cuatro meses, pero hasta ahora no ha traído ninguna ganancia. Nadie quiere alquilarlo. Mucha gente hoy día le tiene miedo.
—    Me estás asustando a mí. ¿Qué es lo que tiene de malo?
—    No te preocupes, no es nada. Hay gente que cree que la residencia está embrujada.
—    ¿Por qué?
—    Hace aproximadamente cinco meses, ocurrió en el lugar una tragedia. Al parecer una joven murió de forma misteriosa. Según los periódicos, la chica fue encontrada sin vida en el sofá, frente al televisor encendido. Se dictaminó que la causa de fallecimiento fue una sobredosis de fármacos, particularmente unas pastillas alucinógenas iguales a las que se encontraron en la mesita ubicada frente a ella. Pero lo que generó dudas fue, por un lado, el historial de la chica: cursaba una carrera de algo relacionado a la computación, era la mejor de su clase, y no había consumido nunca ningún tipo de drogas según testimonios de familiares y amigos. Y, por el otro, el curioso hecho de que la chica estaba cocinando la cena en ese momento. Estos dos datos cuestionaban la teoría de un suicidio, aunque la policía, luego de una investigación infructuosa, determinó que la chica debía ser secretamente adicta a los narcóticos y que ese día no había podido controlarse, lo que la había llevado a la muerte.
—    ¡Eso es terrible!
—    Claro que lo es, pero no hay razones lógicas para creer que algo así pueda sucederle a cualquiera que viva allí.
—    Me has asustado de verdad. No sé si quiero quedarme en ese lugar.
—    Vamos, no te pasará nada. Créeme. —la calmó el médico— Puedo quedarme por esta noche contigo si quieres. Dormiré en el sofá.
—    Eso me haría sentir más tranquila. Te lo agradecería mucho.
—    Siendo tu padre mi mejor amigo, creo que es lo menos que puedo hacer— le dijo sonriendo—. Pero ya verás que son puras supersticiones.

Para cuando llegaron al edificio, ya había anochecido, y estaba lloviendo. Estacionaron en una esquina en la vereda de enfrente de lugar. Entre los dos bajaron más de la mitad del equipaje y subieron. Por más que habían intentado, llevar todo el equipaje en una sola subida hubiera sido demasiada carga. Subieron por el ascensor hasta el noveno piso mientras Ángel le contaba sobre la particularidad del edificio (la falta de escaleras). Eso preocupó un poco a Ana, pero ella no hizo ningún comentario al respecto. Estaba demasiado ensimismada pensando en aquella joven que había muerto en el apartamento en que ahora iba a vivir.

La vivienda era como le habían dicho: espaciosa (con cocina, baño, habitación y un living-comedor), pero falta de mantenimiento e higiene. La joven se convenció de que con algo de limpieza el lugar sería acogedor.

Ángel le dijo que inspeccionara la residencia mientras él se ocupaba de las maletas que había quedado en la camioneta. Dejó el departamento antes de que ella pudiera responder. A decir verdad, la joven se sentía asustada por lo que le había contado. Temía que hubiera algún asesino en la habitación, o que algún demonio se escondiera en alguna parte. Nunca se había dado cuenta de que era tan supersticiosa. Tenía miedo. Se tomaba su tiempo para abrir cada puerta, casi esperando que algo saliera de adentro.

En eso estaba cuando, de repente, las luces se desvanecieron. El lugar quedó completamente a oscuras. Presa de un inexplicable terror, Ana gritó.

sábado, 12 de febrero de 2011

El otro día me enojé con mi perro

Mi perro es un enano meador (es decir, que hace pis) y manipulador. Digo esto porque, al menos dos veces a la semana, encuentro la colcha de mi cama mojada, lo cual es bastante molesto. Me hace sentir sucio. Es como si estuviera durmiendo con orina sobre mí. Y lo peor es que a veces pasan días hasta que me doy cuenta, lo que implica que he dormido con la cubrecama marcado por varias noches.

No es fácil reprocharle lo que ha hecho. Primero, porque siempre comete su fechoría cuando nadie lo está viendo (en general mientras todos están durmiendo). El perro no tiene memoria como las personas y por esto es infructuoso retarlo horas después. Hay que agarrarlo con las manos en la masa. De otra forma, no entiende lo que está pasando.

Segundo, tiene una capacidad de manipular a las personas mediante la lástima. Incluso si se lo encuentra in fraganti, es difícil reprenderlo satisfactoriamente. Cuando me dispongo a hacerlo, él mete la cola entre las patas y gira lentamente, quedando finalmente tirado sobre su espalda. Y al mismo tiempo, te observa con cara de perrito bueno; la mirada del gato con botas de Shrek.

