sábado, 20 de agosto de 2011

Hacia el vacío

Abajo, hacia el abismo
Confinado a un ferrocarril,
En espiral hacia el vacío.

Vías se tuercen, giran cual remolino
Rápido, lento, quieto, constante,
Sumido en la búsqueda del diamante más fino

Control sin control
Revés tan cerca y tan lejos, quizá en mis propias manos
Pregunta al conductor, ése soy yo.

¿Podría volver?
Allí, el freno y marcha atrás
¿Vos o yo? Vamos, da igual.

¿Pero dónde están tus brazos?
Siento mas no veo
En la oscuridad creciente.

Chofer, nos pasamos hace rato.
Perdón, primer viaje.
Sabés qué hacer, deshacer.

Frío el asiento, negro el vagón
¿Recuerdas la estación, fragmento de arco iris?
Ahora, niebla en el horizonte


¿Llegaré alguna vez?
¿Podré volver?
Adelante, cada vez más lejos.

Abajo, más abajo, hacia el abismo
¿Cuándo llegaremos?
Sin escalas, hacia el vacío.

sábado, 23 de julio de 2011

Laberinto


Te encuentras en un largo pasillo; a simple vista parece interminable. No recuerdas cómo has llegado hasta allí, a tus espaldas el corredor se extiende en sentido opuesto. Pero no puedes volver. Tus pies se encuentran aprisionados en frías botas metálicas que como ruedas de ferrocarril circulan sobre rieles magnéticos a velocidad constante en dirección y sentido específicos. En las paredes a los lados hay puertas, de diferentes colores la clasificación más básica, cada uno con un cuadro y una pequeña leyenda debajo a modo de anticipación a lo que se encuentra detrás.

Cuando abres una puerta, las vías se tuercen e ingresas a la habitación. O lo que creerías que es una habitación. Todas las puertas esconden otro pasillo adentro, interminable, aparentemente igual al anterior excepto por el color y el motivo de las paredes y el decorado. Y claro, también por la música, que parece venir de ningún lugar y de todos a la vez; un loop de una pista de larga duración. Un dato extraño es que, muchas veces, el ánimo de la ornamentación del pasillo no concuerda con el ambiente musical. Hay pasadizos de muros coloridos y alegres, y de imágenes como portales de felicidad, en donde sientes retumbar en tu cabeza una triste melodía enterrada en un ruido de distorsión, como un llanto quejumbroso ahogado en su propia miseria. Y no hay manera de hacer oídos sordos. Los sonidos vibran dentro de ti sin importar cuanto estrujes tus orejas contra el cráneo.

Hay otros que son túneles negros y oscuros, iluminados por un fulgor fantasmal de indefinida procedencia, con fotos sin colores, escenas mórbidas en las paredes, que se sienten como agujas en los ojos, acompañados por una alegre e inspiradora música, transporte a un mejor espacio y tiempo. Estos son (o, al menos, pueden parecerlo) más soportables ya que puedes evitar el sufrimiento con cerrar los párpados. Pero eso último los trasforma en callejones sin salida. Enceguecido a voluntad propia no puedes ver las puertas a los lados. Y si no las ves, desaparecen.

Porque si bien cada pasillo es diferente a todos los demás, la forma en que lo observas y lo sientes depende de la percepción. Para un observador de carácter inmutable, para una cámara de video, el escenario es siempre el mismo: los corredores no cambian. Pero para ti, dentro del circuito, todo fluctúa. La visión distorsiona, la percepción regula. Puertas aparecen y desaparecen, las melodías cambian leve pero ostensiblemente, las imágenes del decorado se aclaran y se oscurecen, los motivos de la pared parecen moverse. Pero en lo físico, el laberinto es invariable.

Tú abres puertas —algunas que cuestan más que otras—, pruebas diferentes pasajes, te arrepientes de alguna decisión, llegas a descifrar la clasificación de colores; en fin, aprendes, comprendes y eliges. Pero no es tan sencillo. A lo largo de cada pasillo se encuentran unos reducidos puestos, o más bien, estanterías,  de fichas y cartas. Las primeras todas iguales: redondas, planas, doradas, sintéticas y frágiles. Las segundas variadas, no existen dos iguales. En el frente aparece la silueta de un personaje y, al dorso, un dibujo, original y único para cada carta. Los hay de diversa complejidad, desde un simple cuadrado hasta un elaborado entramado de líneas y figuras.

Abrir una puerta tiene un costo, tanto en fichas como en cartas. La bifurcación es invisible a tus ojos si no cuentas con los recursos necesarios. Pero en caso de tenerlos, es tu decisión utilizarlos, en la mayoría de los casos; ciertas entradas se abren automáticamente, como presionadas por el instinto.

Tú buscas el mejor camino, tomas las mejores decisiones. Avanzas inconciente —aunque conciente en el fondo— de que, sin importar el recorrido, terminarás siempre en el mismo lugar.

Y así, de a poco o quizás muy de repente, ves que ese pasillo infinito tiene un final. Una puerta solitaria que te espera, no a un costado, sino de frente. A los lados ya no hay salidas, se oscurece lentamente el entorno, casi imperceptiblemente podría decirse. Entonces, cuando te encuentras a unos pocos metros, la puerta se abre, y como un agujero negro absorbe la luz a tu alrededor al tiempo que te zambulles irremediablemente en la negrura.

domingo, 17 de julio de 2011

Feliz cumpleaños a mí

Feliz cumpleaños a mí. Hoy no cumplo ni 15, ni 16, ni 17 años. Hoy cumplo 16,7. Sinceramente, es un lindo número. La gente se empeña en festejar números naturales, no ven la belleza de los racionales. En general no me gusta hacer grandes festejos pero esta es la excepción. Esta es una ocasión especial. Todos mis amigos y conocidos me miran extrañados cuando les entrego la invitación: 


El número está escrito en letras para darle más clase, y si prestan atención, pueden observar que luego de “poner triste” hay una carita triste. Es para que todos puedan ver lo mal que me voy a poner si no asisten. Porque es la verdad. Porque esta es una fecha más que importante. Estoy celebrando que un día como hoy hace 16,7 años nací. Todos están invitados, no voy a reparar en gastos: sólo se vive una vez. Espero muchos regalos también. ¡Cómo no va a haber regalos!

Sinceramente estoy muy ansioso por la fiesta. Los estoy esperando a todos. Si realmente me quieren algo, van a venir. Aunque seas mi mejor amigo de toda la vida, o mi hermano, y hayas estado conmigo siempre, si no venís el sábado, para mí no sos más que mierda. Porque parece sino que ese tipo al que le alcancé la invitación por la calle me aprecia más que vos, que no valoras nuestra amistad. Es cuestión de moral. Es cuestión de entender que estar conmigo todo el tiempo no vale nada si no está en esta fecha tan especial. Aunque estés de vacaciones en Rusia, o tengas tres tiros en la pierna, TENÉS que estar acá, conmigo. Porque en esta fecha no importa nada más que yo. NADA.
Los espero.







¿Te parece que todo lo anterior suena egoísta y ridículo? Pues es la realidad. Es el pensamiento de la sociedad (la gran mayoría). Es la masiva influencia de la tradición. Nuestra cultura y entorno nos moldean, nos “educan”. Nos dicen que nuestro cumpleaños es un día más importante que otros, solo porque la Tierra ha dado un número determinado de vueltas alrededor del Sol desde el día en que nacimos. Todo porque a lo largo de las décadas, de los siglos, las diferentes culturas se han apropiando de un mito basado en la magia y la astrología.

¿Sabías que los cumpleaños proceden de la búsqueda de antiguos astrólogos paganos de la fecha de nacimiento de los reyes, gobernantes y de sus sucesores? Creían que el destino de estos, de los más ricos y poderosos, podía afectar a toda la sociedad. Así es que en esta época los festejos de cumpleaños eran exclusivos de la parte acomodada de la sociedad (lo que en cierta forma puede seguir siendo válido hoy en día si consideramos el costo promedio de una fiesta de cumpleaños. Y estoy diciendo fiesta con todo lo que conlleva, que no es lo mismo juntarse con un grupo reducido de personas a festejar).

