sábado, 12 de febrero de 2011

El otro día me enojé con mi perro

Mi perro es un enano meador (es decir, que hace pis) y manipulador. Digo esto porque, al menos dos veces a la semana, encuentro la colcha de mi cama mojada, lo cual es bastante molesto. Me hace sentir sucio. Es como si estuviera durmiendo con orina sobre mí. Y lo peor es que a veces pasan días hasta que me doy cuenta, lo que implica que he dormido con la cubrecama marcado por varias noches.

No es fácil reprocharle lo que ha hecho. Primero, porque siempre comete su fechoría cuando nadie lo está viendo (en general mientras todos están durmiendo). El perro no tiene memoria como las personas y por esto es infructuoso retarlo horas después. Hay que agarrarlo con las manos en la masa. De otra forma, no entiende lo que está pasando.

Segundo, tiene una capacidad de manipular a las personas mediante la lástima. Incluso si se lo encuentra in fraganti, es difícil reprenderlo satisfactoriamente. Cuando me dispongo a hacerlo, él mete la cola entre las patas y gira lentamente, quedando finalmente tirado sobre su espalda. Y al mismo tiempo, te observa con cara de perrito bueno; la mirada del gato con botas de Shrek.

Esto, increíblemente, y a pesar de que yo soy una persona que no se deja llevar por sentimentalismos baratos, logra hacer desaparecer cualquier vestigio de enojo que pudiera tener. Sin la base emocional, el regaño pierde verosimilitud. Yo no me lo creo. Puedo ver que el perro no se lo cree tampoco. Es como una publicidad de Sprayette.

Es un hijo de puta. No se lo puede retar. Lo repruebo por algo que hizo y en menos de cinco minutos se me acerca y yo lo acaricio. Es inevitable. Siempre se sale con la suya.

Antes de tenerlo (a mi perro), yo pensaba que esto era propio de gatos. No sé por qué pero me da esa sensación de que los gatos son más manipuladores. Psicópatas sin escrúpulos que buscan controlar a sus dueños, y quizás también a otras personas, para obtener beneficios ellos. 

Creo que tiene algo de cierto esto. Mi perro es algo gatuno. Se sube al sillón, a veces a las mesas. Posiblemente algún antepasado suyo habrá violado, o sido violado por algún gato/a. Hay genes felinos en su ADN. Tiene estos defectos (o habilidades), por herencia. Pero creo que el hecho de que pueda zafarse en parte de los castigos, también tiene que ver con que no ha hecho algo tan malo (al menos para mí). Esto lo comprobé hace poco.

El otro día, cuando me levanté, me percate de algo horroroso. Mi guitarra estaba tirada en el suelo, sobre un charco de líquido. Apenas me acerqué pude olerlo. El hedor que revelaba al culpable. Se había pasado de la raya. De lo perdonable. Meterse con mi guitarra es meterse conmigo. Si le haces algo a mi guitarra, yo lo siento. Siento su dolor, su gemido quejumbroso.

Mi perro me miró asustado cuando grité su nombre, y se puso en su posición para zafarse del reto (la ya descrita anteriormente). Pero no pudo suavizar mi enojo. Impulsado por una ira bestial, embestí al pequeño peludo y lo arrojé contra la puerta, destrozándola. El animal salió volando hasta la vereda de enfrente, casi pegándole a una mujer con un bebé, que pasaba por allí. Recuerdo la cara de la mujer horrorizada al verme salir de la casa, gritando como loca y preguntándome cuál era mi problema. El bebé, en su carrito, empezó a llorar.

Cuando me acerqué a buscar a mi mascota, la mujer se interpuso en mi camino. Seguía chillando e insultándome. Su bebé parecía imitarla. Mis sentidos no podían soportarlo. Dominado por una violenta furia, agarré el carrito y lo lancé con fuerza hacia ella. Ambos salieron disparados hacia la casa que se encontraba delante de mí, destrozando el techo y cayendo dentro.

Entonces salió de la casa una gorda que comenzó a conferirme maldiciones a los gritos: que estaba loco, que cómo se me ocurría tirar gente contra su casa, que no tenía derecho. No pude evitarlo, no pude controlar ese instinto animal. Colérico, me quité una ojota del pie y la lancé como si fuera un shuriken (estrella ninja), rebanándole la cabeza. Ahora me arrepiento de haber hecho eso: la ojota era blanca y ahora parece rosa.

En ese momento, llegaron unas cinco personas, atraídas por el griterío. Decididos a frenarme, se dispusieron a mi alrededor en forma de círculo. A uno le empezó a sonar el celular, tenía un tema de reggaeton como ringtone. Eso avivó mi furor. Así que comencé a girar, con los brazos extendidos, a tal velocidad que cree un mini tornado que mandó a todos a volar.

Logré de esa forma, y finalmente, descargar mi ira. Fui a buscar a mi perro, que no se había movido en todo ese tiempo, y volví a mi casa.

Me senté a ver tele con él al lado, acariciándolo. Y recién entonces me percaté. El muy hijo de puta se había salido con la suya de nuevo.

1 comentario:

  1. La linea de la historia era creíble hasta que la puerta se rompió y el perro seguía vivo. Exelente.

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