Esto, increíblemente, y a pesar de que yo soy una persona que no se deja llevar por sentimentalismos baratos, logra hacer desaparecer cualquier vestigio de enojo que pudiera tener. Sin la base emocional, el regaño pierde verosimilitud. Yo no me lo creo. Puedo ver que el perro no se lo cree tampoco. Es como una publicidad de Sprayette.

Es un hijo de puta. No se lo puede retar. Lo repruebo por algo que hizo y en menos de cinco minutos se me acerca y yo lo acaricio. Es inevitable. Siempre se sale con la suya.

Antes de tenerlo (a mi perro), yo pensaba que esto era propio de gatos. No sé por qué pero me da esa sensación de que los gatos son más manipuladores. Psicópatas sin escrúpulos que buscan controlar a sus dueños, y quizás también a otras personas, para obtener beneficios ellos. 

Creo que tiene algo de cierto esto. Mi perro es algo gatuno. Se sube al sillón, a veces a las mesas. Posiblemente algún antepasado suyo habrá violado, o sido violado por algún gato/a. Hay genes felinos en su ADN. Tiene estos defectos (o habilidades), por herencia. Pero creo que el hecho de que pueda zafarse en parte de los castigos, también tiene que ver con que no ha hecho algo tan malo (al menos para mí). Esto lo comprobé hace poco.

El otro día, cuando me levanté, me percate de algo horroroso. Mi guitarra estaba tirada en el suelo, sobre un charco de líquido. Apenas me acerqué pude olerlo. El hedor que revelaba al culpable. Se había pasado de la raya. De lo perdonable. Meterse con mi guitarra es meterse conmigo. Si le haces algo a mi guitarra, yo lo siento. Siento su dolor, su gemido quejumbroso.

Mi perro me miró asustado cuando grité su nombre, y se puso en su posición para zafarse del reto (la ya descrita anteriormente). Pero no pudo suavizar mi enojo. Impulsado por una ira bestial, embestí al pequeño peludo y lo arrojé contra la puerta, destrozándola. El animal salió volando hasta la vereda de enfrente, casi pegándole a una mujer con un bebé, que pasaba por allí. Recuerdo la cara de la mujer horrorizada al verme salir de la casa, gritando como loca y preguntándome cuál era mi problema. El bebé, en su carrito, empezó a llorar.

Cuando me acerqué a buscar a mi mascota, la mujer se interpuso en mi camino. Seguía chillando e insultándome. Su bebé parecía imitarla. Mis sentidos no podían soportarlo. Dominado por una violenta furia, agarré el carrito y lo lancé con fuerza hacia ella. Ambos salieron disparados hacia la casa que se encontraba delante de mí, destrozando el techo y cayendo dentro.

Entonces salió de la casa una gorda que comenzó a conferirme maldiciones a los gritos: que estaba loco, que cómo se me ocurría tirar gente contra su casa, que no tenía derecho. No pude evitarlo, no pude controlar ese instinto animal. Colérico, me quité una ojota del pie y la lancé como si fuera un shuriken (estrella ninja), rebanándole la cabeza. Ahora me arrepiento de haber hecho eso: la ojota era blanca y ahora parece rosa.

En ese momento, llegaron unas cinco personas, atraídas por el griterío. Decididos a frenarme, se dispusieron a mi alrededor en forma de círculo. A uno le empezó a sonar el celular, tenía un tema de reggaeton como ringtone. Eso avivó mi furor. Así que comencé a girar, con los brazos extendidos, a tal velocidad que cree un mini tornado que mandó a todos a volar.

Logré de esa forma, y finalmente, descargar mi ira. Fui a buscar a mi perro, que no se había movido en todo ese tiempo, y volví a mi casa.

Me senté a ver tele con él al lado, acariciándolo. Y recién entonces me percaté. El muy hijo de puta se había salido con la suya de nuevo.

martes, 8 de febrero de 2011

Historias de una noche oscura: El suicida

20:30 a 20:55 hs.

Mientras caminaba apesadumbrado hacia su departamento, Ricardo no podía dejar de pensar en lo sucedido aquel fatídico día. La culpa lo atormentaba, y él sabía que sería para siempre.