Con el tiempo, aún cuando esta tradición se popularizo entre la población, se mantuvo como base, como argumento, la superstición. Los cantos de “feliz cumpleaños”, los buenos deseos y pensamientos de aquellos que acompañaban al cumpleañero servían (y sirven, en teoría) para ahuyentar a los espíritus malignos que lo acechan en ese día. En la última década se ha introducido en algunas fiestas una nueva forma de espantar a los espíritus: poner reggaeton. Esto no sólo los hace huir despavoridos, sino que también les causa vómitos y diarrea sin control.

Quizás uno de los datos más curiosos con respecto al cumpleaños es que fue repudiado por la Iglesia católica en sus inicios, debido a que constituye una celebración pagana. Bueno, en realidad no es tan curioso. Es bien sabido que la Iglesia se opone a cualquier cosa. Pero finalmente fue aceptado (porque una tradición inútil más o una menos no hace diferencia), y se iniciaron estudios para determinar la fecha de nacimiento de Jesús, a la cual, por supuesto, el clero se había opuesto en un principio por el sacrilegio de considerar a Cristo como un faraón (como si la religión católica fuera tan original).



Pero bueno, me estoy alejando del tema en cuestión. Los cumpleaños entonces, al igual que la religión (por ejemplo), son una costumbre que se impone por antigüedad; que es inculcada y aceptada por inercia hasta proporciones exageradas. Porque no sólo es una tradición, sino que se ha transformado, en cierta forma, en una obligación moral. Si un amigo cumple años, y te invita a una fiesta o a una reunión, aparece una inexplicable dosis de moralidad que te sugestiona a ir, aunque literalmente le hayas echo 1876239459723659 favores y siempre estés cuando REALMENTE te necesita. Y aún cuando te convenzas de que no asistirás, críticas y reproches caerán sobre tu persona (a menos que tu amigo sea una persona verdaderamente razonable).

Podemos considerar también una situación opuesta: un familiar prácticamente inexistente para vos cumple años y estás invitado. ¿Por qué deberías ir? No sos mejor persona por figurar una vez y después desaparecer. Muchos te dirán que sos una mierda, pero peor es una mierda hipócrita.

Varias veces me han dicho: “Sos un egoísta que no vas al cumpleaños. No pensás nunca en los demás. Son tres horitas ahí nada más, no es como que tenés algo importante que hacer”. Surge entonces la siguiente pregunta: ¿Quién es el egoísta: el que no va o el que obliga a ir? O, reformulando: ¿quién es más egoísta? (porque todos somos egoístas por naturaleza). Yo, por ejemplo, odio bailar; mejor dicho, no sólo el baile en sí, sino todo el ambiente que lo propicia: música (horrible) a un volumen en que el cerebro se te licúa y todo sonido que uno hace se desvanece en el ruido, luces estrambóticas que no te dejan ver nada; básicamente lo que llamamos “boliche”. En un cumpleaños de este estilo, con pista de baile y toda la fruslería ornamentada, es previsible el estado de aburrimiento e incomodidad. Y de ahí parte la duda: si el que festeja es, por ejemplo, mi mejor amigo, ¿estoy obligado a asistir?

Yo sé, y creo que en el fondo todos lo saben también, que la respuesta es NO. Si el cumpleañero te expresa que realmente se sentiría apenado si no estuvieras a su lado en ese día tan especial (leerse con un tono irónico), puede ser por dos razones: no entiende tu situación, o sencillamente es un puto egoísta, además de mentiroso. Seamos realistas, seamos honestos, tu presencia (o ausencia) no influye sustancialmente. Aclaro que esto no se aplica para todos los casos, pero sí muchísimos.

Vamos a analizar dos variantes de acuerdo a esta situación hipotética anteriormente mencionada:


Variable nº 1: Llegás a la fiesta, saludás y felicitás a tu amigo (por costumbre o por obligación, no porque realmente lo creas necesario), y luego te sentás en una mesa alejada de la zona de baile, viendo a todos divertirse mientras vos reflexionás en estado de soledad, sabiéndote fuera de lugar, mirando el reloj cada 5 minutos, y hasta quizás pensando en todo lo que pudieras haber hecho si no estuvieras ahí sentado como un boludo (o como una persona normal; “cada uno se sienta como puede”, me dijeron una vez). En algún momento se te acerca el cumpleañero:

— ¿Por qué no venís a bailar?


“¿Por qué no te vas a la concha de tu madre? Me hacés venir acá a cagarme de embole.”, pensás.

          Porque no tengo ganas— respondés cortadamente.
          Dale, vení, estás sentado acá sin hacer nada…

“Y sí, hijo de puta, sabés que no me gusta bailar.”

—Dejá, dejá. Estoy bien. —atinás a decir, conteniéndote.

Y así vuelve a su danza indefinida. Se divierte, se olvida de vos, que seguís estancado, resignado al correr del tiempo, con una inquietud creciente mezclada a su vez con la ansiedad de que el final está cada vez más cerca. De vez en cuando, por supuesto, la “música” para y sobrevienen momentos de tranquilidad artificial y provisoria antes del nuevo ataque. Momentos en que todos te miran como un bicho raro, aislado en tu burbuja; un aburrido. Hasta que tu reloj da la hora de culminación. Entonces te llega una sensación de alivio, acompañado de un “¡Por fin!”. El anfitrión va despidiendo a sus invitados uno a uno, intercambiando escupitajos del tipo de “Qué bueno que estuvo” o “Me quedaría para seguir la fiesta”. Cuando llega tu turno, el saludo es silencioso y frío. “Qué cagada que fue esto”, repetís mentalmente.
Una vez afuera del lugar te embarga una sensación de tranquilidad y se te afloja la tensión. Aparece una olvidada alegría, al tiempo que te lamentás por el tiempo perdido.


Variable nº 2: La fiesta empieza, una silla está vacía. Aquellos que más te conocen se preguntan por vos, pero después de eso prácticamente no existís. Todos bailan, todos se divierten; nadie queda excluído.
Tranquilo y cómodo, en tu casa, te ocupás en mirar la televisión, navegar por Internet, quizás escribir un nuevo artículo para tu blog. Te preguntás si habrá sido una mala decisión faltar a la fiesta, pero responderte te toma una fracción de segundo, apenas comenzar a imaginar la variable nº 1.
Y así todos son felices.

No interpreten esta situación presentada de forma estrictamente literal. Muchos dirán: “Esto no me pasa, a mí me gusta bailar”. Imaginen que lo narrado anteriormente ocurre en lo que cada uno de ustedes consideraría el festejo de cumpleaños más aburrido e incómodo que puedan imaginarse. Es como esos libros Elige tu propia aventura, en donde, si tomás el primer camino terminás aplastado por una avalancha o atrapado en un barco que se hunde inevitablemente, mientras que si elegís la segunda opción, te salvás. 


De esta manera podrán ver que no se es egoísta por no ir a un cumpleaños. Si no tenés ganas, si te parece que sería mejor estar cagando sentado sobre la punta del mástil en el techo de la Casa Rosada, estás justificado. Al fin y al cabo, lo que hace especial a un día no es la tradición cultural, el rito, sino los eventos, las acciones. Una fiesta, una reunión con amigos o con la familia puede realizarse cualquier día, aún sin excusa alguna. Ya no hay obligación moral, conflictos de disponibilidad. El que quiere y puede, va; el que no, no va. Se reducen todos los valores y supuesta importancia de los cumpleaños a una muestra mucho más real y significativa de la relación con los demás en la cotidianeidad. El hecho de necesitar una excusa prefabricada para estar con el otro simplemente muestra la poca relevancia del vínculo para sus participantes.

Y todo esto no es sólo cosa de los cumpleaños, sino también de todo tipo de festividades conmemorativas (excepto las de fechas históricas) como el Día del Amigo, el día de Padre, el día del Niño, el día de San Valentín, etc. Estas fechas son aún peores, ya que no cuentan con fundamento alguno, o, al menos, este carece de importancia ya que no es para nada difundido o irrelevante en sí. Tienen un carácter [casi] completamente comercial. ¿Es más importante estar con tu padre el día del Padre o con un amigo el día del Amigo que cualquier otro día sólo por un decreto que pone título a una fecha en particular? Un vínculo social no se basa en encontrarse en fechas preprogramadas por decreto, sino en contactos cotidianos o en reuniones que surjan de la iniciativa de pasar tiempo en compañía. No sólo se observa así la verdadera importancia del nexo sino que se genera la posibilidad de elegir las relaciones a fortalecer.



Otra cuestión en el tema de los cumpleaños, así como en todas aquellas celebraciones que poseen una veta comercial, es la de los regalos. La costumbre de otorgar un presente al agasajado. No hay problema con el regalo en sí, si tiene algún sentido, si se ha elegido especialmente para la persona, si surge como una decisión interna, de encontrar algo y decir: “Mirá qué bueno esto, me parece que le va a gustar a [inserte el nombre del receptor del obsequio]”. Tampoco hay conflicto si es un regalo por encargo, donde no hay margen de error. El asunto es que mucha gente lo siente como una obligación, al punto de sentirse culpables al quebrar este decreto autoimpuesto. Se oprimen para hacer una elección muy compleja. Porque elegir un regalo para otro es mucho más difícil de lo que puede parecer. Puede demostrar lo poco que conocés a la otra persona, y/o ponerlo en un dilema si el obsequio no es de su agrado. No existe fecha de entrega impuesta para un regalo. No hay presiones ni necesidad de dádivas reglamentarias.



De por sí no existen días más importantes que otros. Las jornadas se hacen especiales por hechos, situaciones, momentos excepcionales, así como un clavo en sí mismo no es más importante que otro hasta tener en cuenta su posición y su función particular. Una salida con amigos no es más relevante por hacerse en un día determinado, sino por el contenido de la misma, la experiencia vivida.

   La tradición no marca lo trascendente. La vida no es un reparto de valores uniforme y  predeterminado desde el inicio. Nuestro ambiente, nuestra cultura, nos marcan, nos forman. Pero si lo que nos propone es un sinsentido, la moción es inútil. Razona lo que te es inculcado y juzga, no dances como marioneta de un titiritero sin rostro.

domingo, 15 de mayo de 2011

Una clase de Educación Física

Estábamos en la clase de Educación Física, habiendo recientemente terminado de comer. Llenos debíamos ir, en sumisión a la institución y sus horarios. No había tiempo para la digestión, sólo el “Bueno chicos, ahora corran setecientas vueltas alrededor de la cancha para entrar en calor. Después vamos a hacer la prueba de velocidad.”

Empezamos a trotar al tiempo que el estómago se revolvía y los jugos gástricos subían hasta la faringe. En medio de un incómodo malestar, continuamos la carrera, que a duras penas terminamos, exhaustos, no sólo por lo que habíamos hecho, sino también por lo que íbamos a hacer.

Entonces, uno de nosotros cayó al suelo desplomado, respirando agitadamente. “Vamos, levantate que ahora van a hacer la prueba”, le dijo la profesora, en tono de reproche. El chico se incorporó con dificultad. Se agarró la panza y tragó lentamente. Repentinamente, comenzó a tener arcadas.

Con la profesora, lo acompañamos hasta el baño. Ella fue de mala gana, murmurando por lo bajo: “Estos chicos boludos, ¿por qué carajo no comen algo liviano?”, y frases por el estilo.

Habiendo llegado finalmente al lavabo, nos dispusimos todos alrededor del joven cual multitud curiosa rodea a un lobo marino que llega moribundo a la costa durante el verano. Lo observamos de forma morbosa, en espera del clímax, que no se hizo esperar. Fue algo mayor a todo lo que hubiéramos visto jamás.

Su boca comenzó a expulsar un líquido verdoso, seguido de grandes pedazos de hamburguesa, como masticada por un pato. Por separado, salió el pan y un sobrecito de mayonesa entero, rápidamente acompañados por tres autitos Hot Wheels, como aquellos con los que yo jugaba cuando era chico. A continuación, emergió un osito de peluche que llevaba unos pañales usados, y después, una consola Nintendo 64 con dos juegos (Mario Kart y The Legend of  Zelda: Ocarina of time). Luego, como un desfile, aparecieron tres juguetes (“figuras de acción”) de los X-Men, uno de Spiderman, otro de las tortugas Ninja, tres de Star Wars, dos de Dragon Ball Z (Vegeta y Goku), y un último de Batman. Posteriormente, y en orden de modernidad (tanto en cuanto a hardware con en software), expulsó cuatro computadoras encendidas, intercaladas con el líquido verde. Entonces, de su boca empezó a salir música, al tiempo que lanzaba un mp3, un mp4 y dos celulares, acompañados por decenas de CDs. Las melodías se fueron volviendo cada vez más oscuras y complejas hasta que finalmente el sonido se apagó.

Pensamos que el vómito había terminado, pero, cual ejército imparable, arremetió nuevamente. Siguieron cinco televisores, todos de la última década, pero de diferente grado de modernidad, escoltados por una centena de películas y también libros de distintos géneros (desde infantiles hasta de terror). Surgió entonces de su boca una Xbox 360 con el Gears of War 3, junto con un par de controles, y después dos relojes: uno de aguja, atrasado, y otro digital, adelantado. El chico “imprimió” luego una foto de Bin Laden, y otra de Obama, ambas de baja resolución.

Para terminar, él regurgitó un tejido blanco que cubrió todo lo anterior, y vomitó rocas encima de él.

Hubo un momento de silencio y expectación entre los que presenciábamos el espectáculo, como de reflexión de esa intensa escena de quince minutos que acabábamos de presenciar. Todos estaban estupefactos, en shock. Hasta la profesora parecía encontrarse en un estado de trance.

Mirábamos expectantes al protagonista del número. “Creo que ya me siento un poco mejor”, dijo. “Sigamos con la clase. Puedo hacer la prueba”.

El grupo se relajó, y abandonó el baño. Yo me quedé atrás y observé el lavatorio. Entonces, hice lo que debía. 

Tomé el Gears of War y escapé.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El resultado de la misión


Misión fallida

Yo sé que había prometido publicar el resultado de la misión el mismo sábado en que terminaba su plazo de vigencia, pero simplemente no pude.

El pasado viernes esperé hasta las 23:59 para ingresar a la página de estadísticas. El destino quiso que tardara justamente un minuto en entrar. Y allí vi el fatídico número: 280. Doscientos ochenta. Faltaban justamente veinte. Me quedé mirando la pantalla estupefacto.

Entré en primera instancia en un estado de negación: “No puede ser. No puede ser. Tiene que haber algún error. Este programa pedorro debe estar andando mal”, pensaba desesperado. Pero este principio fue rápidamente sucedido por la ira. Me enojé con todo. La gente, que no había hecho el suficiente esfuerzo, conmigo mismo, con el blog, con mi perro, con la página de estadísticas, la computadora. Agarré el monitor y lo lancé por la ventana, destrozando la casa de enfrente, que se encontraba en reconstrucción. Al instante me enojé porque la PC ya no tenía pantalla.

Y entonces, pasado el furor del momento, entré en un estado de profunda depresión. Fui empujado a un pozo sin fondo. No pude volver a escribir, o siquiera entrar al blog, hasta hoy. Era como volver al terreno donde había perdido; al lugar donde había sido traicionado, donde había sido abandonado sólo con este niño. Perdido en un desolado desierto.

Sé que había dicho que iba a redactar una carta de suicidio, en el caso de que la misión no fuera exitosa. Pero simplemente no estoy de humor. Y creo que tampoco se lo merecen. Porque no hicieron bien el trabajo.
Posiblemente escriba algo pronto, o nunca. Cuando quiera. Así es como son las cosas.

Los odio a todos. (Por favor no dejen de entrar a mi blog)

jueves, 24 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El empresario

20:30 a 20:55 hs.