Al mediodía, él, con su familia, había ido al cumpleaños de su suegro. Al llegar, lo había saludado y felicitado cordialmente. Pero la realidad era que se llevaban muy mal. Siendo dos individuos de personalidad fuerte, había entrado varias veces en discusiones que iban subiendo de tono hasta que llegaban a insultarse a los gritos. “Qué viejo irritante. Creo que en algún sentido, él tiene la culpa de todo.”, pensó. Pero en el fondo él sabía que no era cierto. Debía asumir su propia culpa; toda la culpa.

No se habían visto con el anciano en un año. Desde su cumpleaños número sesenta y siete. Ricardo había insistido en que no quería ir al sesenta y ocho. Sabía que siempre que se veían se generaba un motivo de discusión. Quizás pensaba que no era lo suficientemente bueno para su hija, quizás lo estaba probando. O cabía también la posibilidad de que simplemente lo odiara.

En los cinco años que había estado casado con Mariana, el viejo no había hecho más que criticarlo y reprocharle a su hija por haber contraído matrimonio con él. Aprovechaba cada oportunidad para expresarlo. Y todo había empeorado cuando ella había dado a luz a Facundo. Las recriminaciones hacia la mujer se había multiplicado: “¿Qué le viste a este hombre que te llevó hasta el punto de tener un hijo con él?”, o “Esperemos que los genes del padre no hayan arruinado al niño”, y otras frases por el estilo.

Siempre que debía encontrarse con su suegro, Ricardo estaba nervioso. Aún más en esta ocasión, ya que no se habían visto en un plazo de doce meses exactos.

Su error fue haber descargado su stress en la bebida. Recapitulando, no podía recordar un momento en que no hubiera estado con una copa de vino en la mano. No era alcohólico, es más, casi nunca tomaba, pero esa tarde había consumido cerca de tres botellas de vino (de litro y medio).

“¿Por qué tuve que ponerme al volante?”. A la hora de irse, Ricardo había salido disparado a buscar el auto. Quería abandonar ese lugar lo antes posible. Así que acercó el vehículo hasta la puerta de la casa del anciano y su esposa e hijo se subieron rápidamente. Se encontraban lejos de la ciudad, así que el hombre aceleró. Sólo quería llegar a su hogar. Estaba irritado, y le dolía la cabeza. Mariana, viéndolo, y sabiendo que había bebido de más, se ofreció a conducir, pero el hombre, violentamente, se negó, argumentando que a la velocidad que ella manejaba, llegarían en un mes. Entonces ella, indignada y algo asustada por la respuesta de su marido, se quedó callada mirando por la ventanilla.

“¿Por qué?”. No podía entender como había sido tan desconsiderado. Se había empezado a sentir mareado mientras conducía. Le había empezado a costar trabajo concentrarse, y hasta mantener los ojos abiertos. En ese punto no recordaba nada más. Creía haberse desmayado.

Cuando despertó, vio su auto volcado al costado de la carretera. Todavía estaba mareado. Alguien lo estaba arrastrando lejos del lugar del accidente. Entones, su vehículo voló en pedazos. En ese instante, lo azotó una preocupación y un terror repentino. Le preguntó a quien lo arrastraba por su familia, pero perdió el conocimiento antes de recibir respuesta.

“¿Por qué?”. La pregunta lo atormentaba.

Luego del accidente, había despertado en lo que parecía una habitación de hospital. Al lado de la cama estaba una enfermera. Él, desesperado, le había preguntado por su familia. Pero la mujer, extrañamente, no le había respondido, aunque Ricardo había podido notar una expresión de lástima en su rostro cuando lo había mirado. No había tenido más remedio que asumir lo peor. Asustado, le había gritado para que le respondiera, lanzando insultos hacia ella y el hospital. Finalmente, la enfermera, luego de haberlo consultado con el médico que lo estaba tratando, se lo había dicho.

“¿Por qué fui tan estúpido?”. Todo por su culpa. Sus manos estaban manchadas con su sangre. Su esposa… su hijo… y él había salido con sólo algunas heridas no muy serias.

Había escapado del hospital. No merecía ser atendido. “¿Por qué no morí yo? ¿Por qué ellos?”. No merecía vivir. No quería vivir. No después de lo que había hecho.

Ahora caminaba hacia su departamento en lo suburbios. Tenía una idea clara en su mente. Suicidio. La única salida a su tormento. Su vida había terminado ese día, con el accidente. Todo lo demás era un preludio para su muerte. Como un espíritu que vagaba por la Tierra en busca de redención. Redención que encontraría cuando pusiera punto final a su desgraciada existencia.