Encendió la luz del departamento y se dispuso a sentarse frente a su escritorio a investigarla en la computadora.

La había conocido ese mismo día, hacía tan sólo tres horas. Nada más al verla, había estado casi seguro de que era la indicada. Se había presentado y al cabo de media hora, había comprendido con certeza que era perfecta. Recordó su rubia cabellera, su (quizás demasiada) delgada figura, sus melancólicos ojos color miel.
Él tenía un encanto natural con las mujeres y ella no había sido la excepción. Al poco tiempo había logrado que la chica estableciera un lazo de confianza con él. Le contó sobre su vida. Una historia dramática y solitaria. La joven, con veintitrés años, había llegado desde Chubut, luego de la muerte de sus padres, dejando sus estudios y avocándose a la búsqueda de un trabajo. La totalidad de sus familiares vivía en el extranjero y no estaba en contacto con ellos. Así que, desde la pérdida de sus progenitores no contaba con nadie. Le costaba relacionarse con la gente. No tenía amigos, y había dejado a la mayor parte de sus conocidos en Chubut, perdiendo contacto con ellos al poco tiempo. Tampoco tenía trabajo fijo, sino que estaba en constante búsqueda de una fuente de dinero para subsistir.

La chica le había expresado que nunca había hablado tanto con alguien, con tanta confianza. Él sabía que tenía la cualidad de hacer que las personas se abrieran con él. Era algo que en cada ocasión lo asombraba y lo hacía sentir orgulloso de sí mismo.

Se sentó en su escritorio y encendió el ordenador. Escribió su nombre en el buscador: Lucía Neberas. Apareció su página de Facebook; él ingresó. Observó el perfil. Cinco amigos. Encontró un enlace hacia un blog que ella escribía. Llevaba una especie de diario. Sus sentimientos eran muy oscuros. Parecía casi obvio que estaba sola. El contador de visitas mostraba un triste diez.

Entonces se decidió. Ella era perfecta.

Se levantó y se paró frente al espejo. Se quitó su traje negro, que usaba sólo para reuniones importantes de la compañía, y se miró su cuerpo lleno de marcas. Escrutó su piel en busca de un espacio virgen. Encontró el apropiado en la parte baja de su espalda, hacia la derecha. Reservó ese lugar para ella. Su próxima víctima.

Todo esto había comenzado hacía 14 años, por accidente. Era un adolescente, maltratado por algunos de sus compañeros. Lo burlaban, y golpeaban todo el tiempo. Hasta que explotó; se cansó. Un día llevó un cuchillo y los encaró a la salida. Persiguió al “líder” hasta un callejón donde mediante un corte lo inmovilizó. En ese momento sintió una nueva sangre que corría por sus venas. Saboreó el miedo de aquel chico. Lo tenía bajo su control. Lo veía suplicar, esperando que sus balbuceos suavizaran la ira de su atacante. En ese instante, Sebastián Lebón se sintió vivo. Más vivo que nunca. Su sed de sangre lo llevó a terminar el trabajo, y el chico pereció en ese callejón oscuro. Con el mismo cuchillo con que había llevado a cabo el acto, Sebastián se hizo un corte en el pecho, como recuerdo de aquel día.

Nunca lo habían inculpado por el crimen. Tenía la típica cara de chico bueno. Era rubio, de ojos celestes, con gafas, buen estudiante. Nadie sospechó de él. Era el pobre chico solitario del curso. Además, no le había contado a ninguno de quienes lo conocían sobre los abusos del muerto.

Y nunca se sintió mal por lo que había hecho. Es más, al poco tiempo, necesito matar de nuevo. Le otorgaba un placer orgásmico, y una adrenalina que necesitaba de cuando en cuando. Continuó haciéndolo durante lo que siguió de su vida. Se convirtió en un hábito, en un hobby. Aunque no era tan sencillo como parecía. Necesitaba escoger con cuidado a sus víctimas. Personas que nadie fuera a extrañar. Gente sola en el mundo.

Había estudiado psicología con el fin de poder reconocer y manipular a las potenciales víctimas. Tenía todo un método. Primero, se ganaba su confianza. Segundo, hablaba con él o ella con el propósito de conocer sobre su vida. Y tercero, hacía una pequeña investigación sobre el sujeto, para comprobar sus hipótesis iniciales. Finalmente esto desembocaba en invitar a la víctima a su departamento (que había comprado especialmente para ese fin, donde se encontraba en el momento), donde practicaba rituales sádicos con ella. Intentaba prolongar al máximo este prólogo al asesinato, lo que le daba aún más placer. Una vez concretado el ritual, cremaba el cadáver en una funeraria de su propiedad, y juntaba las cenizas con las de las víctimas anteriores en un frasco grande, como souvenir.


Por otra parte, gracias a sus estudios en psicología había podido proyectar su carrera laboral y convertirse en el reconocido empresario que era hoy en día. Contaba con su pequeña fortuna, lo que le había permitido adquirir equipo necesario para mantener sus actividades en secreto. Un ejemplo perfecto era la funeraria. Antes de comprarla, él debía viajar hasta las afueras de la ciudad a enterrar el cuerpo, pero esa propiedad lo había hecho todo más limpio y rápido.

Ahora se encontraba pre-saboreando a su próximo sujeto. Lucía Neberas. Desnudo, se tocó su cuerpo marcado, rememorando cada corte. Tenía cicatrices desde los hombros hasta los codos y las rodillas. Palpó ese espacio de piel virgen reservado para la chica con una expresión lasciva.

Caminó hasta su habitación y levantó el teléfono. Concertaría una cita con ella para la fecha más cercana posible. Su última “compañera” no lo había dejado del todo satisfecho hacía un mes.
Estaba empezando a marcar cuando de pronto las luces se apagaron y Sebastián quedó en completa oscuridad.

sábado, 19 de marzo de 2011

Llamado del deber

¿Estás aburrido y no tenés nada bueno que hacer? ¿Pensás que tu vida carece de objetivo? Promocioná mi blog. ¿Tenés una pila de trabajo que completar? ¿Estás abrumado por responsabilidades y preocupaciones? Olvidate de todo eso. Tan solo promocioná mi blog. Aunque tu vida se vaya por el inodoro, te puedo asegurar que va a valer la pena. Vas a ver cómo esta página crece con el tiempo gracias a vos. Te vas a sentir como un padre/madre acompañando a su hijo. Como uno que agrega hormonas de crecimiento en su bebida.

Porque este blog es como un niño, un bebé que tiene mucho camino que recorrer. Porque todavía está en la ladera de la montaña. Y porque no puede hacerlo sólo. Necesita de su apoyo. Necesita de ustedes para subir.

¿Vas a dejarlo morir? ¿Vas a dejar que se desangre mientras le das la espalda a su figura agonizante? Debería darte vergüenza. Sos peor que esos tipos que te llaman a cualquier hora para hacerte una encuesta sobre boludeces varias.

No querés ser esas personas, ¿no? Entonces la decisión es simple. Dejá todo lo que estás haciendo; nada es más importante que lo que yo te estoy pidiendo. Publicitá mi blog. Es tu deber como lector. Es tu deber como persona. Es tu forma de pagarme por los maravillosos artículos que he escrito.

Contale a todos tus conocidos sobre esta página. Se acabaron los silencios incómodos. Si no tenés nada de que hablar con quien sea que te encuentres, comentale sobre este mundo de Fantasía y Realidad. Convencelo de que entre, de que lea (yo sé que alguna gente ve la longitud de los artículos y desiste), de que se haga seguidor y, a su vez, corra la voz. Si sos una persona de pocas palabras, puedo hacertelo aún más sencillo. Imprime una tarjeta de presentación del blog. Podés utilizar la que agrego aquí como ejemplo.



Esta es la misión que les encomiendo. Quiero que transmitan mi llamado a todos sus amigos y familiares. Hagan conocer http://algafayre.blogspot.com/.

Estableceré un objetivo: llegar a las 300 visitas antes del sábado 26 a medianoche. Es decir, les doy un plazo de exactamente una semana desde la publicación de este artículo para que mi blog pase de las 210 a las tres centenas de visitas. No es fácil, y requiere de su esfuerzo. Pero es posible.

En caso de que se cumpla el objetivo, publicaré una entrada con el título “Misión cumplida”. Y, como la verdad no se me ocurre ahora mismo ninguna recompensa, dejaré que ustedes la elijan (siempre y cuando no propongan boludeces, las cuales ignoraré). Tengan en cuenta que las visitas se cuentan por cada persona en forma diaria, así que no intenten entrar a mi blog 127893461284761298 veces en un día porque, de ser así, lo voy a saber. Y no influirá para la finalización del la misión.

En caso de que no se cumpla el objetivo, voy a escribir un artículo titulado “Misión fallida”, donde expresaré la angustia y el enojo del fracaso. De ocurrir esto me sentiré realmente decepcionado y entraré en un período de depresión masiva. La idea del suicidio podrá pasarse por mi mente y, siendo así, podrá llevarme a escribir una carta donde denunciaré el papel que ustedes jugarán en mi muerte, y quizás una reflexión sobre mi vida y la del blog. Debo decir que ahora que lo pienso, siento que será un artículo interesante.

En conclusión, confío (quiero confiar) en ustedes. Sé (quiero creer) que tienen lo que se necesita para hacer el trabajo. El deber los llama. No lo dejen plantado.

viernes, 11 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El desconocido

Para esta parte del relato voy a hacer una introducción, un prólogo. Esta sección de la historia presenta a un personaje peculiar, el cual está basado en una persona real que yo he conocido el pasado año 2010. Posiblemente algunos de los lectores de mi blog actualmente sepan de quién estoy hablando (esto es para quienes me conocen). 
Debo aclarar que el personaje al que serán introducidos está tan solo inspirado en este individuo, ya que sinceramente lo único que pude realmente saber de él fue lo que mostraban sus gestos y actitudes. Es esa clase de persona que uno nunca va a poder conocer  realmente y por lo tanto, todo tipo de detalles sobre su vida y sus pensamientos son completamente de mi invención.
Me resulta raro ahora que me pongo a recordar, como, a pesar de haber sido compañeros un año entero, ni yo ni nadie más sabe absolutamente nada de él, más allá de lo que se ve a simple vista.
En cualquier caso, creo que tengo que agradecerle. Con su pensamiento no convencional y algo extremista, y todos sus problemas, fue una de esas peculiaridades que uno, en cierta forma, busca en la vida.


Bueno, suficiente introducción. Disfruten de esta quinta parte de las "Historias de una noche oscura". Dejen sus comentarios sobre la misma y sobre la "saga" en general.


El desconocido


20:45 a 20:55 hs.

Tomás salió a comprar cigarrillos. El vicio lo había atrapado apenas una semana después de su decimoctavo cumpleaños, por aquellos días en que se formó en su mente la idea de separarse de su madre e irse a vivir sólo. En un breve período de tiempo, había cortado lazos con ella y su nueva familia, habiéndose establecido en un departamento en las afueras de la ciudad.

A continuación, había dejado el colegio. Sencillamente porque no le interesaba. Además, parecía guardar un inexplicable rencor hacia todos sus compañeros, y, cuando en ciertas ocasiones querían acercársele amistosamente, él los rechazaba de forma sistemática. Al más mínimo contacto, se cerraba como una ostra. De todas maneras, no se mantenía en el mismo curso dos años seguidos. Se había cambiado de colegio varias veces y había repetido de grado un par.

Esta aparente dificultad para progresar en la escuela no se debía su falta de inteligencia, sino a su vagancia y falta de interés. Podría decirse que era un chico bastante culto. Era bueno en aquellas materias que le gustaban, pero, en cambio, en aquellas que no lo atraían, simplemente no trabajaba, y hasta se dormía sobre el pupitre.

Su actitud hacia los estudios podría describirse como peculiar, y en cierta forma admirable. Tenía una retorcida e inexplicable convicción de que hacía lo correcto, sin importarle las consecuencias. Llegaba al punto de justificar el no haber hecho su tarea con los argumentos: “No me parece importante”, o “No me interesa” (esta última su frase característica).  

En cuanto a su relación con las personas, era excesivamente introvertido. No hablaba con nadie a menos que fuera estrictamente necesario. Mostraba una clara tendencia antisocial. Sentía que eran todos inferiores. Él no se preocupaba por las banalidades de la chusma. Tampoco le importaban sus burlas, sus reproches, sus críticas, su insultante actitud condescendiente. Todo se desvanecía en su coraza, de inmaculada superficie pero resquebrajada por dentro. Porque la realidad era que, en el fondo, se odiaba a sí mismo. Detestaba su personalidad, cómo era. Pero por sobre todas las cosas, aborrecía aquella vanidosa arrogancia que le imposibilitaba cambiar. Su conciencia mentirosa que lo forzaba a creer que estaba haciendo lo correcto; que él estaba bien, que todos los demás estaban mal.

Ahora que vivía solo, su vida social era prácticamente inexistente. Únicamente salía por razones de fuerza mayor. Es decir, comida o cigarrillos, exceptuando ocasiones especiales, como aquella vez que se le había roto la computadora. Esta era de alguna manera su escape de la realidad. Los videojuegos eran su principal entretenimiento. Ser alguien más, viviendo aventuras increíbles y saliendo siempre bien parado. Era una de las poquísimas cosas que podía decir que lo apasionaban. Por otra parte, guardaba en su disco duro una especie de diario personal, que consistía en archivos diarios escritos en el bloc de notas. Expresaba allí todo aquello que nadie conocía. Se mostraba a sí mismo en esas anotaciones. Cuando redactaba sus pensamientos, sus vivencias, sus fantasías, sus sueños, él se quitaba su armadura*. La computadora era la única que realmente sabía quién era. Ni siquiera su madre lo había llegado a conocer completamente. Aún cuando ella era a la única persona a quién él quería, un sentimiento recíproco entre ambos. Sin embargo, extrañamente, esto lo molestaba. Lo veía como una especie de debilidad. Aunque, la realidad era que, en el fondo, no se creía digno de su querer.

De todas maneras, su relación se había deteriorado cuando ella se había vuelto a casar, cayéndole del cielo a Tomás una nueva casa, un padre y dos hermanos. Un paquete que dio forma a la idea de dejar ese lugar en cuanto pudiera.

Y así era que se encontraba, un año después, frente al kiosco de la esquina de su departamento, tomando los cigarrillos del mostrador y alcanzándoselos a la vendedora sin decir una palabra, con su clásica expresión de “mantener distancia”; sus labios juntos y levantados, y sus ojos entrecerrados, con las cejas formando una “V”. Pagó y esperó su vuelto con los brazos cruzados, moviéndose inquieto.

Retornó al edificio con la vista en el suelo y casi chocó con una mujer que entraba delante de él. Ingresaron juntos al ascensor en silencio. Ninguno de sus vecinos le hablaba. Ya se había ganado la fama de raro.

Incapaz de esperar, encendió el cigarrillo, observando la cara de malestar y reproche de su acompañante. Miraba impaciente la pantalla digital que mostraba el número de piso. Tres, cuatro, cinco. Tan sólo dos más. Pero mientras esperaba que aquel cinco se transformara en un seis, tanto la pantalla como las luces del ascensor se apagaron y este frenó bruscamente. Tomás perdió el equilibrio, golpeándose contra la pared, al tiempo que la mujer se precipitaba hacia él.


*No, no podía evitar hacer una referencia al Caballero de la Armadura Oxidada

domingo, 6 de marzo de 2011

Vamos de compras

¿Sos una de esas personas que se pueden pasar horas paseando y mirando vidrieras? ¿Disfrutás entrando a negocios y probándote ropa?

Si sos mujer y contestaste sí, debo decirte que no le veo la gracia para nada. Nunca cuentes conmigo para acompañarte a zambullirte en las arenas del consumismo. Pero puedo entender que este comportamiento es propio de la naturaleza femenina.