Se dirigía lentamente hacia su hogar. Hogar… de muerte y tormento. Todo debía terminar allí. Se encontraba ocupado meditando la forma más propicia de morir. No tenía arma, no tenía ningún veneno (ni tampoco sabía prepararlo). Concluyó en que lo más sencillo sería saltar del edificio. Vivía en el noveno piso (el penúltimo), así que la caída seguramente lo mataría.

Cuando llegó a la puerta del edificio, miró instintivamente su reloj de pulsera. 20:46. Pero el tiempo ya no le importaba. Se terminaría para él.
Ingresó al edificio, y subió por el ascensor hasta el noveno piso. Abrió lenta y pesadamente la puerta del departamento. Todo estaba como lo habían dejado. Como si nada hubiera pasado. Como si la vida no pudiera destruirse en unas horas.
Se quedó mirando las fotos en las repisas, recordando una vida pasada, una felicidad desvanecida. El instinto lo llevó a mirar nuevamente su reloj. Eran las 20:50.

Salió al balcón. Sintió una leve brisa en la cara. Pero no una brisa refrescante, sino un aire caliente que lo golpeó en la frente. Miró hacia afuera. Estaba oscuro. Las luces de la calle penosamente lograban combatir con la negrura de la noche. Mejor. Nadie notaría su desdichado cuerpo hasta el amanecer.

Otra vez desvió su vista hacia su reloj. Las 20:55. Empezó a tomar coraje para saltar.
Pero, en ese instante, se escuchó un gran estruendo en la calle, como un choque. Sintió una pequeña vibración en el suelo. Y de repente las luces se desvanecieron. Se cernió sobre él una completa oscuridad.

domingo, 6 de febrero de 2011

Historias de una noche oscura: Introducción

20:45 a 21:00 hs.

Era un día de verano en los suburbios. Había anochecido temprano y el cielo estaba nublado, pero el calor seguía siendo insoportable. La gente regresaba a sus casas del trabajo. Un colectivo se acercaba a su parada, enfrente de un edificio de departamentos de 10 pisos terminado hacía un año, el cual había dado mucho de que hablar debido a una particularidad en su diseño: la ausencia de escaleras. Un error de construcción había imposibilitado la colocación de las mismas, ya que, si bien se podía corregir, el costo era muy elevado y el presupuesto insuficiente. Así, durante un corte de luz, la movilidad dentro del edificio se vería muy limitada.

Por esta misma razón, los departamentos eran baratos. La calidad del edificio, así como su higiene y mantenimiento, dejaba mucho que desear, a pesar de que las habitaciones eran espaciosas. Además, la ubicación no era demasiado buena, en una zona peligrosa, y algo aislada. Por esto, el edificio (finalizado en enero) contaba para diciembre con sólo diez inquilinos, que ocupaban seis departamentos (de los veinte del edificio) en los últimos cuatro pisos.

Tres personas esperaban en la parada del colectivo. El asombro y el terror de todas ellas fue el mismo al ver que el chofer estaba dormido. Corrieron desesperadas al tiempo que el autobús se salía de la calle para terminar incrustado en el edificio mencionado anteriormente, llevándose por delante el poste telefónico y destrozando todos los cables que proporcionaban energía eléctrica al edificio. Dos de los que esperaban junto a la parada fueron embestidos por el vehículo, mientras que el tercero, un anciano de unos setenta años, se desmayó debido a la conmoción que le generó el incidente.

El edificio quedó a oscuras. No había luces en la calle; se había producido un corte de luz general.

La noche era cerrada y estaba lloviendo. La visibilidad era casi nula. Nadie vio al camión. Nadie pensó que fuera algo más que un corte de luz normal, de los que ocurren durante el verano.
Y aún más importante, nadie reparó en el hombre de sobretodo negro que se dirigía  decidido hacia el lugar del choque.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Si mi vida fuera un videojuego...

Mi vida sería mucho mejor si fuera el protagonista de un videojuego. Primero, porque podría repetir las cosas que me salen mal hasta que las haga bien. Basta con guardar antes. Segundo, porque podría tener toda clase de poderes y equipamiento. Y tercero, porque tendría el respeto de todos y la influencia como para poder ser rey absoluto. Pero no lo haría porque sería humilde y modesto, y me sentiría que soy sólo una persona, como cualquier otra. Al menos hasta que me mostraran todo lo que ganaría (económicamente, digo).

Si mi vida fuera un videojuego, yo sería el héroe. Uno que se preocupa por hacer el bien y que concreta su trabajo. No me dejaría llevar por sentimentalismos estúpidos. Si un hombre acaba de matar a diez personas y trata de escapar de mí, en lo que podría describirse como una persecución épica, cuando lo atrape, no diría una mariconeada como: “No voy a matarte porque eso sería rebajarme a tu nivel”. Le volaría los sesos en ese mismo instante.

Tendría una base donde guardaría todos mis trajes, los cuales serían algo así como los de Iron Man. Mi predilecto lo constituiría uno de color dorado con motivos negros, que llevaría equipados en los brazos armas láser estilo Halo, así como pequeñas cuchillas para ataques a corta distancia. Sería, por supuesto, a prueba de todo tipo de armas blancas, balas, misiles y hasta tendría un modo especial para explosiones nucleares, que requeriría el consumo de toda la energía del traje en el momento, pero se recargaría de forma provisoria con la radiación. Llevaría un generador eléctrico principal, de energía solar, y diez baterías que sirven de fuente de energía secundaria, las cuales se recargan con el mencionado generador.

Pero eso no es todo. Contaría también con una armería con casi todas las armas conocidas, aunque no las usaría demasiado, ya que serían más peso y me bastaría con los láseres en mis brazos para destrozar a mis enemigos.

Mi base también contaría con un hangar donde guardaría mi nave. Esta no sería demasiado grande, no más ancha que una calle interna de Buenos Aires. Así, podría vigilar la ciudad desde arriba, y maniobrar entre los edificios si fuera necesario. En estas ocasiones, contaría con un grupo de negros con Uzi que dispararían por las ventanas. Esto es más seguro en la ciudad que utilizar un láser o misil destructor, también equipados a mi nave. Como mecanismo de seguridad (además de escudos térmicos y magnéticos), formaría parte de mi vehículo volador un mecanismo sensible al tacto. De esta manera, al ser la nave tocada por algo o alguien de forma considerado amenazante (esto es, si se toca una superficie mayor a 2 cm2), le transmitiría a este una cantidad de energía considerable que lo hará explotar. Pero también tendría un lector de huellas digitales, de forma que no me haga volar en pedazos a mí o a los negros.

Claro que el equipamiento no lo es todo. También poseería superpoderes. El más importante sería el de controlar el tiempo. ¿Qué puede ser mejor que controlar el tiempo? ¿Alguien te está por golpear? Sencillo, parás el tiempo, le tirás un pedo en la cara, le pegás en los huevos, te alejás un poco y problema resuelto.
Otro ejemplo: ¿Tenés que levantarte temprano para ir al colegio o al trabajo pero estás cansado y querés dormir? Fácil, te despertás a la hora que debías, frenás el tiempo, y seguís durmiendo. O dormís todo lo que querés y después retrocedés hasta el momento que quieras.
Mi segundo poder sería leer la mente de las personas. La capacidad de control sobre otras personas que esto ofrece es irresistible.
Estos dos poderes serían una combinación majestuosa. Control sobre tiempo (y, por consiguiente, podría decirse que sobre el espacio) y sobre las personas.
Mi tercer poder (y el último, ya que no creo necesitar más de tres poderes y un arsenal mayor que el de todos los ejércitos juntos para vencer a mis enemigos) sería regenerarme, como Wolverine. Esto me haría prácticamente invencible.

Mis enemigos serían los ladrones y criminales comunes. De vez en cuando algún otro que pueda realmente hacerme frente. Que cuente con armamento y poderes.
Habría un grupo de enemigos especiales constituido por reggaetoneros (nunca supe cómo se escribe; la verdad tampoco me molesté en buscarlo), cumbieros, esas jóvenes y pedorras “estrellas” prefabricadas (como Justin Bieber o los Jonas Brothers); y también racistas y xenófobos (que se meterían constantemente con mis leales negros). Y, por supuesto, no puede faltar un nivel de zombis. Este sería el último, cuando todos mis enemigos vuelven de la muerte por venganza, pero finalmente sucumben ante el poder de mi nave, mis láseres y mis negros con Uzi.

Con todo esto, llego a la conclusión de que el juego sería muy fácil. Pero épico. Con gráficos alucinantes y un soundtrack de puta madre. Muchas batallas, sangre y cabezas que explotan. Y como, en mi opinión lo épico es largo, el juego podría considerarse infinito, ya que mi tercer poder me hace prácticamente inmortal.

Sin dudas, constituiría un juego que cualquiera querría tener en su casa. Hasta crearían una consola especial para el mismo, ya que sería tan impresionante que los demás juegos simplemente volarían en pedazos al estar cerca o donde este hubiera estado.


Hoy se me rompió el televisor cuando trataba de arreglar una conexión. ¿No puedo reintentar? 
… Dios, quisiera que mi vida fuera un videojuego.