 Si sos hombre y respondiste afirmativamente, entonces posiblemente quieras volver a chequear si realmente hay algo en tus pantalones, o si lo médico que asistió el parto de tu madre vio fue el cordón umbilical. Sos una desgracia y una vergüenza para todos. ¿Nunca te has fijado en la cara de tus padres cuando les decís que querés comprar (o ver) ropa? Posiblemente tu madre te mire entre extrañada y divertida en ese momento. Puedo asegurarte que cuando se reúne con sus amigas se ríen de vos. ¿Y jamás notaste las inexplicables heridas de tu padre? ¿O cómo cada vez que sugieres ir de compras va al baño? Él se golpea la cabeza repetidamente con las paredes. No sólo es por vos, sino por él mismo, ya que los (léase las) tiene que acompañar.

Un verdadero macho no solo no cuenta con más de tres remeras (de manga corta) o musculosas (nada de camisas, sacos, y ese tipo de cosas), sino que todas ellas están embadurnadas de sudor, sangre y vísceras, como muestra de su hombría. Siempre lleva pantalones largos, de hilo o jeans, y zapatillas de montaña o zapatos (o en su defecto, va descalzo).

En caso de que, por razones de fuerza mayor, necesite ropa nueva, este hombre procederá a entrar en un negocio de indumentaria. Será entonces acosado por un vendedor que le ofrecerá todo tipo de mierda, argumentando que es fascinante y que realmente le iría muy bien. El hombre lo ignorará, hasta que le haya ofrecido al menos cinco artículos diferentes. Entonces el comprador elegirá aquel que más le apetezca, lo estirará sobre una mesa y estrellará la cabeza del vendedor contra ella, mientras una empleada lo observa aterrorizada, desde atrás de la registradora. Tranquilamente, el macho tomará la prenda mejorada, la doblará y, a continuación, se la alcanzará a la chica de la caja para pagarla. La joven lo mirará fijamente; en sus ojos se reflejará el miedo al tiempo que el hombre le alcanza un billete de cien. Una vez recibido su vuelto, él se retirará, no sin antes darle las gracias.


Hablando en serio ahora, hay pocas cosas que realmente puedo decir que odio, e ir a comprar ropa es una de ellas. Entrar al negocio, tener que elegir y probar diferentes prendas. Cada vez que me arrastran a hacerlo, sufro un bloqueo mental. Simplemente no me siento a la altura de la situación. No tengo ganas. No me urge. Me conformo con tener dos (o tres) remeras “buenas” para salir, un pantalón de jean (o como mucho dos), y dos pares de zapatillas.

Como ya he dicho en otro artículo, soy una persona indecisa, por lo que elegir siempre me resulta difícil. A decir verdad me siento algo presionado. Esto ocurre siempre que me llevan a una casa de indumentaria. Y, por si fuera poco, los vendedores (en general) te quieren vender cualquier cosa como sea. Todo es hermoso, todo es canchero, todo es “lo que se usa ahora” (como si eso me importara). Es como si alguien te estuviera tratando de abrir la boca para darte de comer cualquier cosa que encuentra tirada en el piso, convenciéndote de que es lo más rico que probaste jamás.
En este tipo de situaciones, no funciono bajo presión. Si me empujas, voy a terminar mandando todo a la mierda y no eligiendo nada. Es decir, en este caso, que no te voy a comprar nada.

Ya para ir terminando el artículo, debo decir que no comprendo por qué la gente ya adulta, a lo largo de su vida, se sigue comprando ropa de forma periódica (digamos, por lo menos una vez al año), siendo que, exceptuando que engorden o adelgacen,  su talle sigue siendo el mismo siempre. ¿Para qué gastar dinero en algo tan superfluo?

Supongo que son tradiciones consumistas imperecederas. Así como los regalos de cumpleaños, Navidad, y cualquier otra festividad por el estilo. Son todos inventos comerciales. No hay razón alguna para que una persona se sienta obligada a llevarle una presente a otra para su cumpleaños, por decir un ejemplo. Me ha sucedido más de una vez que me han hechos ciertos regalos (que, sinceramente, no quería) para determinadas ocasiones festivas cuando yo había dicho específicamente que no me dieran obsequio alguno. Pero bueno, realmente, es problema de ellos si quieren gastar plata. Lo peor es que a veces se han enojado conmigo porque no me gustaba lo que me habían traído. Yo les recuerdo: “Dije que no me regalaran nada”. Pero la gente no parece entender. Ya que esta costumbre está metida en sus mentes. Tienen que entender que no es necesario hacer algo de determinada manera porque alguien dijo alguna vez que era así, y a partir de entonces se convirtió en un hábito global.

Quizás es que la gente siempre necesita tener algo nuevo. El inconformismo es parte de la naturaleza humana. Por más que te encante lo tenés, en algún momento te vas a aburrir de ello y vas a querer otra cosa. Este sentimiento es la base del consumismo, más allá de toda invención comercial. Mi recomendación para todos es que no se dejen llevar por este, que lo enfrenten. Se pueden permitir seguirlo de vez en cuando pero no debe controlarlos nunca.

Y, ahora, ustedes, miren dentro de su corazón y díganme: ¿Son o no son unas zorras consumistas?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Historias de una noche oscura: El policía

20:35 a 20:55 hs.

Cada vez que tenía tiempo lo revisaba. Ese caso lo había marcado de por vida. Oscar Morell se sentó en su escritorio y se puso a revisar el informe y la evidencia por enésima vez.


Su obsesión le había costado su trabajo en la policía. Aquella pobre chica había sido asesinada. Estaba seguro de ello. La investigación realizada había sido muy pobre, y las tres semanas el caso se había cerrado. Él se había quejado de este cierre apresurado, que dejaba demasiados cabos sueltos. Le habían dicho que tenían asuntos más importantes, que la muchacha no era de interés. El berrinche que Morell había armado por eso no tenía precedentes. A los gritos, había proferido insultos a quienes habían estado involucrados en el caso, cuestionando su ética, su hombría, dedicación. Tanto había sido así que lo habían despedido.

Pero, lejos de deprimirse, el ex-policía se había robado toda la información referente al caso. Y, obstinado en resolver el crimen, se había comprado el departamento que se encontraba justo encima de aquel en que se había producido la tragedia, el cual, desafortunadamente para él, había sido adquirido por otra persona un día antes.

Al poco tiempo, empezó a tener problemas económicos, por lo que tuvo que vender su antigua casa y mudarse al departamento, arrastrando a su esposa con él.

La mujer había sido diagnosticada con cáncer de hígado hacía dos meses, y ya se encontraba en una etapa bastante avanzada. Suponían que la causa de su enfermedad había sido el exceso de alcohol. Morell sabía que era su culpa. Intentaba negarlo, pero en el fondo lo sabía. Desde su ida de la policía, se había obsesionado con el caso a tal punto que ya nada le interesaba. Estaba ausente todo el tiempo, no hablaba con nadie. Llegaba al extremo de irritarse con la presencia de otros, y su esposa, que siempre estaba allí, lo había sufrido.

Ella había tenido que buscar un trabajo, ocuparse de la casa, de la comida, de las compras, como si viviera sola, mientras Oscar estaba en su escritorio repasando las evidencias, investigando en Internet o en la calle recopilando nuevos datos sobre el supuesto crimen. Todo esto la había llevado a ahogar sus penas en la bebida, lo que había favorecido, sin lugar a dudas, su cáncer.

A pesar de la enfermedad de su mujer, Morell seguía ausente. Si bien de vez en cuando se fijaba cómo estaba, o le preparaba algo de comer, él estaba siempre sumido en su investigación. Necesitaba una resolución. Pero por más que intentaba avanzar con el caso, la realidad era que no había hecho ningún progreso. No tenía nada nuevo. Quizás el crimen fuera una forma de escapar de su realidad actual que lo agobiaba. Quizás fuera el deseo de terminar con aquello que había mandado su vida por el inodoro. O quizás era sólo una absurda e inexplicable obsesión. Pero, sin dudas, lo estaba consumiendo.

Ese día había sido como cualquier otro. Se había levantado a las diez, había revisado la habitación contigua para chequear a su mujer, había tomado una rebanada de pan de la cocina y se había sentado en el escritorio hasta aproximadamente las tres de la tarde, cuando había almorzado unos sándwiches improvisados con lo que tenía en la heladera. Le había llevado algunos a su esposa. No habían cruzado ni una sola palabra. Oscar había retornado a su escritorio. Y allí seguía luego de cinco horas, cuando, por alguna casualidad o quizás una jugarreta del destino, el hombre levantó la vista hacia aquel solitario estante de la gris habitación. Entre papeles y notas se encontraba una foto enmarcada. Una ventana al pasado.

Observó a aquella feliz pareja. Miró a ese hombre que sonreía a la cámara. Algunas canas resaltaban en su cabello negro. Cargaba una mochila; un termo sobresalía del bolsillo. Llevaba una remera blanca algo sudada, y unas bermudas caqui holgadas. Inconcientemente examinó su reflejo en el monitor apagado. Estaba bastante enflaquecido y su pelo era totalmente gris. “Ha pasado tanto tiempo”, pensó.

Miró a esa mujer de la fotografía. El viento levantaba su castaño cabello distraídamente. Y este resplandecía, resaltando su rostro bronceado por el sol. Oscar se descubrió hipnotizado por aquellos ojos azules.

No tenía una memoria clara de cuándo ni de dónde había sido tomada la foto, pero lo trasportó a mejores tiempos. A aquel verde prado salpicado por algunos árboles y arbustos.

Se levantó y se dirigió a ver a su esposa. Ella, como él, había perdido su brillo. Pero entonces él la vio como aquel momento que parecía tan lejano. La habitación pareció resplandecer a sus ojos.

    Te quiero— le dijo Oscar.

La mujer lo miró con incredulidad, pero finalmente le dedicó una sincera sonrisa. Hacía mucho que no sonreía. Parecía un momento mágico.

Pero, de repente, como un recordatorio de la realidad en que vivían, las luces se apagaron y todo quedó completamente a oscuras. 

martes, 22 de febrero de 2011

Déjenme solo


Si sos algo como yo (y me atrevería a decir también que como una gran cantidad de gente), sabes que es menester disponer de un momento de soledad de vez en cuando. Es una necesidad que se manifiesta de forma periódica.

Es sano estar al menos dos horas del día solo. Sin sentir la presencia, el parloteo de algún acompañante. Hay cierta paz en la atmósfera, se logra una especie de conexión con uno mismo y, de alguna manera, una completa libertad.

Me molesta encontrarme en medio de una multitud, tener que empujar a la gente para caminar. Me molesta tener a alguien al lado que esta haciendo ruido todo el tiempo cuando quiero estar tranquilo. Pero claro, todo depende, en cierto modo, del momento y de cómo encare la situación. Si sé que tengo que ir a un lugar lleno de gente y ruidoso (si es no puedo evitarlo), intento mentalizarme para la ocasión. Necesito prepararme psicológicamente.

Al escribir eso último se me pasó por la cabeza una pregunta, que tardé una fracción de segundo en responder. ¿Qué ocurriría si a alguien se le ocurre hacerme una fiesta sorpresa? La verdad, me molestaría mucho, considerando como una “fiesta” una reunión de más de una docena de personas. Y aunque seguramente la gente que ya me conoce lo sabe, voy a decirles algo. Nunca, NUNCA me hagan una fiesta sorpresa. Sepan que si lo hacen, posiblemente me caguen el cumpleaños. Están advertidos.

He expresado ya ciertas cosas que me molestan y por las cuales me gusta estar solo. Creo que con esto tiene que ver el hecho de que me guste la noche. La solemnidad, la tranquilidad, el silencio de la oscuridad. El momento en que todos duermen. Es cuando encuentro ese tiempo para estar en contacto conmigo mismo.

Por supuesto no estoy hablando de salir a caminar solo por al calle en el medio de la noche, ya que en la actualidad corrés el riesgo de quedar desnudo antes de llegar a mitad de cuadra. Pero me refiero a que al anochecer hay una cierta disminución en la actividad de la sociedad en general. En la calle así como en mi casa. Y aclaro, digo cierta porque no es completa.

Son pocas las veces en que puedo estar en completa soledad. Además, en la mayoría de las ocasiones esto no es completamente cierto. Estoy con mi perro (del cual les conté hace algunos días). Esos son los momentos en que comprendo el verdadero significado de la frase: “El perro es el mejor amigo del hombre”. Te acompaña en silencio (salvo cuando se pone a ladrar). Pero no es ese silencio incómodo que se produce cuando estás con otra/s persona/s. Es una especie de acuerdo implícito. Bueno, sumado al hecho de que el perro no puede hablar, por supuesto.

¿Se imaginan lo que sería si los perros hablaran? Perderían completamente su gracia. Algo así como los bebés. Son lindos hasta que empiezan a gritar (y ni hablar cuando aprenden a articular palabras). Imaginate (en caso de que tengas perro), que viene tu can y te dice: "Che, boludo/a, ¿me sacás al patio (o en su defecto a la calle)? Me estoy cagando". Claro que este sería el caso de un macho. Supongo que las hembras serían más refinadas.


Volviendo al tema central del texto, alguien (no recuerdo quién) me dijo alguna vez: “Mejor estar al pedo acompañado que solo”.  Estoy completamente en desacuerdo. “Estar al pedo” solo es mucho más satisfactorio, y hasta más productivo. Te permite muchas veces pensar y reflexionar sobre ciertas cosas. Además, estar con otra persona sin hacer nada genera una situación algo incómoda. Porque es parte de la naturaleza humana sentir reticencia a encontrarse en una habitación con alguien más sin iniciar una conversación (aunque no quiera) u ocuparse con alguna actividad.

Es importante aclarar que no escribo este artículo como un antisocial, sino como una persona que disfruta pasando cierto tiempo a solas. Por supuesto, es bueno salir, organizar reuniones con amigos, etc.
Pero insisto en que también es sano pasar cierto tiempo en soledad, ya que tu vida, más allá de toda la ayuda que puedas tener (de familia, amigos, etc.), depende únicamente de vos. Empezando por aprender a entretenerte, divertirte por vos mismo. Aprender a escucharte y a no depender de otras personas para llenar tu tiempo.

Sinceramente creo que si en todo momento necesitás a otras personas cerca para no aburrirte es porque tenés una imaginación muy pobre y una personalidad frágil. La felicidad es algo que se debe intentar alcanzar (nunca podrá llegar pero lo importante es acercarse lo más posible) por uno mismo, no esperar a que otros te la proporcionen. Porque nadie va estar con vos todo el tiempo, y nadie te conoce más que vos mismo.

Si bien esto se sale un poco del tema, voy a darle un consejo a aquella gente que se sienta identificada con lo expresado en este artículo. Son libres de hacer o de no hacer. Si los invitan a alguna reunión o fiesta y ustedes no tienen ganas de ir, simplemente no vayan. No importa lo que digan los demás. Si saben que la van a pasar mal, ¿para qué asistir? ¿Para no quedarse afuera del grupo? Me cago en el grupo. Si no los aceptan como son, simplemente mándenlos a la mierda. Siempre se van a encontrar con personas con quienes realmente tengan cosas en común y así formaran su propio grupo con gente a la que podrán llamar amigos.


En conclusión, yo, como toda persona, tengo mis momentos. Algunas veces quiero estar solo, otras no me viene mal la compañía. Ciertamente me divierto en esas reuniones en que me junto con amigos a viciar*. La forma de expresar lo que quiero decir sería: Si estuviera todo el tiempo solo no sería bueno y hasta me terminaría sintiendo mal, al igual que si estuviera todo el tiempo acompañado (creo que si tuviera un hermano siamés me suicidaría). Necesito tener la dosis justa de cada uno para mantener la cordura.

Así que ahora, por favor, déjenme solo.

*viciar: utilizar ciertos aparatos eléctricos como consolas de videojuegos o computadoras, con una conducta que raya la adicción, para actividades de entretenimiento





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sábado, 19 de febrero de 2011

Historias de una noche oscura: El departamento maldito

19:00 a 20:55 hs.

El vuelo había trascurrido sin mayores imprevistos. Más allá de las cinco largas horas de retraso que el avión había tenido, el viaje había sido tranquilo. 

Mientras había estado esperando en el aeropuerto, Ana María se había sentido ansiosa, aunque, por otra parte, no quería que el aeroplano llegara. Siempre le había tenido miedo a volar, pero nunca había podido encontrar la razón. Posiblemente fuera algún hecho significativo de su infancia que la había marcado. Aunque no recordaba nada en particular.

De todas formas, ella misma había decidido mudarse. A pesar de su mayoría de edad, y de haber comenzado a cursar el profesorado de Historia en su país, había tomado la decisión de seguir a su familia, trasladándose con ellos a Buenos Aires. Aunque no viviría con ellos. Como la casa que habían conseguido era muy pequeña para los cuatro, sus padres se quedarían allí junto con su hermano menor, mientras que ella se establecería en un departamento en los suburbios, propiedad de un amigo de la familia.

Acaban de aterrizar en Ezeiza. Ana sentía que comenzaba una nueva etapa de su vida. Había estado inquieta en el avión, preguntándose cómo se adaptaría al nuevo entorno, si extrañaría su viejo hogar, si podría graduarse y conseguir un empleo. No podía dejar de especular mientras escudriñaba esta tierra desconocida.

Bajaron de la aeronave e hicieron todos los trámites necesarios para ingresar al Estado. La joven se sentía agotada. Se había levantado en Venezuela hacía más de trece horas; había esperado más de cinco a que llegara el avión, y había estado despierta durante el vuelo de siete. No estaba de humor para nada más y sólo quería arribar a su nueva vivienda lo antes posible.

Ángel, el dueño del departamento que Ana desde ese momento pasaría a llamar hogar, los esperaba en la entrada del aeropuerto. Se subieron a su 4x4 y emprendieron camino.

Cuando llegaron a la casa de sus padres, la joven dormitaba en el asiento trasero. Se obligó a espabilarse para despedirlos. No se sentía en condiciones de pararse aún, así que los saludó desde el auto. Ya podría visitarlos y conocer la casa en otro momento.

Prosiguieron camino, ahora hacia departamento. Entonces Ana se dio cuenta de que en algún punto tendría que levantarse y llevar su equipaje hasta su nueva morada. Así que para mantenerse despierta, decidió entablar conversación con Ángel.

Si bien él había sido el mejor amigo de su padre desde que se había conocido, la verdad era que realmente no sabía mucho de él. Rara vez los había visitado cuando vivían en Venezuela, y no lo habían vuelto a ver desde hacía unos diez meses, cuando se había mudado a Argentina, pero sabía que su padre se mantenía en contacto con él.

Según le habían contado, se habían conocido en la universidad. Ambos cursaban la carrera de medicina. Casualmente, les había tocado trabajar en grupo para varias tareas. Fue así como se dieron cuenta de lo mucho que tenía en común, y de lo bien que se complementaban. Ángel era una mente brillante, mientras que el padre de Ana era un hombre emprendedor. El primero tenía la idea y el segundo se ocupaba de hacerla realidad.

No era ninguna sorpresa que Ángel hubiera logrado establecerse tan rápido. Gracias a su respetable currículum y a su gran inteligencia, había logrado conseguir un trabajo como jefe de oncología en un importante hospital de la zona.

—    ¿Crees que pueda establecerme bien el país? le preguntó Ana.
—    Por supuesto que sí —replicó el hombre—. Tu padre me ha contado que eres una chica inteligente y muy capaz. Estoy seguro podrás terminar tus estudios más que bien y conseguirás un empleo rápidamente.
—    Me haces sentir mejor. Sinceramente, estoy algo nerviosa por todo este cambio.
—    Cualquiera se siente asustado por el cambio. Estarás bien.
—    Eso espero. —dijo la joven, e inquirió: — ¿Cómo es el departamento?
—    Es espacioso, pero creo que vas a tener que hacer algo de limpieza y arreglos, ya que el mantenimiento del edificio no es bueno y yo no voy allí hace más de un mes.
—    ¿Pero por qué compraste esa vivienda? — quiso saber Ana— ¿No viviste siempre en esa casa que tienes en el centro?
—    Sí, desde que llegué al país vivo en esa casa. — explicó Ángel—. El departamento fue una especie de inversión. Lo adquirí hace cuatro meses, pero hasta ahora no ha traído ninguna ganancia. Nadie quiere alquilarlo. Mucha gente hoy día le tiene miedo.
—    Me estás asustando a mí. ¿Qué es lo que tiene de malo?
—    No te preocupes, no es nada. Hay gente que cree que la residencia está embrujada.
—    ¿Por qué?
—    Hace aproximadamente cinco meses, ocurrió en el lugar una tragedia. Al parecer una joven murió de forma misteriosa. Según los periódicos, la chica fue encontrada sin vida en el sofá, frente al televisor encendido. Se dictaminó que la causa de fallecimiento fue una sobredosis de fármacos, particularmente unas pastillas alucinógenas iguales a las que se encontraron en la mesita ubicada frente a ella. Pero lo que generó dudas fue, por un lado, el historial de la chica: cursaba una carrera de algo relacionado a la computación, era la mejor de su clase, y no había consumido nunca ningún tipo de drogas según testimonios de familiares y amigos. Y, por el otro, el curioso hecho de que la chica estaba cocinando la cena en ese momento. Estos dos datos cuestionaban la teoría de un suicidio, aunque la policía, luego de una investigación infructuosa, determinó que la chica debía ser secretamente adicta a los narcóticos y que ese día no había podido controlarse, lo que la había llevado a la muerte.
—    ¡Eso es terrible!
—    Claro que lo es, pero no hay razones lógicas para creer que algo así pueda sucederle a cualquiera que viva allí.
—    Me has asustado de verdad. No sé si quiero quedarme en ese lugar.
—    Vamos, no te pasará nada. Créeme. —la calmó el médico— Puedo quedarme por esta noche contigo si quieres. Dormiré en el sofá.
—    Eso me haría sentir más tranquila. Te lo agradecería mucho.
—    Siendo tu padre mi mejor amigo, creo que es lo menos que puedo hacer— le dijo sonriendo—. Pero ya verás que son puras supersticiones.

Para cuando llegaron al edificio, ya había anochecido, y estaba lloviendo. Estacionaron en una esquina en la vereda de enfrente de lugar. Entre los dos bajaron más de la mitad del equipaje y subieron. Por más que habían intentado, llevar todo el equipaje en una sola subida hubiera sido demasiada carga. Subieron por el ascensor hasta el noveno piso mientras Ángel le contaba sobre la particularidad del edificio (la falta de escaleras). Eso preocupó un poco a Ana, pero ella no hizo ningún comentario al respecto. Estaba demasiado ensimismada pensando en aquella joven que había muerto en el apartamento en que ahora iba a vivir.

La vivienda era como le habían dicho: espaciosa (con cocina, baño, habitación y un living-comedor), pero falta de mantenimiento e higiene. La joven se convenció de que con algo de limpieza el lugar sería acogedor.

Ángel le dijo que inspeccionara la residencia mientras él se ocupaba de las maletas que había quedado en la camioneta. Dejó el departamento antes de que ella pudiera responder. A decir verdad, la joven se sentía asustada por lo que le había contado. Temía que hubiera algún asesino en la habitación, o que algún demonio se escondiera en alguna parte. Nunca se había dado cuenta de que era tan supersticiosa. Tenía miedo. Se tomaba su tiempo para abrir cada puerta, casi esperando que algo saliera de adentro.

En eso estaba cuando, de repente, las luces se desvanecieron. El lugar quedó completamente a oscuras. Presa de un inexplicable terror, Ana gritó.